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     La protagonista de La cólera de Aquiles ocupa con su presencia y su palabra el total de esta unidad penúltima de «Antagonia», incluso en los tres capítulos centrales en que narra, en tercera persona, la historia de Lucía, ya que antes y después de la relectura de esta novelita inter­calada la narradora-protagonista, Matilde Moret, da a entender que aquella joven de veinte años, Lucía, es un personaje de ficción que par­cialmente corresponde a ella misma, Matilde, la cual, a su vez, como es obvio, no representa sino una criatura inventada por el autor, Luis Goytisolo.

En todo caso, Matilde Moret implanta su presencia y toma la palabra desde la primera línea y jamás se eclipsa. No ocurre aquí, como sucede en las otras unidades de la tetralogía, que el lector dude acerca de quién mira y quién habla. Mira y habla siempre Matilde Moret y todo pasa por el tamiz de su mirada y por el filtro de su voz. Matilde es un personaje consistente, con su nombre (aunque éste sólo se declare en la página 62)1, con atributos físicos y psíquicos bien defi­nidos, que vive y obra dentro de un ambiente preciso, cuya edad (alre­dedor de cuarenta años) ella misma indica, y que escribe de sí hacien­do ver la trayectoria de su vida desde la niñez hasta ese tiempo en que la cólera provocada por el engaño de Camila, su amiga, la empuja a un asedio que no sólo pretende la recuperación de la amiga, sino la de sí misma a través de la relectura de aquella novelita, El Edicto de Milán, gracias a la cual, y a estas páginas que la comentan, cree Matilde alcan­zar el verdadero conocimiento de las motivaciones de su conducta y de la conducta de su primo Raúl, cuyo amor malogrado constituía la materia novelada en El Edicto de Milán.

En los primeros capítulos (1- III) de La cólera de Aquiles se pre­senta Matilde evocando el conflicto que para ella significa el supuesto engaño de su amiga: reacción ante los hechos y plan de dominio; refle­xión rememorativa y puesta en obra del plan; tentativas de explicación de su cólera y de su voluntad de no rendirse. Los capítulos IV a VI con­tienen el texto de El Edicto de Milán, que Matilde publicara años antes bajo el seudónimo de Claudio Mendoza y que ahora relee con esa obje­tividad que la distancia temporal favorece, y aunque la estructura de tal relato parezca repetitiva (expone tres veces el mismo proceso desde la ilusión, a través del desencanto, hasta la ruptura), las variaciones van aproximando la protagonista al lector, pero además cada una acentúa un aspecto: la espera ilusionada, la dispersión, el rompimiento. Finalmente, los capítulos posteriores a la relectura (VII-IX) parecen ofrecer a Matilde Moret una clarificación: acerca de la forma, el valor y el sentido de su novela y de lo novelado en ella; en relación a su his­toria personal y familiar, y sobre la naturaleza de sus experiencias amorosas recientes (Camila) y remotas (Raúl). Llegaría así Matilde a un mejor conocimiento de sí misma y al convencimiento -¿ilusorio?-­ de que su amiga no había querido engañarla sino reavivar su pasión, de manera semejante a como su primo tampoco la habría abandonado por desamor: se habría alejado de ella para no envolverla en los peligros de la resistencia revolucionaria en la que él militaba.

Cólera de Matilde Moret, despecho de Lucía (que ante la creída traición de Luis -Raúl- vivió en desenfreno hasta capitular a un matri­monio de mera conveniencia) y apaciguamiento de Matilde tras haber releído la historia de Lucía. Pero el lector de La cólera de Aquiles no puede menos de sospechar en ese apaciguamiento último la sombra de una quimera, el refugio consolador en la mentira. El sentido de la con­ducta de Matilde Moret, y de la escritura originada por la relectura de El Edicto de Milán, podría definirse más bien como una réplica agresi­va contra su familia, su pasado, su educación, su sociedad: una «con­testación» a esto, una «contestación» de esto. En otras palabras: La cólera de Aquiles vendría a ser un autorretrato del personaje Matilde Moret: ved quién soy yo, he aquí lo que yo creo ser: «ecce homo».

Cuando una persona se presenta ante nosotros por primera vez y empieza a manifestarse de algún modo, lo primero que percibimos es un tono de ser, que, apoyado por su aspecto físico, nos orienta sobre su personalidad: es un pobre hombre, es un vanidoso, es un hipócrita, es un tímido, pensamos de inmediato aun sin formularlo. Más tarde podremos rectificar, pero la impresión inicial es la que nos deja ese tono.

