Ya se sabe que la literatura no tiene nada que ver con la política; o bien, que si lo tiene, el fenómeno llega siempre demasiado pronto, o demasiado tarde, claro está. Han pasado dos lustros desde que el general Franco pasó a mejor vida, con la peor de las muertes posibles, por demasiado larga simplemente. Se debe morir deprisa y en silencio, y todo lo demás es espectáculo, esto es, más muerte de la debida. Consuelo de todos, o de la mayoría de todos, que sigue siendo clara después de diez años de consuelo que llamamos democracia. Qué le vamos a hacer. Nada sucede conforme a esas desoladas ilusiones que seguimos confundiendo con nuestros deseos.
Se ha dicho más de mil y una veces. Cuando Franco murió, y de repente la censura dejó de existir de hecho -ya que no de un derecho que todavía seguimos descuartizando- no había nada en nuestros desdichados cajones que diera razón de nuestro despecho. En los años inmediatamente anteriores, algunas censuras -inexplicables, como todas, nunca he podido conocer la lógica interna que rige la censura- impidieron la aparición en España de algunos libros importantes: se trataba de "Recuento" de Luis Goytisolo, de "Si te dicen que caí, de Juan Marsé y de "Juan sin Tierra", de Juan Goytisolo. Nadie sabrá jamás en qué estos libros atacaban directamente a la censura de Franco, cuya razón de ser durante tantos lustros no debió residir sino en el temor a su implacable desaparición, y con eso bastaba. Pero la censura de estos tres importantes libros -que fueron editados en México, claro está, y bajo firma española, también sigue estando demasiado claro- mostraba la fragilidad de una censura tan irracional como débil. Y así empezó la transición, convirtiendo en "best-sellers” a estos tres libros, que en un mercado normal no lo hubieran sido. No hay bien que por mal no venga, con perdón, pues siempre sucede al revés. Pero ¿qué se podía pensar con tan negativo principio? ¿Esto es, con un principio que no empezaba apostando por lo nuevo sino negando lo anterior y reafirmando lo ya existente, lo demasiadamente conseguido?
DIEZ AÑOS DESPUES
Han pasado diez años y todo parece seguir igual. Hay que meditarlo despacio: Luis Goytisolo sigue siendo el mejor de nuestros narradores, aunque el público sigue sin darse demasiada cuenta; Juan Goytisolo sigue jugando al perseguido marginal y maldito, cuando en realidad es la voz más y mejor admitida de todos nuestros narradores. Juan Marsé se debate entre premios y éxitos de venta buscando unas raíces tan lejanas que todo el mundo se las perdona con la mejor conciencia del mundo. Hoy se dice, mientras los jóvenes se agolpan para ocupar los lugares tan férreamente detentados por sus mayores, que ya no hay tendencias, y que tanto mejor que así sea. Hemos salido de la pesadilla imperial, del triste sueño de la novela social, de la malhadada tentación de la intelectualidad, de la novela falsamente metafísica -que encerraba la correspondiente trampa política, hoy está claro- de la recuperación de exilios desconocidos o de cualquier vanguardismo al uso, y hasta de los neoformalismos más o menos desusados, y al final nos dicen que todo está bien, y que lo mejor es precisamente la desorientación y el desconcierto: no hay tendencias, luego vivan las tendencias. No hay rey, luego vivan los reyes, pues cada cual podemos serlo. Como apología de la libertad no puede haberla mejor. Somos libres, después de tantos siglos de no serlo, y de esta manera podemos achacar a aquella falta la inexistencia de nuestra calidad. Luego, si ya somos libres podemos hacerlo todo, y ya era hora, y no está mal que así sea. El resultado del camino no es su fabricación, y ni siquiera que lo hayamos recorrido. La meta es lo de menos: la calidad deja de serlo para convertirse en un sucedáneo inventado por los medios de comunicación y los éxitos de venta. Que nadie nos acuse por lo tanto si alguien dice que el mayor narrador de la transición ha sido Fernando Vizcaíno Casas, el folletinista de la nostalgia franquista, el Fernández y González que nos ha tocado en suerte. Pese a su muerte, Franco murió en la cama, y las dosis de franquismo que el país ostenta no son demasiado despreciables, desde luego. Lo recordaremos todos los 23 de febrero, durante bastantes años, si no nos forzamos en olvidar lo inolvidable, con lo que siempre correremos -Santayana dixit- el peligro de volverlo a repetir una vez más. Y así consagraríamos nuestra historia y al mismo tiempo esas señas de identidad que tanto nos empeñamos en recuperar:
No hay tendencias, somos libres, todo está permitido. Iván Karamazov: "Si todo está permitido, Dios (o la calidad) no existe". Nos declaramos libres de cualquier compromiso más o menos enojoso, la literatura puede triunfar por doquier, libre, pura, incontaminada y perfectamente descomprometida. Ya sabemos que la moral es un estorbo; que todo compromiso lastra y que la palabra tiende hacia su propia belleza, que nos parece ser su cumplimiento. Tras tantos años de obsesión política, de combate más o menos declarado, de búsqueda de una libertad que sólo se conseguía alienando la escasa parcela de la que se disfrutaba, éste era el momento del triunfo, y la calidad, oscurecida y desvirtuada tanto por la falta de libertad como por el combate por conseguirla, iba a producir sus verdaderos frutos.
