Inicio
Obra y crítica
Análisis comparados
Las afueras
Las mismas palabras
Antagonía
Estela del fuego que se aleja
Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza
La paradoja del ave migratoria
Fábulas
Estatua con palomas
Tres novelas triviales
Diario de 360º
Liberación
Oído atento a los pájaros
Cosas que pasan
Noticias
 



 En la primavera de 2010, la editorial Siruela publicó la novela que Luis Goytisolo había dado a conocer con Seix y Barral en octubre de 2000. Unas cuantas erratas de la antigua edición han sido subsanadas.

Para el otoño de 2010, Siruela proyecta la publicación como libro electrónico de su última obra "Cosas que pasan".


Hace cincuenta años, en el mes de mayo, un joven Luis Goytisolo salía de la cárcel de Carabanchel (Madrid), por motivos políticos, después de pasar cinco semanas en régimen de aislamiento, castigado por haber secundado una huelga de hambre. En ese tiempo se gestaron las primeras páginas de Antagonía, escritas en rollos de papel higiénico "El elefante",  que, naturalmente, quedaron en los muros de la cárcel, custodiados por Antonio Amat, otro ilustre recluso. Esas páginas pudieron traspasar los muros gracias a la colaboración de la abogada de Amat -gracias, Josefina- que se los devolvió a su dueño, una vez libre. La prensa de entonces se hacía eco de la liberación, en  algún suelto quizás del diario Ya o de ABC, pues no consta en el recorte ese dato:

<<El escritor Goytisolo en libertad

Madrid, 30-5 (A.F.P.).- Nueve detenidos políticos presos en la cárcel de Carabanchel han sido puestos en libertad. Entre ellos figuran el joven escritor Luis Goytisolo, El pintor Isidoro Balaguer y el escultor Joaquin Palazuelos.

El militante socialista Antonio Amat Maíz, figura entre los detenidos políticos de Carabanchel que aún no han sido juzgados, no habiendo sido prevista hasta ahora la señalación de la vista.>>


Luis Goytisolo, en los años 60.


La editorial Alfaguara, la del diseño azúl oscuro y exigente catálogo, la dirigida por Jaime Salinas, decide editar Antagonía, como se merece, unificando los cuatro títulos que componen la novela.

                                                               NOTA DEL EDITOR

Antagonia comienza a redactarse e! día primero de enero de! año 1963 y su primer volumen ve la luz en 1972; la edición conclu.ye en e! año 1981 con la publicación del cuarto y último volumen de la obra. El lector ha ido conociendo esta obra a medida que su propio ritmo creativo fue dando resueltas las partes que la componen; era, por tanto, una lectura de camino. Hoy, finalizado en su conjunto lo que durante tantos años ha sido creación conflictiva, la distancia a que puede colocarse el lector la convierten finalmente en lo único que tendió a ser: Obra. Y el autor se ha desprendido de ella y, a su modo, también la contempla como ajena a él, dotada de vida propia; creada, en definitiva.

La edición que Alfaguara realiza ahora de Antagonía pretende, precisamente, ofrecer al lector -como obra única-- lo que el tiempo hizo aparecer en cuatro etapas; el riesgo o, al menos, la meditación que supone ir leyendo y juzgando cada volumen por separado, a causa de los años habidos entre uno y otro, queda ahora eliminado,y lo que aspiraba a ser tiene, al fin, existencia.

Nuestra edición expresa físicamente esta realidad. A los cuatro volúmenes se les concede el mismo número de colección ---el 100---, con lo que, además, pretendemos celebrar ese guarismo que simboliza la mayoría de edad de una colección. Para los cuatro tomos se han utilizado las mismas orlas, y el mismo símbolo, la rosa de los vientos, se orienta en cada uno hacia un punto cardinal distinto.