El tono que se impone desde las primeras páginas del texto es el de una franqueza expedita en la manifestación de ideas y creencias que no están de acuerdo, ni quieren estarlo, con las creencias y las ideas comunes. Ya las primeras palabras suscitan un efecto de desembaraza­da franqueza: «De las mujeres me atrae únicamente el cuerpo. O mejor: determinadas partes del cuerpo. Eso no significa, ni que decir tiene, que prefiera los hombres: en modo alguno» (9). Pero pronto se echa de ver que esta franqueza procede de una seguridad puesta de relieve hasta un grado extremo de atrevimiento insolente al que el idio­ma le tiene reservado un nombre: petulancia.

Matilde Moret compone esta especie de autorretrato en un tono de petulancia que parece destinado a exhibir su superioridad sobre los demás. Alaba repetidamente su penetración psicológica, su clarividen­cia, su mente lúcida, diáfana y cristalina, sus intuiciones y golpes de inventiva, la nitidez de sus observaciones y argumentos, sus facultades adivinatorias, su aquilino dominio de las situaciones, su tendencia a crecerse ante problemas y conflictos. Y no sólo se obstina en conven­cer a alguien (¿a un lector?, ¿al lector?, ¿a sí misma?) de que es más sabia y más inteligente que el promedio de los mortales. Pondera tam­bién la fuerza de su voluntad: «siempre hago lo que me da la gana» (73), «no di mi brazo a torcer» (89). Sabe hacer las cosas mucho mejor que sus criados. De su novelita El Edicto de Milán dice que fue escrita con el empeño del orfebre: labrar «una pequeña joya» (223). Su físico lo estima inmejorable: «una mujer como yo, alta, esbelta, elegante, con esa madurez serena que es el fruto de la inteligencia y la experiencia más que de los años», tan atractiva como se refleja en sus «ojos risue­ños y sonrisa irónica» (60), más guapa que su hermana Margarita y tan inteligente como ésta, rica, «físicamente en pleno esplendor» (220). Valora tan alto su personalidad en total que llega a creer que a su primo Raúl le asustan sus atributos: «Mi vitalidad desbordante, mi apasiona­miento, mi actividad infatigable, mi fortaleza física, mi propia salud, mi joie de vivre» (227). Se parangona con «la figura gigantesca de Aquiles» (83) y habla de sí como de «esta fuerza de la naturaleza que soy, fruto de una adecuada conjunción de vigor y energía» (304).

«Por qué soy tan sabio», «Por qué soy tan inteligente», «Por qué escribo tan buenos libros», «Por qué soy un destino»: así se titulaban las cuatro partes del libro de Nietzsche Ecce homo, cómo se llega a ser lo que se es, la tercera de ellas dilatada en una serie de semblanzas de cada uno de sus libros desde El nacimiento de la tragedia hasta El caso Wagner.

El lector recordará las numerosas expresiones deliberadamente petulantes con que el trágico pensador proclama la magnitud de su per­sonalidad y de su obra: el Zaratustra es una voz que atraviesa milenios; él honra y distingue al vincular su nombre a una cosa o persona, ya sea en pro o en contra de ellas; cree tener en su espíritu y acaso en su cuer­po «algo de la petulancia de Montaigne» (43); considera a Heine el único par suyo como artista de la lengua alemana; midiéndose por lo que puede hacer, se estima con más derecho que nadie a la grandeza; afirma haber producido cosas de primera categoría, y advierte que, una vez leídos sus libros, ya no se soportan otros, pues «yo vengo de altu­ras que ningún ave ha sobrevolado jamás» (59); «yo llevo sobre mis espaldas el destino de la humanidad» (122); «yo no soy un hombre, soy dinamita» (123). Salvando siempre, en lo apuntado y en lo que sigue, las distancias entre el egregio pensador del retorno eterno, uno de los más inagota­bles que en la historia han existido, y la protagonista imaginada de una novela (a la que, sin embargo, sería injusto calificar de gregaria), note­mos ahora la faceta menos clara de esta posible relación: la que res­pondería al epígrafe «Por qué escribo tan buenos libros», o sea, la escritura, vinculada en ambos casos a la lectura.

¿A quién dirige Nietzsche su Ecce homo, autorretrato a la vez que breve comentario acerca de la génesis y el carácter de sus obras? A todos acaso, pero expresamente a sí propio, pues declara haberlo ter­minado el día en que cumplió 44 años: «y así me cuento mi vida a mí mismo» (19); y luego, contraponiéndose al decadente: «acabo de des­cribirme a mí mismo» (25).

Ecce homo no es sólo un escrito que, dirigido al mismo sujeto que lo escribe, aborda con frecuencia el tema de la escritura (insuperables descripciones del buen estilo y de la inspiración, pp. 61 Y 97). Se ocupa, más aún, de la lectura, y ello en varios aspectos: la lectura como recreo, los libros preferidos, el daño de la mucha lectura, el lector per­fecto. Y se ocupa, además, por extenso y con agudeza, de los críticos que han reseñado algunas de sus obras (comprensivos algunos, obtusos la mayoría), complaciéndose en llamar al crítico torpe «animal con cuernos» (57, 60).