REALIDAD Y ESPERANZA
Y aquí estamos, por no decir aquí seguimos, a la espera de los frutos de esta libertad que ahora se nos aparece como mucho menos fructífera de lo que habíamos pensado. No hay más cera que la que arde. Lo que tenemos 'es más o menos lo que teníamos, no han aparecido los grandes libros prohibidos por su censura que al parecer tuvo mucho menos trabajo que el que pensábamos. Hubo unos primeros años transicionales en los que e! triunfo de lo político fue inexcusable. Los premios se volcaban en libros y autores que investigaban temas políticos e históricos, desde la utopía -más bien la contrautopía- hasta la reivindicación más a ras de tierra, de Lectura insólita de "El capital", hasta la Autobiografía de Federico Sánchez, pasando por En el día de hoy. Y que conste que hablo de tres escritores -Raúl Guerra Garrido, Jorge Semprún o Jesús Torbado- perfectamente honestos, buenos profesionales y en busca de una literatura al nivel de nuestra época. Da igual: el triunfador político fue Vizcaíno Casas. Esto es lo que sucede cuando se siembran demasiados vientos.
Mientras tanto, los viejos maestros proseguían su camino sin prisa, pero también sin pausa. Y así llegaron más o menos los nuevos triunfos de Miguel Delibes -ayudado por el cine- de Torrente. Ballester -por la televisión- o Camilo José Cela por los medios de comunicación en general y la industria cultural en particular- mientras fallecían Alvaro Cunqueiro en olor a santidad literaria o Dieste, en la niebla de la ignorancia, o Mercé Rodoreda, que apenas pudo saborear su triunfo postrero. De la guerra y del exilio ha habido menciones y aprovechamientos, pero, salvo el caso de Francisco .Ayala -que por otra parte pone en tela de juicio estos conceptos- lo demás ha sido componenda y tributo menor, de Rosa Chacel a Manuel Andújar, o hasta Juan Gil Albert, al que nadie sabe clasificar todavía. Ramón J. Sender se murió lejos, como se debe, Que nadie remueva demasiado las aguas, tanto más turbias cuanto más tranquilas parecen estar, cuando están simplemente estancadas.
Y los viejos realistas se renuevan, se enmascaran detrás de unos productos mucho más intelectualizados de los que era esperable. Juan Benet nunca lo fue, y por ello tardó tanto en llegar, pero de todas formas abandona progresivamente esa oscuridad privilegiada en la que se movía para buscar desesperadamente alguien que le lea un poco más. De la evolución de Juan Goytisolo hay mucho que hablar, pero no en panoramas generales; sus experimentos no son reducibles a una búsqueda formal que siempre se le escapa al final. –Luis Goytisolo profundiza, ahonda hasta extremos tan peligrosos que le quitan lectores a manos llenas pese a la honradez de su camino. Antagonía es Ia mayor empresa narrativa de los últimos lustros de la historia española, aunque casi nadie lo sepa o quiera decirlo así. García Hortelano se pone cada vez más serio cuanto más parece reírse, en Gramática parda, mientras Juan Marsé no parece reponerse de haber ganado un mal premio Planeta. A pesar, desde luego, de su rigor y de su inmensa claridad narrativa, que le siguen colocando en la primera fila. Aldecoa murió, para descanso de exégetas a la violeta, pero ahí está, mientras Sánchez Ferlosio sigue mudo, Jesús Fernández Santos -a recordar Extramuros- engrosa su panoplia irremediable de premios y Carmen Martín Gaite sale graciosamente de su esencial realismo intimista para caer una u otra vez en él. Umbral continúa fabricando la mejor prosa de periódicos del siglo, mientras Vázquez Montalbán sigue sin reponerse del éxito seudo-policial de Pepe Carvalho. El pianista deja en evidencia a su propio autor. Todos, y ellos los primeros, seguimos esperando un improbable pentecostés en medio de tanta y tanta mala conciencia disfrazada de buena, porque no le queda otro remedio para seguir andando.