Hemos pretendido que la naturaleza de cada uno de los libros de Antagonía tenga un nítido reflejo tipográfico. Recuento, la parte más «convencional» de la novela, una suerte de referencia virtual del resto de la obra, tiene nueve capítulos de los que sólo el último--por exigencias del propio discurso interior-- se abre en nueve subcapítulos con nueve subdivisiones- Los verdes de mayo hasta el mar, a su vez, consta de seis capítulos con treimnta y seis subcapítulos, el último de ellos conteniendo treinta y seis subdivisiones. La cólera de Aquiles vuelve a tener  nueve capítulos, tres de los cuales -los centrales- encierran una novela aparte escrita  por la protagonista del libro ("El edicto de Milan") con nueve subdivisiones en cada uno de ellos. Teoría del conocimientos, que aparece como escrita por el protagonista de Antagonía, se divide en doce capítulos y dos grupos de dieciocho y cincuenta y cuatro subdivisiones. 
Ni el número nueve ni la intrincada estructura de divisiones son gratuitos; por el contrario (y a ello esperamos haber contribuido con el cuidado de la edición), la obra se despliega ahora ante los ojos del lector tal y como se mantuvo cohesionada, durante tanto tiempo, en la cabeza del autor. 

José María Guelbenzu, director literario de Alfaguara

Y el autor decide contar la peripecia de esa gestación en un pequeño volumen de promoción de Antagonía, en la que figuraba también la nota del director literario de arriba.




El escultor crea su forma modelando el barro a veces, y a veces haciéndola salir de un bloque de mármol.                                                                                                       (Anínimo griego arcaico)


Hav obras que brotan de una idea. Tuve la idea en tales y tales circunstancias, nos dirá el autor. La afirma­ción puede ser cierta (una idea se desdobla en otras hasta formar un libro) o puede ser la simplificación de un proceso mucho más complejo que el autor silencia, bien para abreviar, bien porque ni él mismo es consciente de semejante complejidad.

De cualquier forma, no es éste el caso de Antagonía. Y me parece importante esclarecer este punto, ya que una novela inicialmente anunciada como tetralogía, con un intervalo de varios años entre la publicación de cada uno de sus cuatro libros, bien pudiera producir la impresión de ser el típico ejemplo de novela río, cuyo curso dependerá tanto del caudal aportado, como de la naturaleza del terreno por el que discurre. En cuantas entrevistas me han sido hechas desde bastante antes de la publicación del primer volumen he insistido en el carácter unitario de la obra, al tiempo que adelantaba multitud de detalles: los títulos de cada uno de los libros, su extensión aproximada, el número de capítulos en que estaban divididos, etc. Lo que no podía, a falta de puntos de referencia, era dar precisiones acerca de ese carácter unitario que no fueran de tipo negativo: no se trataba de una saga, no tenía nada que ver con la diversidad de perspectivas del cuarteto de Durrell, ni con la recupera­ción de un mundo a lo Proust, ni con la reconstrucción, por medio de los más variados lenguajes, del cruce de dos vidas un determinado día de junio en Dublín. Nada de eso ha impedido que el lector, desconcertado por el elemento nuevo que cada libro supone respecto al que le antecede, tendiera a identificarse más con uno que con otro, a preferir uno a otro, a irritarse incluso por la rectificación a la que ese elemento nuevo le obligaba respecto a la personal idea que se había hecho de la obra. Sólo ahora, con la publicación por Alfaguara de la primera edición propiamente dicha de Antagonía, la cuestión puede darse por resuelta.

Tal vez a esa peculiaridad de Antagonía, a esa unidad antes estructural que argumental, se añadía también la peculiaridad de su gestación. Porque Antagonía no brotó de una idea. Una idea es como un punto. Pero para trazar una línea necesitamos dos puntos. Añadamos un tercer punto y tendremos el espacio. Añadamos un cuarto y tendremos el tiempo. Pues bien, Antagonía nació a partir de esos cuatro puntos, como un todo articulado ya en las diversas partes que lo configuran. Y tras pocos días de intensa concentración. Me atrevería incluso a decir que sus líneas maestras cristalizaron en cuestión de pocas horas algún día de mayo de 1960.