Matilde Moret escribe el texto de La cólera de Aquiles en forma de comentario a su vida, su persona y su obra; una forma que no pre­tende ser «novela» (sí lo pretendía El Edicto de Milán): forma vaga que ella misma, la narradora, designa como «notas» (71), «estas líneas» (89, 260, 321), «las presentes líneas» (320), «estas páginas» (320, 325), «mis cuartillas» (324). Se entrevé un destinatario indeterminado cuando en cierta ocasión se disculpa por haber divagado («Me excuso; comprendo que me he ido por las ramas», 64), y tal lector parece más hipotético en otro momento: «Si algún día estas líneas llegan a tener un lector -me basta uno-, comprenderá perfectamente, espero, lo que para mí significa todo esto» (260). Ese lector bien pudiera ser el primo Raúl, en quien el recuerdo de Matilde se va concentrando conforme avanza el comentario a la relectura de El Edicto: «¿Está suficientemen­te claro? Confío en que así sea, aunque si quien debe entender no entiende, allá él. Yo no escribo para esta clase de gente. Yo escribo para quien sea consciente de que, en definitiva, en mayor o menor grado, todos hemos sido víctimas de la dicotomía a la que estoy refiriéndome, de que a todos se nos ha robado algo de nosotros mismos» (274). Pero la generalidad invisible de un lector potencial resurge cuando, cerca del fin, se excusa la narradora de cuantos fallos y erratas alcance a observar en sus líneas «quien tenga ocasión de leerlas» (321).

A fin de cuentas, obtenga el texto un lector, varios o ninguno, la destinataria principal del mismo es la propia narradora: es en ella en quien «estas páginas han contribuido a esclarecer determinadas facetas de mi personalidad que El Edicto de Milán no alcanzó a poner en claro»; es para ella para quien la imbricación de lectura (El Edicto), escritura (La cólera) y vida (gestación de estas páginas en el transcur­so de un vivir que va incorporándose a ellas) llega a constituir una «experiencia totalmente inédita» (320). Así pues, también este «Ecce homo» de Matilde Moret es un contarse su vida a sí misma, un descri­birse a sí misma.

Y también, como en Ecce homo, hay en las páginas de La cólera de Aquiles meditaciones sobre la escritura, la lectura y los críticos. Sobre escritura y lectura baste remitir a las páginas 237-244 y 316-323. Es en lo atañedero a la crítica y los críticos donde la proximidad es más llamativa. Matilde Moret, luego de ejercitar con irreprochable compe­tencia la autocrítica de su novela, se siente urgida a criticar a sus críti­cos, y lo hace en términos muy claros. Si Nietzsche descalificaba a la mayoría de sus reseñadores alemanes por su incomprensión, ella des­califica a los críticos catalanes («nadie es profeta en su tierra»), parti­cularmente a aquel que hallaba El Edicto de Milán «una novela caren­te por completo de interés» y encontraba «deprimente una tan larga serie de infidelidades, de amor mecánico» (209). Le agrada en cambio el juicio de un crítico madrileño que percibió en aquel relato «una brisa fresca, oxigenan te, cargada de aromas dieciochescos». Y quien merece su inquina inexorable es el crítico inglés que en el TLS osó decir, entre otras muestras de insatisfacción, que «one can not renew the form of novels unless one drastically renews their themes», pues -alega con sobrada razón- «lo único que cambia con respecto a un problema es la forma de contarlo» (211). La ojeriza contra este comentador viene corroborada por numerosos improperios: alude a su homosexualidad (26), le llama imbécil y burro (59-60), moteja de «obtusa y corta» su critica (208), adjetiva de «pederástica» la «ensañada crítica» de quien ahora recibe el nombre de Richard Burro (211) y termina clasificándo­le como «un subnormal» (311)3.

Uno de los pensamientos más certeros que en el texto se emiten acerca de la lectura son las palabras de Raúl: «a través de las obras de ficción [ ... ], el lector descubre en el mundo aspectos hasta entonces no inimaginados que le ofrecen un conocimiento inmediato así del mundo como de sí mismo» (239), sentencia acorde con lo que Nietzsche dice sobre la carencia de oídos «para escuchar aquello a lo cual no se tiene acceso desde la vivencia» y sobre la necesidad de un «primer len­guaje para expresar una serie nueva de experiencias» (57).

