Inicio
Obra y crítica
Análisis comparados
La plurinovela/Claudio Guillén
Luis Goytisolo y Juan Benet: dos estilos de comparación/Gonzalo Sobejano
Sin comparaciones/Ignacio Echevarría
El "Ecce Homo" de Matilde Moret/Gonzalo Sobejano
Subidas por la pendiente/Rafael Conte
En busca de la novela perdida/Rafael Conte
Relectura nórdica de "Antagonía"/Kjiell A. Johansson
Las afueras
Las mismas palabras
Antagonía
Estela del fuego que se aleja
Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza
La paradoja del ave migratoria
Fábulas
Estatua con palomas
Tres novelas triviales
Diario de 360º
Liberación
Oído atento a los pájaros
Cosas que pasan
Noticias
 




 ¿Plurinovelas? El término es discutible y conviene ponerlo a prueba. Me referiré en estas páginas a un grupo de tres novelas relativa­mente recientes, Diario de 360º (2000), Liberación (2003) y Oído aten­to a los pájaros (2006), de Luis Goytisolo.

Una vez más son indivisibles la literatura y la historia de la lite­ratura. Parece inconcebible, aunque tiene que ser posible, leer estas obras del siglo XXI sin tener presente aquella creación de ex­cepcional magnitud que marca la segunda mitad del siglo anterior, Antagonía (1973-1981). Reunión de cuatro novelas sucesivas y al parecer separables (Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cóle­ra de Aquiles, Teoría del conocimiento), el conjunto avanza en realidad y progresa has                           
ta el último tramo, que es una ficción interior, una novel-within-the-novel, fruto de la lucidez y capacidad de creación fi­nales de Raúl, el protagonista de la totalidad. Salta a la vista así una pluralidad de componentes, ya en Antagonía, acentuada además por determinada variedad de procedimientos formales, como por ejemplo el uso de la primera persona para la narración de La cólera de Aquiles, que escribe una mujer, catadora pero no admiradora de mujeres, a diferencia de su primo Raúl, que por lo general es las dos cosas. Teoría del conocimiento se presenta al principio como un diario; pero luego se divide en varios capítulos dotados de sendos títulos. La multiplicidad de la extensa sucesión de relatos, de la te­tranovela, si se me permite el vocablo, está sin embargo al servicio del extraordinario poder congregador e integrador del conjunto.

Antagonía, en efecto, aspira a ser una summa novelesca y lo con­sigue. Sus dimensiones, que en resumidas cuentas se superponen, son varias y siempre amplias, es más, panorámicas, abiertas a todo cuanto puede abarcar el narrador ficcional. Ese narrador cultiva la exactitud y asimismo la abundancia, sin temer la profusión de deta­lles y hasta la prolijidad. La creación literaria puede dar cabida lo mismo al afán de síntesis, que en este caso no se pierde nunca de vis­ta, que a la atención más paciente a la infinidad de cosas y objetos y sucesos y personas y personillas que producen la prolijidad de lo real. Estamos en Cataluña y en Barcelona durante los años del últi­mo franquismo y la inminencia del régimen político siguiente. Una dimensión principal es la consciencia de la Historia, propia de la mejor tradición de la novela europea, y especialmente adecuada a las ac­tividades clandestinas de los militantes antifranquistas que aparecen en la novela. Simultáneamente se va profundizando en una conscien­cia de la Sociedad, es decir, en el ejercicio del análisis sociológico, enca­rado con la evolución de las clases, profesiones y grandes familias catalanas por aquellos años. Barcelona es París, es Dublín, es Berlín, es el escenario de la novela de la gran ciudad; pero cuidado, ni Cataluña ni el mundo se reducen a ella, y junto a las Scenes de la vie barcelonaise tenemos unas Scenes de la vie catalane y a ratos también espagnole.