Me hallaba yo por aquel entonces en la prisión de Carabanchel, sometido a un severo régimen de aislamien­to que se prolongó por espacio de cinco semanas. Sin lectura, sin tabaco, sin visitas, sin ver otra cara que la de los reclusos encargados de distribuir el rancho celda por celda; una celda, por lo demás, totalmente desnuda, ya que el magro jergón que extendíamos sobre el suelo nos era retirado tras las ocho horas de sueño prescritas. Eso sí: debido tal vez a una laguna del reglamento, me había sido permitido conservar la estilográfica y, a falta de otro papel, las hojas de los rollos de papel higiénico - ~por suerte rígido y poco absorbente-- me permitieron tomar las notas fundacionales de Antagonía. Sin lugar a duda, aquellos días de aislamiento y trabajo insomne, inmerso en la construcción de una obra que parecía envolverme como lo hubiera hecho el humo de los cigarrillos que no fumaba, fueron los más fértiles y acaso también los más importantes de mi vida.

El núcleo estructural entonces creado prosiguió su desarrollo en forma de notas y más notas, pero no empezó a cobrar entidad real hasta el 1 de enero de 1963, día en que comencé a escribir las primeras líneas de la primera parte de Antagonía. Para entonces ya sabía que la novela iba a tener cuatro partes (entonces aún no las llamaba libros). Sabía también el contenido de cada una de esas partes, así como sus respectivos títulos. Y el número de capítulos de la obra (36), así como el de las unidades menores que yo llamaba subcapítulos (81), unidades menores que no se correspondían con los libros interiores existentes, dotados de mavor o menor autono­mía. Y otra cosa importante: cada personaje tenia va su nombre (varios, en muchos casos), elemento de trabajo éste imprescindible en una obra que, como Antagonía, pone tan poco énfasis en la caracterización de esos personajes. En aquel momento, en trance ya de redactar la primera línea del primer capítulo de lo que iba a ser el primer libro, tenía asimismo escritas frases enteras v hasta párrafos enteros que correspondían a los otros tres libros. Sólo una cosa no había previsto: la extensión global del conjunto -sí, la proporcional entre sus di­versas partes- , bastante superior a la inicialmente calculada.

Las últimas líneas de Antagonía fueron escritas el 16 de junio de 1980. La consideración de esta fecha en relación a las mencionadas a propósito del génesis de la obra plantea necesariamente más de una pregunta. ¿Cómo es posible que un núcleo estructural nacido veinte años antes, que ha empezado a transformarse en matería narrativa diecisiete años v medio antes, haya podido mantener su vigencia durante todo ese período de tIempo? ¿Nada ha cambiado en la obra en lo qu concierne a su desarrollo? ¿No hay entonces resquicio alguno para la inspiración, esa fuerza en apariencia ajena nosotros que, sin que sepamos con certeza el por qué, nos hace escribir algo dIstinto a lo previsto o simplemen­te algo no prevIsto? Preguntas que requieren y tienen tantas respuestas que, ante la imposibilidad de pormeno­rizar, habré de responder a grandes rasgos. Es el mundo entero lo que ha cambiado: cambios políticos, sociales, económicos, cambios en los hábItos, en las costumbres, que han incidido en mayor o menor grado en todos nosotros. Y ese cambio forzosamente ha tenido que incidir en la redacción de Antagonía por mucho que el cambio como constante sea precisamente uno de sus principales ejes temáticos.

Ahora bien: las repercusiones en la obra de ese proceso de cambio son algo que, por definición, no estoy calitícado para señalar en la medida en que las desconozco. No  se trata, por ejemplo, de que en un momento decidiese supnmir el título individualiza­dor que originariamente llevaba cada capítulo del primer libro, ni de que el propio título general de la obra, Recuento, acabara viéndose desplazado por el de uno de esos títulos de capítulo suprimidos, Antagonía. No: el tipo de cambio al que me refiero es el que, en un determinado momento, nos lleva a escribir una cosa en lugar de otra, bajo el mandato de esa oscura voz que llamamos inspiracion. Una inspiración, téngase bien presente, de sentido reversible, capaz de actuar no sólo sobre la obra, Sino, a partir de ésta, sobre el propio autor. Mi experiencia en este aspecto es terminante: algunas de las metáforas clave del libro han terminado por adquirir para mi el valor de verdaderas parábolas.