Del principio al fin de La cólera de Aquiles la protagonista apare­ce como una criatura dotada de una sexualidad y sensualidad excep­cionales. Prescindiendo, por el momento, de las motivaciones, su homosexualismo no se siente como una tara, sino como un exceso. Es bisexualismo: ha amado a hombres y a mujeres, aunque la atracción se haya polarizado últimamente hacia éstas. Porque es así, Matilde recha­za ser confundida con la «lesbianaza», «virago» o «clitórica» (74), pues en ella es una convicción erótico-estética que «el cuerpo de la mujer es un objeto realmente perfecto» y que el placer lo suscita «el cuerpo entero, excitante y sensible centímetro a centímetro». A las delicias del amor homosexual, que refinadamente evoca más que des­cribe, se añade, en el modo de entender ella el amor y practicarlo, una propensión (que ostenta) a la agresividad y el goce de asediar, atacar, conquistar, vencer. Habla de su «fogosidad amorosa, una peculiar forma de ferocidad» (309) y piensa que la mujer y el hombre andan «cada uno en continua búsqueda de su complemento escindido» (275): el mito del Hermafrodita atraviesa toda la tetralogía, asomando con superior intensidad en Los verdes de mayo hasta el mar y en Teoría del conocimiento. Pero además, el erotismo de Matilde no es sino la mani­festación extrema de su culto del cuerpo: «Un físico desgraciado será siempre un físico desgraciado» (241), asevera con cierta crueldad. Lo que ella adora es el sexo radiante y el cuerpo hermoso, joven y placen­tero.

Todo ello (salvo el homosexualismo) corresponde muy bien a las ideas que sobre el sexo, el cuerpo, el amor y la vitalidad aparecen en Ecce homo: el amor jamás puede ser «no-egoísta» (62); «Amor -en sus medios la guerra, en su fondo el odio mortal de los sexos» (63), defini­ción que es pura antagonía; «Todo desprecio de la vida sexual, todo ensuciamiento de la misma por el concepto de «impuro» es el crimen mismo contra la vida -es el auténtico pecado contra el espíritu santo de la vida» (64).

Uno de los temas que mejor testimonian el diálogo a distancia entablado entre el autor de La cólera de Aquiles y el texto del Ecce homo sería el de la fisiología y dietética, inusitado en la novela con­temporánea española, si no estoy mal informado. Nietzsche arrancaba de la comprobación de la enfermedad y de la ignorancia en materias fisiológicas durante la mayor parte de su vida, para acceder a la voluntad de salud y de vida como principio de su filo­sofía: contra la decadencia. En las páginas de Ecce homo concede relieve extraordinario a asuntos como la alimentación, el lugar de resi­dencia, el clima, el recreo espiritual, el tratamiento de los enfermos, la limpieza, toda la casuística del egoísmo. Considera Nietzsche estas cosas «inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante»: Dios, alma, virtud, pecado, más allá, verdad, vida eterna. Por eso invierte numerosas páginas en decla­rar su negativa a dejarse tratar por médicos, denigrar la cocina alemana (sopa antes de la comida, carnes demasiado cocidas, verduras grasas y harinosas, dulces tan duros como pisapapeles), manifestar su aversión a las bebidas alcohólicas, al vino, la cerveza, el café, y su preferencia por el té (muy cargado); elogia el agua; condena la vida sedentaria y recomienda andar mucho; abomina del clima alemán; ensalza el aire seco y el cielo puro de Provenza, Florencia o Atenas; pondera, en fin, el entusiasmo del cuerpo durante los períodos de arrolladora inspira­ción: cuando escribía el tercer Zaratustra su agilidad muscular -con­fiesa- era extraordinaria, caminaba horas y horas por los montes, dor­mía bien, reía mucho. E incluso para definir el efecto de Aurora, le viene a la mente un símil zoológico: ese libro reposa al sol, orondo, feliz, «como un animal marino que toma el sol entre peñascos. En últi­ma instancia, yo mismo era ese animal marino» (87).

Los principios y los hábitos de Matilde Moret en lo tocante a estas materias no son exactamente iguales, pero se asemejan. Lo que más aproxima su interpretación a la de Nietzsche es la longitud, el deteni­miento con que la narradora habla de ellos. Matilde se toma su «filet bien saignant» con vino blanco frío porque el tinto no le gusta y halla en tal menú riqueza alimenticia, ligereza y valor energético, despre­ciando en cambio las espinacas a la crema y otras tonterías (22-23), aunque del alcohol no piensa lo mismo que Nietzsche y a menudo podemos ver junto a ella su martini, su scotch o su aguardiente de pera. Dedica buenas páginas a detallar el modo como procura mantenerse en buena forma mediante una dieta adecuada: nada de grasas, féculas e hidratos de carbono; masajes de vez en cuando; gimnasia, ducha, nata­ción al amanecer, deportes de vela y esquí, y nada de medicamentos ni cosméticos: complejos vitamínicos y, si acaso, aspirinas infantiles, «un remedio que siempre recomiendo» (85). «Yo no creo en las medicinas [ ... J. Para mí, los remedios son otros. Y siempre naturales» (293). Algo de esto recuerda el estilo de ciertas advertencias peregrinas que pueden leerse en Ecce homo: «En un clima muy excitante el té es desaconseja­ble como primera bebida del día: se debe comenzar una hora antes con una taza de chocolate espeso y desgrasado» (39).