Agréguese que a través de toda la obra se explicita una importante consciencia de la Literatura, es decir, el interés del narrador por cuestiones de índole teórica y crítica, o autocrítica, relativas a las formas y opciones de la escritura novelesca. Verdad es que el protagonista acaba siendo un conocido escritor y que en cierto mo­mento opina, respecto a unas opciones formales, que el factor de­cisivo es el «mecanismo mental» que las genera, sean cuales fueren, y que «es siempre expresión objetivada de la conciencia y, sobre todo, del inconsciente del autor».5 Surgirán otras ideas, pero ésta se con­cilia bien con la prioridad en toda Antagonía del acto de narrar. Si distinguimos una vez más entre «historia», «relato» y «narración», con Gérard Genette, el primer nivel es el que menos sobresale; y el se­gundo, o sea, la opulenta propuesta verbal que aprisiona al lector, se nos aparece en realidad como gobernada por la narración, que incluye el acto de interpretar, de sentir y de pensar. Son tantos y tan determinantes los momentos de reflexión que es oportuno hablar de convergencia de dos cauces, el narrativo y el ensayístico.

Es notable también, en este extenso relato regido por una mis­ma inteligencia crítica, el grado considerable de lo que en alguna ocasión he denominado interliterariedad, quiero decir, la copre­sencia alusiva de grandes textos o modelos literarios, evidente y tan­giblemente rememorados o sólo sugeridos. Cierto que esta expe­riencia interliteraria depende en gran parte de los lectores. Alguno recordará el género de la saga de familia, como Buddenbrooks, otro el monólogo de Molly Bloom, y aun otro las largas comparaciones proustianas o los prolongados párrafos faulknerianos. Sin olvidar un cuadro de Poussin y otras referencias artísticas. O la simbología pitagórica, en torno a estructuras numéricas, que evoca a nada me­nos que la Divina Commedia.6 O la idea de formación, del apren­dizaje constituyente que se remonta a las narraciones de Goethe, y que aquí implica no ya un subgénero novelesco sino una visión del vivir mismo como Bildung, abierto y azaroso, como proceso de co­nocimiento rumbo a la integración de un futuro. Así un concepto activo y creativo de ese proceso es en efecto una teoría del conoci­miento.

Y a la abundancia de lo real responde la abundancia del len­guaje. La considerable exuberancia verbal, casi ilimitada, que todo lo envuelve ya ratos bordea la parodia, unida a esa prioridad de la narración que acabo de subrayar, hace posible finalmente la intro­ducción de un decisivo estrato irónico. Lo que se dice de manera en apariencia unívoca consiente que uno entienda algo diferente de lo dicho. La ironía en una novela es una puerta abierta, claro está, a la pluralidad de sentidos. Y huelga explicar que ella también requiere la colaboración del lector entendido.

Diario de 360º y sus sucesores serán muy diferentes, como ahora veremos, sobre todo desde un punto de vista formal. Pero es tal la riqueza de la gran novela anterior que son innegables las conexio­nes y reminiscencias. Pienso por ejemplo en el sentido problemáti­co de la temporalidad, del que daré sólo una muestra. Es una refle­xión que podría enunciarse también en el Diario. Un personaje de Los verdes de mayo hasta el mar comenta la mitología griega y com­prende así la rebelión de Saturno contra Uranio:

la rebelión del tiempo entendido como revolución permanente con­tra el orden rotativo pero implacablemente fijo del cielo en que todo está escrito, la rebelión de la diacronía contra la sincronía, el discurrir del cambio contra la estructura del ser, de los oscuros movimientos del inconsciente contra la geometría de la conciencia.7

Diario de 360º es una pequeña obra maestra. No. se tome al pie de la letra la primera palabra del título. El diario imaginado ha sido una de las formas de la novela moderna (André Gide, Max Frisch, Mi­chel Butor, Doris Lessing, Bioy Casares).8 No es éste el caso, ya que lo que se conserva es sólo la división en anotaciones correspondientes a los días de la semana. Pero no se pretende, ni siquiera fic­cionalmente, que el novelista vaya introduciendo lo sucedido un día tras otro, sin conocimiento posible del futuro. Lo más significa­tivo aquí es un ritmo temporal, el que a un lunes suceda otro lunes y más tarde varios lunes más, es decir, no sólo las semanas sucesi­vas sino la circularidad de unos días repetidos. 0, dicho sea con un título de Octavio Paz, de unos signos en rotación.