Supongo que sólo un antiguo eremita sabría explicar­me el secreto de la intensidad creadora alcanzada durante aquellas cinco semanas de aislamIento en la prisión de Carabanchel. ¿Una dieta pobre en protetnas, grasas, hidratos de carbono, sales v yjtaminas? ¿El insomnio? ¿El aislamiento? Probablemente la conjunción de todo ello, con predominio del factor aislamiento. Para ver Madrid en la lejanía, con el Palado de Oriente como fachada, tenía que levantarme a pulso hasta la ventana. La mayor parte de los compañeros, al concluir. el confinamiento, coincidía en que había sido una prueba que no volverían a pasar por nada del mundo. Tan sólo unos pocos convinieron conmigo en que la experiencia era dura pero enriquecedora, y eso hasta el punto de que no estaría de más repetirla voluntariamente de vez en cuando. Una especie de cura de autorreclusión desarrollada en condi­ciones, eso sí, de mayor confortabilidad y sosiego. No sé si alguien ha intentado poner en práctica esta decisión; yo, desde luego, no. Y dudo mucho que una cura de aislamiento desarrollada en esas condiciones ideales tu­viera las mismas consecuencias.


¶¶¶¶¶¶¶¶¶¶¶¶¶



El úlltimo libro de Luis Goytisolo se titula "Cosas que pasan", editado por Siruela.   El libro fue presentado en el Hay Festival de Segovia, en conversación con el crítico y editor Ignacio Echevarría, en septiembre de 2009, con la lectura, a cargo de Elvira Huelbes, de los tres fragmentos que se ofrecen a continuación:


CAPITULO I

El remolino

[...]  Sí: referirse en casa a la familia era sinónimo de estar hablando de la familia paterna. Cuando se hablaba de los tíos, por ejemplo, se daba por descontado que eran los cuatro hermanos y cinco hermanas de mi padre. Y mientras tía Montserrat era la menor de ellas, la prima hermana de mi madre, llamada también Montserrat, era para nosotros Montserrat Gay. Sólo en un segundo plano y entre dos luces, un sol y sombra –eso sí- paulatinamente ganado por el sol, la familia materna. Retratos desvaídos, figuras de rasgos más perfectos en su risueña sorpresa propia de los días felices, ajenos aún a las penas de amor, a la enfermedad, a los abismos de la tragedia. María Mendoza, Ramón Vives, Consuelo Gay, tal vez mi madre, una familia en la que, en cada generación, alguno de sus miembros se ha entregado a la creación literaria, a modo de testigo que se transmitiera siempre por línea materna, con lo que cada vez el apellido creador ha sido otro.

     Figuras desdibujadas por su propia aura, miradas de interpretación tanto más difícil cuanto más se pierden en el pasado, imágenes hieráticas a semejanza de esos muebles que configuraron su vida cotidiana y que hoy conviven con nosotros, descolocados, fuera de contexto, en funciones que poco o nada tienen que ver con las que les fueron propias, de traslado en traslado, de casa en casa, con largos periodos en el desván en más de una ocasión, entremezclados con muebles procedentes de otras ramas familiares. El armario de chicaranda, cuyos espejos tantas ilusiones han recogido. Los sillones de salón de Cienfuegos. El escritorio del abuelo Antonio. El secreter del abuelo Ricardo. La lámpara de cristal tallado, regalo de boda de alguien. La librería giratoria de  tía Consuelito, la mecedora de tía Catalina, el mueble en el que María Mendoza guardaba sus manuscritos, formas oscuras y como dormidas; cada una arrastrando su propio karma, trastos a la vez que reliquias, valiosos al tiempo que olvidados, con la resignación de esos héroes del Mundo Helenístico que deambulan por el Hades, imbatidos pero sombríos, hechos ya a su suerte con entereza. Reunidos en la vieja casa de campo soportan con desdén la admiración que demuestran los visitantes, altanería a la que no es ajena la propia casa que los acoge, como bien pone de manifiesto el irritado chirriar de sus postigos al ser abiertos en las mañanas de invierno.