También Matilde tiene sus preferencias o sus aprensiones respec­to a lugares o ciudades (París, Londres, Madrid, Cadaqués), y su orga­nismo es muy sensible al ritmo de las estaciones (30, 289). Se entretie­ne en distinguir dos edades de la mujer: la edad de la ducha (juventud) y la del baño (madurez) (293). Se deben a bruxomanía los trastornos de su dentadura, la cual, sin embargo, conserva firmes y afilados los col­millos (301, 309). Asegura que su forma física fue siempre inmejora­ble, que el sentirse joven y llena de vitalidad la hace atractiva a jóvenes de ambos sexos, que tiene «el cutis de un bebé», que posee «un orga­nismo en perfecto estado de conservación y mantenimiento» y que, en conclusión, aunque parezca un lugar común, «yo atribuyo una gran importancia a la salud, ya que su trascendencia es no sólo de orden físi­co sino también síquico y moral» (304-305).

Esta preocupación explícita por la salud y el régimen higiénico no se tropieza, creemos, en ningún personaje de la novela de estos tiem­pos. ¿Se trataría de un caso de «parodia impasible» o «sátira implica­ble», en términos de Gimferrer?4 Esto pudiera pensarse a la vista de cierta página de Ojos, círculos, búhos (1970) que supongo deba ser interpretada como pastiche de algo que está entre la ficha de consulto­rio periodístico y el diagnóstico astrológico: «Régimen alimenticio: ensaladas, consomé, panaché de verduras del tiempo», etc., y que, tras consignar bebidas, colores, árboles, piedras, divinidades, vientos, números, días, perfumes, lugares, modos de comunicación, ejercicios aconsejables y recomendar atención a los excesos de velocidad, termi­na así: «Épocas favorables: de final de junio a primeros de septiembre; fin de año. Un solo problema: el estreñimiento». Pero aunque Matilde Moret, o lo que ella representa, se ofrezca a menudo como objeto de crítica implícita, sería erróneo negarle complejidad y, en muchos pun­tos, grandeza. Y, por otra parte, el viejo cacique rural que en Teoría del conocimiento desgrana en fragmentos de tono frecuentemente zaratústreo su teoría de la experiencia, tampoco olvida consejos sobre la salud, la alimentación, el cultivo de la tierra, etc.: «Los alimentos deben ser considerados desde un punto de vista no sólo nutritivo sino también profiláctico: con una dieta rica en aceite de oliva, miel, jugo de limón y leche, pueden ser evitadas las enfermedades más comunes ... »5.

En toda su obra, y en esa quintaesencia de ella que es el Ecce homo, dio Nietzsche expresión al conflicto que siempre le atormentó entre la compasión y la dureza, una de cuyas principales manifestacio­nes es el sentimiento de distancia entre el hombre superior y los otros. Abundan en Ecce homo las insistencias en la desigualdad: no querer ser confundido con otros, honrar a los otros al elegirlos o admitirlos, probar benevolencia y aun gratitud precisamente al atacarlos, apartarse limpio y puro de las naturalezas sucias, náusea del «populacho» (33), oponer el superhombre a los modernos y buenos y cristianos y nihilis­tas, rechazar la igualación y la nivelación, deplorar el haber cedido o acompañado a otros hasta confundirse uno mismo con ellos por pereza o por sentimiento del deber.

Este distanciar y separar el yo y los otros inspira constantemente las reflexiones de Matilde Moret, quien alardea de superioridad respec­to a criados, señoras gallináceas, burguesía catalana en general, jóve­nes de las nuevas generaciones, feministas, viragos, etc. Ante personas como Camila y otras amadas adopta Matilde el papel de dominante. Se propone vencer a sus antagonistas y obtener su rendición. A Camila la considera «ni más ni menos que una sierva» (25). Frente a los que la marginaron a ella y a su familia, es ella quien ahora se automargina y «mantiene las distancias» (60). Dice encontrarse «a distancias olímpi­cas» (200) sobre la capacidad de escándalo de la masa. A la sociedad barcelonesa que viene a veranear a Cadaqués y que se ve rechazada por ella la compara con «el gañán que envidia desde sus terrones a las cria­turas olímpicas» (213). Sólo excluye de su desprecio a una persona digna de ella, su primo Raúl, en quien percibe «el aura de un dios anti­guo ante su diosa» (305). Y, por supuesto, desde su consecuente pedes­tal aristocrático, repudia las «manías igualitarias» de comunistas, socialistas, liberales e incluso conservadores (311).