Esta superposición del tiempo linear del existir de un ser hu­mano y del tiempo circular de la naturaleza y de la sociedad, en que se sitúan las personas, desde el calendario. urbano. hasta las estaciones del año y el movimiento de los astros, es el soporte implícito de la apertura que este libro propone a una amplísima gama de conductas, reflexiones, conocimientos, sucesos, cosas, perspectivas naturales, entornos imaginados, lances y destinos novelescos. Varie­dad, ésta, no caótica sino todo lo contrario, orden previsible de unos signos giratorios, comunes a los hombres y a la vida del mun­do, que el lector distingue y anticipa, según va leyendo, cada vez mejor. La atención descriptiva al detalle concreto., al ser individual, por trivial que sea, o precisamente porque lo es, se consigue cons­tantemente, pero con la libertad de elegir, soslayando otros ejem­plos y nombres; y buscando la inscripción de cada elemento en un vasto proyecto totalizador.

Salta a la vista que la querencia multigenérica encuentra aquí su oportunidad. Se destacan ante todo la ficción narrativa y la re­flexión ensayística, unidas las dos como «escrituras del yo.», decía­mos más arriba con J.Mª Pozuelo, siempre que se perciba que se trata de un yo. ficcionalizado.. Pero no es prioritario el respeto de unas normas convencionales, propias de talo cual género. Lo prin­cipal es la pluralidad que conduce al lector dinámicamente de una modalidad de escritura literaria a otra, de un nivel de producción o de creación a otro, libre y móvilmente situados entre dos extre­mos: la anotación autobiográfica y la imaginación visionaria. En el Diario de 360° los lunes suelen ofrecer una breve descripción, una mirada sin personajes e impersonal-es decir, en que tampoco el yo del escritor es un personaje-, sobre una parcela del mundo en derredor, ante todo de la naturaleza. Los martes es un lector quien se expresa, mediante reflexiones asimismo breves en torno a distintos autores, géneros como la novela, y panoramas de las lite­raturas nacionales. Los miércoles el sentido. de la Historia, siempre presente, condiciona una meditación en torno a una condición general del devenir de nuestra época. Decíamos que el yo del autor no es un personaje. Ni siquiera lo es los jueves, día en que ofrece momentos de su existencia pasada, sin confusiones ni espejismos, ni evidente automodelación, porque de lo que se trata es de apor­tar al conjunto unos hechos de indudable consistencia y de interés se espera que ultrapersonal. Son calas, líneas directrices de una vida que queda sin contar y cuya intimidad remitiría, si se comuni­case, a cuestiones que aparecen los viernes, de contenido autobio­gráfico también, algunas veces pronunciadamente erótico, cuyo ca­lado más hondo es marcadamente individual, sugestivo y a ratos enigmático.

Es posible que el lector detecte los colores de la imaginación en esos viernes, como en algunos lunes descriptivos. Pero en general este Diario no cultiva la ambigüedad de la hibridación del yo ficti­cio con el yo real, la coquetería de los juegos fáciles con el lector des­concertado. Agréguese que los sábados presentan sin ambages esce­nas cortas de unos ámbitos y unos personajes de ficción. Y que los domingos se explaya el progresivo desenvolvimiento de una novela llamada «Cordillera imperceptible», cuya división a lo largo del libro -no en episodios, sino en diferentes momentos, espacios y puntos de vista- no entorpece sino incrementa la curiosidad del lector.