UNA JUVENTUD QUE YA NO AGUARDA
José María Guelbenzu nos ha dado una obra excepcional, El río de la luna, pero su camino es personal e intransferible. Gonzalo Suárez ha perdido su frescura, pues la ha intercambiado por el cine. Eduardo Mendoza sigue cultivando jardines ajenos tras el éxito de La verdad sobre el caso Savolta, que tantas esperanzas despertó. Alvaro Pombo se debate en busca de sí mismo, amagando y sin llegar a dar el todo. Juan José Millás, que lo fue de verdad en Visión de ahogado, no se repite, pues cada vez escribe mejor para confundir más y más sus ideas. Jesús Ferrero nos hizo pensar que Belver Yin era un {ruto conseguido, pero nunca termina de confirmarlo. Raúl Ruiz, José María Merino -el más sólido en tono menor- Soledad Puértolas y Miguel Sánchez Ostiz señalan que podemos seguir esperando. Juan Iturralde, un mayor extraviado en su propia posteridad, nos dio la mejor novela sobre la guerra civil, Días de llamas, pero luego se enfada demasiado. Y acabamos de descubrir -Dios y Tono Martínez nos lo perdonen- a Alejandro Gándara. Y los poetas se ponen a escribir novela y no demasiado mal, como Antonio Colinas y Julio Llamazares. Y los filósofos también, siendo el más empecinado Fernando Savater, al que por lo menos siempre se le puede leer, pese a estos intentos.
Todo es frenesí, publicidad, codazos y zancadillas. El insulto, el improperio, la queja y la imprecación en el vacío dominan las páginas de los periódicos. ¿Hay quien dé más? Las mujeres siguen un camino tan impertérrito como real. Dentro de sus imperfecciones son ellas las que parece que tienen algo que decir, de Ana María Matute –ahora, ahora viene- a Rosa Montero, pasando por Ester Tusquets y Montserrat Roig del otro lado del idioma. Ojo, hay feminismo en esta literatura pero sería abusivo definirla como tal.
Fernando Sánchez Dragó nació en la televisión y a ella debe volver. Isaac Montero tropezó con ella y se repuso para seguir escribiendo: Arte real es una buena narración mal entendida. Juan Perucho sigue los pasos de Cunqueiro, con calidad serena, y Carlos Pujol sorprende con cuatro narraciones eruditas y repletas de humor. Angel María de Lera murió antes de verse puesto en tela de juicio, mientras Gregorio Gallego insiste en dar su propio e intransferible testimonio.
¿Quién se acuerda de nada en este bendito país que sigue sin saber qué es, qué quiere y cuál es su camino? Los jóvenes irrumpen en tromba y enarbolan su adjetivo preferido: la post modernidad. Como todo compuesto nada quiere decir, y la característica principal de los postmodernos es la del autoelogio. "Divertido “: eso es, ésta es la palabra. Se autocalifican como los más divertidos, aunque no sepan escribir demasiado, pero eso es lo de menos, pues basta con el adjetivo para intentar vender. La vanguardia es el mercado. Unas ediciones cada vez menos libertarias lanzan a bombo y platillo -de hojalata- un centón de nuevos narradores románticos, urgentes, más o menos desesperados por llegar, cuyo paraíso está en la pequeña pantalla o en las páginas de los grandes rotativos: esto es, colocan sus esperanzas en los cuernos de la luna. Aunque si alguno de ellos se decidiera a pararse un poco y mirar alrededor, tal vez descubriría algo más, y llegaría a decirlo. Dotes no les faltan, aunque les sobre autosuficiencia y ceguera formal.
Recientemente hubo un coloquio entre escritores alemanes y españoles, del que callaré los nombres propios para centrarme en los argumentos. Los alemanes defendían una literatura comprometida con su mundo -no con ningún partido ni ideología concreta, desde luego- mientras que los españoles tronaban desde un paraíso incontaminado y feliz, defendiendo la literatura más pura e irreductible que darse pueda. Bien: ya estamos en ese paraíso inventado y prefabricado de plástico, hojalata y focos por doquier. Y ahora ¿qué decimos?