Si el Ecce homo es el libro en que Nietzsche mayores sarcasmos prodiga contra los alemanes (su cultura, su idealismo, su clima, su cocina, su chatedad), La cólera de Aquiles rebosa de improperios y escarnios contra Cataluña y los catalanes: patria de gentes mezquinas y rapaces, de orondos burgueses, de gente insustancial que presume de un idioma cuya complicada ortografía «no interesa demasiado a nadie» (63,213-214,290). A su marido, del que vive separada hace tiempo, se refiere Matilde repetidas veces como a un sujeto enriquecido con la avellana. Por supuesto, el desprecio se extiende a España entera, muy en particular a la mujer española (276) y a la España que Franco con­virtió en un convento de monjas (314).

Empieza a verse la motivación de todo (petulancia, cólera, ánimo despótico, agresividad, desenfreno) cuando se leen los argumentos de Matilde contra la familia. Historia de la suya: el padre, abogado rojo, murió tempranamente en el exilio; la madre, sintiendo culpa o ver­güenza, educó a Matilde y a Margarita, las hermanas mayores, en el internado de un colegio de monjas, y los hermanos menores termina­ron dedicándose uno a negocios de aclimatación y otro a negocios de publicidad. Matilde amaba y admiraba a su padre, y el trauma de su pérdida explica lo que ella fue y es (266): su padre era mujeriego, vital, irreverente, fauno, y ella quiso ser como su padre y repeler la forma­ción conservadora represiva, que su madre le dio y que apoyó la socie­dad barcelonesa de posguerra. El vaCÍo del padre determinó a Matilde (313). (Sin empeño de llevar las cosas al extremo, recuérdese que el Ecce homo comienza con una evocación conmovida del padre, muerto prematuramente, a quien Nietzsche admiraba y quería, y con furiosos reproches a su madre y a su única hermana, cuya «incalculable vulga­ridad» le inspiraba «un horror indecible», página 25).

Si en Ecce homo subrayaba Nietzsche con tanto cuidado el valor de la fisiología, no dejaba de acentuar también, como en todos sus escritos, su agudeza psicológica y su gusto por la psicología. Admiraba a los psicólogos franceses, entre ellos Stendhal, y el sentido de la deli­cadeza en Wagner y Baudelaire. Explica que para llegar a ser el que se es lo mejor es no saber lo que se es, olvidarse, y así va creciendo la idea organizadora. Y afirma que la Circe de la moral ha falseado todos los asuntos psicológicos.

Prescindiendo del detalle de que el padre de Matilde bautizase a ésta con tal nombre en homenaje a Stendhal (253), la sagacidad psico­lógica de Matilde Moret esplende en no pocas situaciones y reflexio­nes. La astucia con que trata de facilitar el acercamiento de Camila y Roberto precisamente para estorbar que lleguen a unirse es, en teoría, tan fina como la explicación que da de su propio carácter, formado a imagen y semejanza del padre perdido, o de la cólera de Aquiles ante el despojo de Briseida y la muerte de Patroclo, sin tomar a Aquiles como modelo, pues entiende con buenas razones que cada individuo es un caso y que Aquiles o Edipo valen como antecedentes (272-275). Rechaza así la analogía extremosa en favor de la unicidad, y no incurre en los tópicos sicoanalíticos (su discusión con Raúl sobre este punto está llena de clarividencia).

Matilde Moret sabe retratarse como quien es para otros y como quien cree ser para sí, en el espejo de su conciencia solitaria. Reconoce que ella es, contra lo que pueda parecer, una romántica: «idealismo, desprecio de las convencionalidades, entrega apasionada» (315). Podrá enturbiársele el sentido de la realidad circundante, podrá ver dañada su lucidez por el desaliento y ciertas fobias indisimuladas. Pero en ella hay voluntad de olvido, veracidad, libertad, limpieza y soledad. Aspira a purgar su alma del resentimiento, y si Nietzsche proponía como la fór­mula de su grandeza el «amor fati», amar lo necesario, ella también acata «la crueldad de lo que es como es» (31). Dice que «si hay alguien por quien nunca he sentido compasión es por mí misma» (10), pero la conclusión del texto insinuará, en forma todavía refrenada por el orgu­llo, esa compasión: objetivada, proyectada al recuerdo de una niña: «una niña sentada en un orinal, mirando a la calle desde el pequeño balcón de una casa de pescadores», «ignorante aún de las insidias que encubre la familiar apariencia del mundo cotidiano, de los sinsabores que ese mundo cotidiano le reserva a lo largo de su vida» (323). ¿Asediadora asediada? ¿Atacante que toma la defensiva?