No sólo la novela por entregas de los domingos lleva un título. El texto más breve suele tenerlo, precisamente porque lo es, como ocurre con los poetas o los pintores que de esa manera nos dan una pista para identificar el tema que nos ofrecen. Vale decir que el tex­to individual de este Diario no es un fragmento. Cierto que podría desarrollarse, pero no por ceñirse a lo esencial carece de integri­dad o es incompleto. El autor no parece improvisar sobre la mar­cha, abriéndose caminos. Su actitud es la de la madurez que sabe lo que tiene que decir y lo dice. Predomina la sencillez, el sosiego de una insólita capacity of statement, o sea, la aptitud para la exposición y enunciación directa, mediante pocas palabras, de ideas y posturas significativas. No sólo los creadores sino también los críticos e his­toriadores sabemos lo difícil que es alcanzar esta rara sencillez.

La variedad de cauces expresivos va unida a una amplitud te­mática que es aún más importante que su origen formal. Los puntos de partida son desde luego la pluralidad de la persona y la proliji­dad del mundo. Pasamos del campo a la ciudad, de lo pequeño y pró­ximo a los vastos horizontes remotos. Aparecen la belleza, la inago­table riqueza de las cosas, de los entornos naturales, de los cambios de las estaciones, del amor y su largo trayecto -circular también-­-que pasa por el erotismo exacerbado, de la soledad y la frustración y la ilusión de las personas; pero también la crueldad, la destrucción, los vestigios de acontecimientos terribles, la decadencia y la disolu­ción que trae el tiempo histórico; y de modo quizás menos contun­dente pero indispensable, la tontería de los listos, la mediocridad de lo rutinario-hortera-pequeño-burgués, la trivialidad de las ciudades y de las vidas intercambiables. Imposible y vano resumir aquí una di­versidad que es la del universo mismo. Lo que quizás sí puede que­dar claro es la voluntad de síntesis de unas estructuras, unas miradas y unas reflexiones cuyo alcance circular, de 360°, en todas las direc­ciones virtuales, aspira a llegar hasta donde puede conducir la ex­periencia aliada al saber y a la fuerza imaginativa del hombre.

La invención de este conjunto es la cualidad más original y po­derosa de lo que de tal modo puede calificarse de plurinovela. Las opiniones de índole política y literaria que se manifiestan en dis­tintos lugares no tienen por qué, ni pueden, obtener el beneplácito de los lectores singulares. En un ámbito de libertad no hay ideas políticas que no sean discutibles, aunque no lo merezcan. En lo que toca a las literarias un exceso de relativismo no es aceptable, y si bien en mi caso personal los panoramas críticos del autor de este Diario me han convencido casi siempre, en otras ocasiones, tratán­dose sobre todo de escritores individuales, reconozco que algunas consiguen ser bastante irritantes. El autor del Diario y en el Diario es severo con sus colegas. Es una actitud más próxima a Clarín que a Galdós, diría yo con términos españoles. Ahora bien, este rigor sa­tírico se incorpora con todo derecho al talante valorativo del conjunto de la obra.

Este conjunto es una invención, el producto de un esfuerzo uni­tario de la imaginación que reúne los elementos plurales de una experiencia del mundo y también del mundo mismo, en que los elementos primeros son el agua, el aire y el viento, como también la noche, o las montañas; y que en cuanto creación constituyente se ofrece al lector, en mi opinión, como la ficción de una plurinovela. Invención básica es elegir el ritmo circular del calendario como un acceso a ritmos más amplios de la naturaleza, a la sucesión de las es­taciones, al movimiento de los cielos, y sobre todo como un espacio en que caben las cosas tangibles y los frutos de la experiencia cul­tural, pero también los personajes imaginados, los sucesos inaudi­tos, la ficción que amplía y enriquece la totalidad. Un impulso ge­neral conduce no ya a la introducción de lances imaginados, que son tal vez los más representativos de esa totalidad y los que mejor profundizan en ella, sino a la búsqueda de principios integradores del gran conjunto -como los del pintor abstracto que se reduce a los materiales básicos del mundo. La ficción no desborda por fuer­za lo vivido, pero sí puede proponer claridades y verdades.