CAPITULO V

Celos, danzas, sodomías

[...]      Despertar, poseído de un difuso desasosiego, más que con mal cuerpo, con la sensación de haber tenido una pesadilla, levantarse como deambulando, desayunar casi sin enterarse, y después llegarse hasta el escritorio de ella o de él, y en uno de los cajones encontrar cartas y más cartas que lo explican todo, llenas de efusiones y alusiones precisas a cual más hiriente: lo más clásico. Y quien dice cartas dice llaves de un apartamento, de otro apartamento. O mensajes en el móvil, un móvil cuyo manejo nos resulta poco familiar, de forma que ha sido manipulándolo para hacer una llamada como han hecho su aparición esas expresiones tan inequívocas. O los cabellos que ella descubre en la cama y que no son suyos, más largos y más negros. O la llamada que ella recibe y que corta a los pocos momentos diciendo secamente, se confunde Vd. de número, temiendo que él pudiera oír, como ha oído perfectamente, las ardientes procacidades amorosas que una voz masculina le dirige tras llamarla por su nombre. O, ya con sueño, ser uno de los últimos invitados en abandonar la fiesta que ella o él han organizado para celebrar algo y, solo ya en casa y en cama, súbitamente insomne, una intuición se lo impide y se viste de nuevo y vuelve a la casa de él o de ella, ahora en silencio, y abre la puerta de la habitación sin que ellos lo adviertan, aplicados como están a devorarse mutuamente, ella encima, la cabellera abatiéndose una y otra vez sobre el miembro que brota de entre sus manos, él debajo, asomando apenas entre los muslos abiertos, el último o la última de los invitados. A partir de ahí, montar una escena. O callarse y esperar. O hablar civilizadamente, escuchar las explicaciones, la intrascendencia de todo aquello frente a la solidez del amor que les une. Pero las palabras leídas o escuchadas o la imagen de los cuerpos abrazados volverán a él o a ella en el momento más inoportuno, al intentar dormir, o al despertar, o al hacer una pausa en el trabajo o al tomarse un café o conduciendo.

CAPITULO VII

Salto a las alturas

                                                                          2
   A una edad determinada, el joven emprende la ritual y metafórica subida al monte para, desde allí, contemplar el mundo. El panorama que se extiende hasta donde le alcanza la vista puede impulsarle a emprender su conquista, a llegar todo lo lejos que sea necesario, a desentenderse de cuanto suponga una rémora para su proyecto. También puede amilanarse y volver a casa para permanecer al calor de los padres el máximo tiempo posible. O buscar protección física y metafísica en un convento de clausura. En todo caso, habrá empezado a intuir lo que es realmente el mundo, no ya fortaleza con defensas difíciles de salvar o intrincada kashba en la que lo más seguro es perderse; no ya una merienda de negros, sino algo peor, algo tan inmenso que parece inevitable hacerse imperceptible, desaparecer sin dejar huella. Como si en lugar de en lo alto de un monte se encontrara en la playa a la hora del crepúsculo, cuando a su espalda el sol se hunde como un planeta rojo en el horizonte brumoso y el cielo se tiñe de luz cálida; cuando el mar se empieza a teñir de cielo mientras éste palidece para luego oscurecerse ambos, el cielo hecho ya un tenue crepitar de estrellas y más estrellas que el mar refleja movedizas, estrellas que son planetas, estrellas que son estrellas, galaxias, constelaciones, un firmamento que gira y se expande hasta los límites mismos del universo, un universo que se expande como se expande una burbuja, una burbuja formada a partir de un repentino big-bang al igual que tantas otras, burbujas y más burbujas perdidas las unas entre las otras, una más cada una dentro de una serie infinita de burbujas, dentro de una serie infinita de universos ante la cual no tendría sentido hablar no ya de tiempo sino también de espacio. En términos de metáfora visual: un firmamento de universos. ¿Cómo demostrar que el mundo no es ilimitado además de eterno?


  Top