Afirmaba Nietzsche que «el pathos agresivo forma parte de la fuerza con igual necesidad con que el sentimiento de venganza y de rencor forma parte de la debilidad» (31), compendiando precisamente su filosofía en la lucha contra el rencor y la venganza. Pero Matilde es mujer (la mujer tiende a la venganza, Ecce homo, 63) y su educación tuvo lugar dentro del catolicismo más estricto. A pesar de esto, declara desde el principio que si las traiciones encuentran en ella la respuesta que merecen no es por venganza: «No por venganza; tampoco por amor, desde luego. Nada más lejos ya de mí que la pretensión de amar o ser amada, ni de convertir en sana venganza un amor contrariado. Simplemente quiero lo que es mío» (10). Aunque tras la lectura de El Edicto de Milán descubre «los impulsos vengativos que bullen bajo ese aire desenfadado, bajo esa ligereza un poco cínica» de la narración (210), el movimiento Íntimo que la hace obrar es más la agresividad de la ira que el resentimiento vengativo: un contraataque, la urgencia de destruir para construir, el juramento de no dejarse pisar por nadie y, en suma, la cólera de Aquiles: «contra el compañero que le quitó lo que le pertenecía, contra Briseida, contra Patroclo, contra el ejecutor de Patroclo, contra la madre que violentó su infancia, contra el rey que pretendió suplantar a su padre, contra ese padre esfumado, contra sí mismo, en definitiva. Y como Aquiles en su cólera, o como ese niño que se repliega sobre su pequeña realidad, así yo en mis arrebatos, en mi furia» (314-315).

Matilde Moret se formó en la moral cristiana, que ella ve, nietzs­cheanamente, como una deformación. La historia de Lucía, y la de Matilde mientras comenta El Edicto de Milán, revela que el medio social, el colegio de monjas, la muerte del padre, el comportamiento de su familia, marcaron su vida profundamente (280). La frustración de su amor a Luis (Raúl) y de su colaboración en las acciones revolu­cionarias de éste y de sus compañeros la condujo a ser infiel a su rebel­día: la reinsertó -a través de su matrimonio con el avellanero- en la sociedad contra la que se alzara. Pero sólo aparente y pasajeramente, pues no tardó en reaccionar contra esa sociedad, adoptando la conduc­ta que ésta suele condenar como inmoral o amoral.

Semejante resolución no libra, sin embargo, a Matilde Moret de vivir dentro de esa sociedad, partícipe de su bienestar (y de su males­tar), de su riqueza y de muchos de sus hábitos, por más que la concien­cia se resista a admitir normas o principios. Más que en una doble ver­dad, Matilde vive su verdad (salud, sexo moral autónoma, libertad, veracidad) en el ámbito de la mentira, y no puede evitar que ésta con­tamine a aquélla. Si repudia el concepto de pecado y de remordimien­to, anteponiendo el juego al deber y la virtud corno competencia a la virtud como bondad altruista, y si, como Nietzsche, se inspira en una vitalidad dionisíaca y anticristiana, su reingreso -en cuanto Lucía y en cuanto Matilde- en lo que llama «redil de corderos cristianos» (260), tiene su aclarado antecedente en el emperador Constantino, que mediante el edicto de Milán concedió a los cristianos la libertad de culto, determinación adoptada en obediencia a su madre «por pura y simple conveniencia», ya que Constantino «privadamente siguió entre­gado toda su vida al culto solar».

Como Constantino, Matilde Moret vive entregada, privadamente, a lo que podernos seguir llamando el «culto solar» (ningún paraje tan adecuado como el mar nuestro: el Mediterráneo); pero pública, social, oficialmente Matilde volvió al redil por simple conveniencia. Y éste es el conflicto que la ha de torturar: estar viviendo su verdad dentro de una mentira general aceptada por conveniencia ... y por despecho.

Aquí se desvía y se amplía el Ecce homo de Matilde Moret.