Crecimiento y reducción son los dos procesos esenciales de la vida hu­mana, de la vida en general y del propio mundo. Crecer a partir de lo imperceptible y reducirse de nuevo a lo imperceptible. Entender la vida como una de esas chispas que saltan del fuego y, tras brillar unos instantes, son de inmediato sustituidas por otras, no por mucho que hayan contribuido al esplendor de ese fuego menos inexorable del proceso. Un proceso que no deja de ser, en miniatura, réplica del cre­cimiento y reducción del propio cosmos. Y escapar a ese proceso, al menos mientras el mundo exista, es lo que hace grande al arte y a la creación literaria. 9

Se vuelve superable de tal suerte la antítesis realidad-ficción. Más alto y más amplio es el concepto de creación literaria. Y su puesta en práctica.

¿A qué voluntad de forma, preguntábamos más arriba, puede as­pirar lo que tiene que ser la ilimitada amplitud de una novela? Las narraciones de Luis Goytisolo se encuentran en condiciones, basa­das en la pluralidad, de conciliar las dos exigencias. Antagonía, im­pulsada por un afán de síntesis y un maximalismo verbal, se enca­raba frontalmente con la abundancia de lo real. Las tres novelas que comentaré aquí, analíticas y selectivas, cultivan la contención y el sentido en profundidad.

Liberación también consigue esa difícil conciliación de lo unido y lo plural. La multiplicidad está en todas partes. De buenas a pri­meras los lectores de Liberación nos encontramos con sesenta y tres textos de mediana brevedad, que todos son ficciones. Son tramos, cuadros, escenas, resúmenes, apretados como cuentos pero sin la resolución final de éstos sino todo lo contrario, inconclusos, provi­sionalmente enigmáticos, abiertos a lo que pueda suceder en un tiempo futuro. Los personajes son variopintos; tanto más cuanto que lo serán también las focalizaciones narrativas, que pueden ser una voz en primera persona, la del protagonista de un solo tramo, o una voz en tercera persona, es decir, que puede contar no sólo hechos visibles sino lo que un personaje pensó y sintió. Ya lo largo de la novela se va presentando con frecuencia creciente la voz de una persona que sabe sencillamente lo que la gente rumorea en el pueblo, desde unos conocimientos no ilimitados en potencia sino restringidos como los de un vecino curioso y algo rústico. Recuerda esta voz narrativa la de Los hermanos Karamázov, chismógrafo de una ciudad pequeña, cuya comprensión absolutamente superficial de todo cuanto narra va siendo poco a poco superada por revelaciones posteriores y sobre todo por la superioridad irónica del lector.

Añádase la multiplicidad de niveles de estilo, que va desde la palabrería un poco pedante de algún personaje inicial hasta el argot callejero de unos gamberros, pasando por la sobria serenidad y exactitud de, como ahora veremos, un emperador romano que pensaba en griego. Confieso que no sé si es la primera vez que rea­parece el protagonista del primer gran best-seller del siglo XVI, el Libro áureo del emperador Marco Aurelio (Sevilla, 1518), del famoso Fray An­tonio de Guevara.

