Todavía no había desaparecido el general Franco cuando, entre las dos flebitis, se publicaba en una pequeña editorial barcelonesa una de las mejores y más extrañas novelas españolas de nuestro tiempo. Escuela de mandarines (Los Libros de la Frontera, 1974), de Miguel Espinosa. Con sus 72 capítulos, su lista de personajes, sus epílogos, sus notas seudohistóricas y aclaratorias, sus fábulas y poemas intercalados, aquel libro contaba una historia particular que se convertía en universal, un apólogo colectivo, una peregrinación casi oriental y clásica destinada a describir "la feliz gobernación" de un reino imaginario.
Al año siguiente pasaron muchas cosas; y acaso no fuera de las menores la aparición de un nuevo novelista, Eduardo Mendoza, que a los 32 años publicaba una obra sorprendente y madura, La verdad sobre el caso Savolta (Seix Barral), con la que iniciaba una lenta carrera que le ha llevado ya al triunfo definitivo y a los éxitos de venta.
La vida perra de Juanita Narboni (Planeta) se publicó en 1976. Ángel Vázquez era un escritor marginal, un lobo solitario que derrochó su vida a manos llenas y que falleció poco después de la misma terrible y solitaria manera como vivió. Pero nos dejó este excepcional monólogo de una andaluza, judía tangerina y solterona que luego dio lugar a una buena película.
Cuando Juan José Millás publicó Visión del ahogado (Alfaguara), en 1977, apenas contaba 30 años de edad y no era un desconocido. Pero esta su primera novela larga era un modelo de ritmo y temple existenciales, una exploración en los secretos del amor, la amargura y la frustración. Peor suerte tuvo un escritor ya maduro que se reveló bajo el seudónimo de Juan Iturralde y que en 1979 lanzaba Días de llamas (La Gaya Ciencia), sin duda alguna una de las mejores novelas sobre la guerra civil española. Algunos piensan que Juan Benet cambió su manera de escribir a partir de 1980, cuando la publicación de su obra más ambiciosa, Saúl ante Samuel (La Gaya Ciencia), se saldó con un relativo fracaso. Luego vinieron otras obras más claras y sencillas en apariencia pero que en profundidad siguen tratando de lo mismo, y es una pena que este gran escritor saliera tan escaldado de lo que muchos consideran su libro mayor.
La calidad de Luis Goytisolo es tan aplastante que el gran público parecía tenerle miedo. En estos 15 años ha publicado los cuatro volúmenes de su obra, mayor, Antagonía, pero como cada tomo se puede leer por separado, es más accesible el último, este Teoría del conocimiento (Seix Barral), que da la vuelta a la escritura anterior y culmina el ciclo. Apareció en 1981, en que también se publicaba un grueso y delirante volumen repleto de poesía, amor y mística de un viejo profesor novelista aficionado, pero que aquí se convirtió en profesional: Octubre, octubre (Alfaguara), de José Luis Sampedro. Un microcosmos de pasión y cultura. Aunque el año no terminó aquí, pues también se publicaba en 1981 la que muchos consideran la mejor novela de José María Guelbenzu, El río de la luna (Alianza), con la que obtendría el Premio de la Crítica.
En 1982 triunfaron dos narradores de la generación del medio siglo, la más sacrificada: de todas: Juan Marsé publicó una fábula realista y terrible que rozaba lo mítico, Un día volveré (Plaza y Janés), y Juan García Hortelano esa locura verbal, humorística y explosiva que es Gramática parda (Argos Vergara). Al año siguiente, en 1983, Gonzalo Torrente Ballester publicaba su obra más secreta de estos años, Dafne y ensueños (Destino) o de la relación entre infancia, imaginación, verdad y mentira. Al terminar el año vino el escándalo de Larva (Llibres del Mall), ese libro imposible del que no cabe decir otra cosa que no sea el odio o el amor. Un experimento hasta el final, una provocación, pues el hombre -el escritor- mata aquello que ama, las palabras, y ya veremos lo que pasa.
En 1984 se nos coló de rondón otro joven. Alejandro Gándara, con una primera novela excepcional, La media distancia (Alfaguara), donde acertó a plasmar en una metáfora cerrada -un corredor de medio fondo- que la vida y la literatura son un camino hacia la muerte y el fracaso, en una prosa tan viva y rítmica como eficaz. Y al final, el gran mudo, Rafael Sánchez Ferlosio, se dejaba arrebatar de las manos algunos fragmentos narrativos de una obra en ruinas, El testimonio de Yarfoz (Alianza), en 1986. En realidad, esta imposible invención cósmica es el testimonio del propio autor, que se niega a serlo hasta el final. Un espectáculo emocionante.