Nietzsche terminaba su escrito con estas palabras: « ¿Se me ha com­prendido? -Dioniso contra el Crucificado ... ». La protagonista de La cólera de Aquiles da por concluso su manuscrito cuando, luego de haber recordado las lágrimas que, un año antes, habían anublado su visión de aquella niña que, sentada en un orinal, miraba la calle desde el balcón de una casa de pescadores -imagen de la inocencia-, aprove­cha la soledad de una noche de otoño en Barcelona («Camila se ha ido al cine con unos amigos y yo he preferido quedarme ante la chime­nea») para revisar sus cuartillas y asistir, como autora de ellas, al desfi­le de «evocaciones y evocaciones de evocaciones encabalgándose»: «luego, un prolongado y espléndido baño con otro whisky on the rocks a mi alcance, el vaho del agua caliente velando los espejos, a modo de réplica o resonancia del frío vaso empañado por los trozos de hielo, vaso y espejos que se empañan como se empaña la mirada serena de unos ojos con las lágrimas. Un baño que relaja y tonifica el cuerpo al tiempo que esclarece las ideas. Justo lo que necesitaba antes de volver a emprender una última revisión de estas páginas» (324-325). No obstante el hedonismo que la escena insinúa, la impresión que se graba en el lector no es de reto ni de triunfo, sino de soledad y fra­caso. La petulante, la dominadora, sensual, egocéntrica, incompasiva e inmoral (o amoral) Matilde Moret se entrevé al final como la imagen de la víctima. ¿Creerá alguien, creerá ella misma, que Camila la enga­ñó para resucitar su pasión (la de Matilde) o que Raúl (Luis) la dejó, tiempo atrás, no por indiferencia o desamor sino por no comprometer­la en los riesgos de su campaña subversiva? Nada en las páginas de La cólera de Aquiles, nada en las páginas de su previa miniatura (El edic­to de Milán), nada en las páginas de Los verdes de mayo hasta el mar que aluden a Matilde Moret, nada en las páginas de Teoría del conoci­miento que desde otro planteamiento imaginario del complejo expe­riencial sublimado en esta ambiciosa, trabajada y espléndida tetralogía de Luis Goytisolo, refieren a las hermanas Magda y Margarita, propor­ciona el más mínimo refrendo de realidad (realidad ficticia, realidad segunda, desde luego, pero tan eficaz como la más elemental realidad primaria que se supone que una novela testimonial abarque) a las ilu­siones de esa mujer de cuarenta años que, en la soledad de una noche de otoño, se dispone a tomar un baño (edad de madurez, ya no de juventud) y compara los cristales empañados por el vapor o por el hielo con la mirada que, velada por las lágrimas, contempló a una niña ino­cente, ajena al dolo y al sentir artero, mirar hacia la calle desde un bal­cón6•

y quizás ahora cobre otro último sentido el Ecce homo de Matilde Morel. Con estas palabras presentó Pilatos a Cristo ante sus acusadores: azotado, coronado de espinas, cubierto con un manto de púrpura. Sangraba. Era rey y no lo parecía, o parecía rey y no lo era.

Ecce homo. Ved a esta persona, decid qué os parece, eso quiso significar quien la expuso a los ojos del concurso con todos los atribu­tos de la víctima. Matilde Moret se narra y se describe a sí misma en las páginas de La cólera de Aquiles creyendo descubrir en la sombra lo que la sombra (el olvido) había ocultado. Pero, al exponerse, se encu­bre y se descubre: una mitad del rostro en sombra, la otra a la luz, como esa fotografía del autor de «Antagonía» que figura en la cubierta posterior de cada una de las cuatro unidades que la integran.

Podía leerse en Recuento, como miembro comparante de un extenso símil:

Y así como el niño cuya madre muere cuando él es todavía demasiado pequeño para entender siquiera el significado de la palabra muerte, entenderá sólo que ella le ha dejado, sin atinar, no obstante, a explicarse las brutales motivaciones de tal comportamiento, de modo que serán las mismas defensas por él erigidas contra esa injusticia original las que irán tiñendo de indiferencia y hasta de desinterés su progresiva comprensión de lo sucedido [ ...] 7

Así, de manera semejante, puede leerse en La cólera de Aquiles:

[ ... ] ese objeto llamado papá [ ... ] desaparece para siempre. No se trata de que vaya a volver cuando de le antoje; se trata de que no volverá. Justo cuando la relación con la madre ha entrado en una especie de rutina fun­cional y fastidiosa que únicamente se rompe cuando aparece papá, el papá que ya no aparecerá más. Incluso se cambia de idioma, de casa, de país, un país en forma de colegio de monjas. Sólo que ahora es ella, la niña, la que rehúsa cambiar, la que, ante la ausencia de estímulos afecti­vos que antaño la movían, adopta una actitud de prudente pasividad. Su sensación es la de haber sido abandonada, traicionada, olvidada, víctima de una agresión incalificable. ¿Por qué? ¿Por quién? No lo recuerda. Lo único que sabe es que ella sigue siendo ella, que lo que ha cambiado es el mundo circundante, que ahora el mundo circundante le es hostil (265).

He subrayado la palabra víctima porque, a fin de cuentas, termi­nando de leer el ecce homo de Matilde Moret -variación del que prota­gonizaba en Recuento Raúl Ferrer Gaminde- el corolario, por muy nietzscheana que sea la inspiración (y es históricamente explicable que lo sea), no puede evocar a Dioniso, sino más bien al Crucificado.

Del libro del mismo autor: Lección de novelas, editorial Marenostrum, Madrid 2007

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