Pero el progreso de la novela es un proceso paulatino de inte­rrelación de los elementos introducidos previamente. Estos cruces no se deben a los requerimientos de ninguna fatalidad o providen­cia; ni tampoco a los de un azar contradictorio de la fatalidad y por tanto dependiente de su existencia. Los personajes que habían apa­recido por separado entran en comunicación según van viviendo, en circunstancias sociales objetivas, y algunos muriendo; y de tal forma se van integrando en un conjunto, no mirado como una co­hesión provista de sentido, puesto que ninguno pretende que la vida y la muerte lo tengan, sino como una suma cuya extensión y perduración y significación son muy superiores a las de los suman­dos individuales. De tal forma la pluralidad dominante de la que vengo hablando acaba disolviéndose, o mejor dicho, posibilitando la existencia de una suma posterior más significativa, convirtiéndo­se en reunión fugaz, como la vida individual misma, de componen­tes que alimentan y enriquecen el gran conjunto, el cual, él sí, con­siente la búsqueda de sentido.

Esta búsqueda, por más que no logre su objetivo, no deja de aparecer en las vidas individuales y de ser interpretada por los per­sonajes mismos. Depende casi siempre de la mirada retrospectiva, hacia el pasado, que el vivir va necesitando y alterando. Se centra en el afán de conocimiento, de sí mismo y de los demás, puesto que arrancamos de la opacidad de los seres humanos. Uno de los per­sonajes observa la coincidencia de estos anhelos. «De hecho, círcu­los concéntricos de un mismo asunto: la relación con el entorno, la relación con los otros, la relación con uno mismo.» Y poco después atribuye este personaje a Marco Aurelio la singular lucidez conse­guida tras reanudar su relación con Livia. «La energía generada por esa relación le permite percibir con una clarividencia hasta en­tonces contenida el carácter pasajero de cuanto rodea la existencia, el olvido de la gloria ganada, la posteridad que se diluye, la fama que se esfuma, ya simples accidentes del paisaje.» 10 También en Li­beración el paisaje es medida del tiempo, «manifestación de la suce­sión de estaciones y de la rotación de los cielos». 11 La analogía con el paisaje se vuelve indispensable para poder conocer el nudo que une a los seres humanos con la naturaleza, es más,. su incorpora­ción después de la muerte a una naturaleza regida por las diver­sas fases de la rotación de la materia, desde la tierra palpable hasta el firmamento.

Hablaba antes de la importancia de los objetos. En esta ocasión la coherencia del conjunto abarca unas existencias hechas de cosas y de casas, especialmente de casas, con las que los personajes se compenetran y que recogen y conservan el paso de los hombres a lo largo de los años y los siglos. Pues, aquí como en Diario de 360°, las fases giratorias de la naturaleza, que rodearon a esos hombres, se inscriben en el curso definitivo de la temporalidad linear, la de los tiempos históricos, la del suceder de las épocas y las civilizaciones más antiguas.

Claro está que estos anhelos de conocimiento son múltiples y temporales también; y conducen a diferencias y diálogos cuyos ele­mentos sólo pueden darse cita en la mente del lector. De ahí la uti­lidad del relato cuyo héroe es Marco Aurelio, intercalado, a la ma­nera de Mateo Alemán o de Cervantes o de Dickens, en el interior de la novela, o más exactamente, en su centro preciso, en abyme, si apelamos al término de heráldica que agradaba a André Gide, su­giriendo su función simbólica. En realidad son dos los comple­mentos sintetizadores. Una pintura de origen medieval, la Tabla del juicio Final, cuyo último plano representa la integración de los muertos en la naturaleza. Y las páginas en que un marco narrativo reúne ante todo unas reflexiones de Marco Aurelio, a modo no tan­to de ensayos cuanto de meditaciones, de pensées -en la estela no tanto de Montaigne cuanto de Pascal y La Rochefoucauld- cuya fuerza valorativa es aplicable a la novela entera.

Así el momento en que al despertar de un sueño tiene el Em­perador la intuición «de hasta qué punto no somos nosotros una partícula más de esa naturaleza que se extiende hasta donde alcanza la vista».12 Y es notable también su uso metafórico -contribu­ción probable a los diálogos entablados en la mente del lector- de la imagen del arco iris. Entre tantas simplificaciones que nos con­viene superar -a nosotros los lectores del Marco Aurelio de Luis Goytisolo- está la visión del mundo y de nosotros mismos como gobernados por antagonismos y antagonías.

El ser humano tiende a entender su vida como la lucha de dos fuerzas antagónicas que luchan en su interior, y la elección de una de ellas, a la que procura ajustar su comportamiento, le lleva a enfrentarse a la otra, lo que conduce indefectiblemente a la infelicidad. Una contra­posición como existencia entre el blanco y el negro, ajena a la eviden­cia del arco iris, donde cada color se convierte gradualmente en otro. 13

Concepción del mundo, ésta, como conjunto cuyos elementos co­nocemos mal en cuanto individualidades, y sólo puede ser signifi­cativo si se percibe la pertenencia del elemento a una totalidad compenetrada con la naturaleza, que se conserva y extiende con es­pecial agudeza en Oído atento a los pájaros. En esta tercera novela reaparecen las dimensiones temáticas y formales de las anteriores. Pero el autor va más lejos, no para explicarnos más a los lectores el sentido de las cosas sino para explicarlo menos y contar más que nunca con nuestra complicidad.

Seguimos efectivamente situados en un mundo rural, entre el mar y la montaña, cuyos pueblos conocieron la brutalidad de la contienda civil y un discutible progreso socio económico a lo largo de buen número de años. Con ese medio se relacionó desde la infancia el personaje más destacado de Oído atento a los pájaros, un pintor no desprovisto de conciencia de lo ocurrido, es decir, de sen­tido de la Historia y de la Sociedad, al igual que sus predecesores en las obras anteriores, y por añadidura de preocupaciones teóricas, es decir de consciencia del Arte. Formalmente se conserva el pluralis­mo de los componentes de la novela, su divisibilidad en una multi­plicidad de momentos, cada uno con su título, o de sucesos, o de interpretaciones. Son también intuiciones, imágenes instantáneas, epifanías, arrebatos de lucidez, que, junto con los demás elementos, poco a poco se irán ensamblando. No existe la rotación de los días de la semana, corno en Diario de 360°, pero sí la de las fases de la naturaleza cuya amplitud sienten y viven los pájaros, los mirlos, los herrerillos, mejor que los hombres; y la del retomo repetido en la novela con regularidad, circularmente, de unos mismos componentes que son puntos de vista personales. Varias historias se entrela­zan; y con ellas varios ritmos temporales; y hasta varios tiempos yuxtapuestos. Las acciones se cruzan e interrumpen mutuamente, arrancando una y otra vez del silencio, sugiriendo al lector no sólo lo que se cuenta sino lo que se deja de contar.

Una de estas perspectivas en rotación es la que cubre lo que hace y entiende el pintor, Ramón Rada, otra lo que piensa y pre­gunta el Indiano, el emigrante regresado, que es una segunda pre­sencia importante y reiterada. Este puntillismo narrativo -si se me permite la exagerada metáfora pictórica, pero hay fragmentos que sólo ocupan una página o poco más- podría causar, en la opinión de alguno, la ausencia de acontecimientos y tramas interesantes, que es lo que puede proporcionar una novela simple" de perfil liso e ininterrumpido. Pero no, ocurre todo lo contrario. El puntillismo permite la inserción una y otra vez de sucesos dramáticos, lances extraños y rápidos, súbitos cuentos breves. Y también la de un rela­to intercalado en un relato, con arreglo a ese procedimiento de em­boítement que ya sobresalía con el «Edicto de Milán», la novelita interpolada en Los verdes de mayo hasta el mar.

El crítico no puede insistir bastante en esta riqueza formal de Oído atento a los pájaros, sin temor a que se le tache de demasiado técnico, porque es indivisible de la complejidad de los contenidos, de la dificultad que tienen las personas para saber lo que realmen­te ha acontecido, para decir verdades acerca del pasado, conocer los argumentos de sus vidas, empezar a resolver la maraña de los malentendidos en las relaciones personales y la confusión de los espesos desconocimientos mutuos. De ahí la variedad de cauces de presentación en que se vierte la escritura de Luis Goytisolo, dando cabida al uso de la primera persona cuando le toca aparecer al In­diano, la narración en tercera persona no del todo omnisciente de lo que hace y sobre todo piensa Ramón Rada, el pintor, y la breve introducción de fragmentos en que descubrimos el punto de vista de por ejemplo Iris y EIsa, mujeres cuya sexualidad se relaciona equívocamente con el no menos ambiguo Rada; y de Valentín, cri­minal que pasa a ser un adalid de la caricaturesca revolución po­pular. Esos fragmentos se formulan en tercera persona, pero sólo para incluir el punto de vista del personaje que refleja cuanto ve y le rodea.

Son desde luego muy diferentes los sentimientos que admite esta función destacada, una vez más, del acto de narrar y de inter­pretar, desde el asombro y el entusiasmo hasta la actitud despectiva y la dureza, nada raras en esta escritura de Luis Goytisolo. Téngase en cuenta que más de un personaje es escritor, como Rada, que em­pieza a redactar su autobiografía, y su mujer EIsa; y que el Indiano es un pensador empedernido. De tal suerte se encajan unas ficcio­nes interpoladas, que dan fe de la imaginación no como incursión en lo irreal sino como todo lo contrario, la más persistente de las realidades, desigualmente distribuida y escalonada.

Y en cuanto a las pensées, máximas o meditaciones del Indiano, se corrobora la confluencia del ensayo y la novela que he venido co­mentando más arriba. Pero no nos llamemos a engaño, las páginas ensayísticas, cuando los dos géneros se hermanan, son lo mismo de ficcionales que las narrativas. Las ideas que lanza el Indiano son propuestas, individuales e insólitas como suyas, al igual que algunas de las de Rada. Ahora bien, son sin duda susceptibles no ya de pro­vocar sino de hacer pensar al lector. Así como admitimos que las in­venciones de un gran novelista como el autor de esta trilogía son lo que mejor resume el mundo, cabe suponer que las conjeturas de sus personajes-ensayistas son en potencia fecundas.

Se vuelve indispensable y prioritaria, en suma, la conciencia del conjunto, la visión total, global, ilimitadamente panorámica. El saber del mirlo es envidiable. El personaje-ensayista, el Indiano, piensa que todo lo que existe está en constante estado de transformación:

contrariamente a lo afirmado por grandes pensadores y científicos, la nada no es un estado previo a la existencia a la vez que término o esta­do posterior a la misma, sino una ilusión producida por la constante transformación de lo que existe. No hay que pensar en términos de nacimiento, vida y muerte, sino en fases de un ciclo sin comienzo ni fin precisos. Tampoco hay que individualizar lo que en realidad es parte de un todo, algo que sólo adquiere su justo valor considerado dentro del conjunto. 14

¿Estamos de acuerdo los lectores? Creo que sí, en la medida en que concluimos que para Luis Goytisolo la novela no puede reducirse a la convivencia del lector con unos pocos personajes representativos o unos sucesos simbólicos. Ninguno de ellos es un signo suficiente ni plenamente significativo por sí solo. Lo principal es su inserción en una visión total, o su vinculación con un vasto conjunto, median­te una índole de comprensión que se vive dinámicamente como ci­clo sin comienzo ni fin precisos, como aprendizaje de un futuro quizás más descifrable.

En la tercera de estas novelas la sabiduría es un proceso y un proyecto que no concluyen. Los lectores los podemos compartir, puesto que se nos convoca para ello, si nos incorporamos a la irre­solución final que caracteriza la gran novela actual; y si a través de la lectura hemos logrado situarnos a la altura de un nivel tan alto de percepción y de inteligencia.

(Del libro del mismo autor: "De leyendas y lecciones", Crítica, Barcelona 2006.)

  Top