¿Por qué estoy yo hoy aquí? Es una casualidad y no es una casualidad.
Vengo de un rincón un poco alejado geográfica, lingüística y culturalmente del mundo y de España. Desde mi escritorio veo a través de la ventana un lago hermoso por sus pájaros, a pocos kilómetros del Mar Báltico, en el noviembre gris y húmedo del sur de Suecia. Gente de todo el país y del extranjero viene al lago a mirar con sus prismáticos pájaros. Hace unos meses las grullas pasaron por aquí. Ahora estarán en Extremadura, no muy lejos de donde nos encontramos nosotros. Y pienso: si las grullas suecas, con su voz potente y casi tan altas como yo y el Príncipe de Asturias, van a España, es lógico que Antagonía, tan llena de vida como ellas, vaya a Suecia. Pero como en el caso de las grullas hace falta que el terreno sea propicio.
En torno a esto, lo que se podrían llamar pre-lecturas para Antagonía, voy a hablar, así como de la lectura de la traducción sueca de Recuento de algunos compatriotas míos, y también vaya hacer algunas reflexiones sobre mi propia lectura y relectura de la obra de Luis Goytisolo.
En el programa del Simposio se me presenta como crítico literario. Es correcto, sin duda. Desde 1960 ejerzo esa profesión en el periódico Dagens Nyheter de Estocolmo, el gran diario de la mañana de Suecia, nuestro El País diría un madrileño, nuestra La Vanguardia diría un barcelonés. Pero yo más bien me presentaría como lector curioso e introductor de obras literarias que me gustan, especialmente del mundo hispanohablante.
Hay novelas, unas pocas, que después de una primera lectura no me dejan. Se instalan dentro de mí y allí se quedan durante muchos años, quizá para toda la vida. Voy a mencionar algunas. Empecé a los quince años con la lectura de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Continué más tarde con Los ríos profundos de José María Arguedas, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Grande Sertâo: Vereda de Joao Guimaraes Rosa y Antagonía de Luis Goytisolo. Son libros que me han invadido, diría yo, como música, para mí el arte más directo y absorbente. Hay en estas obras un tono, un afán por contar, que se transmite al lector. La lectura de estas novelas me ha producido un deseo muy fuerte de conocer y hablar personalmente con los autores de las obras. Lo he hecho en todos los casos -menos en el de Cervantes. Ninguno de ellos me ha decepcionado.
Visto con casi medio siglo de distancia me parece ahora sorprendente el hecho de que yo leyera a los quince años El Quijote y mucho más lógico que leyera un cuarto de siglo más tarde Recuento y los volúmenes siguientes. Sin embargo, mi lectura de El Quijote tenía una razón muy clara. Cuando empecé mis estudios para el bachillerato tuve un profesor de inglés, cuyo gran interés en la vida era España, su historia, su cultura, su lengua. No pocas veces venía con un mapa de España y daba una conferencia apasionada sobre su tema favorito. Lo que nos contó me pareció interesantísimo. Me leí El Quijote y empecé a aprender el español por mi propia cuenta. Era una lengua que no existía en la enseñanza donde yo vivía. El recuerdo que guardo de mi primera lectura de la novela de Cervantes es que la pasé riendo; me parecía muy divertida. Fue sin duda decisiva para que yo más tarde leyera tanta literatura española. Y sin aquella persona, que olvidaba que era profesor de inglés, no estaría yo hoy aquí, sino que hubiese hecho otra cosa quizás completamente diferente.
Volviendo a Antagonía puede parecer bastante normal que una obra de esta envergadura se conociera y se tradujera pronto en Suecia. Bueno, no tanto. Por ejemplo, la Academia Sueca ha tardado cien años -o noventa y ocho- en descubrir que hay una literatura -o varias- de lengua portuguesa. Para las de lengua española no ha tardado tanto, pero el «descubrimiento» ha sido -digamos- deficiente y bastante tardío. El primer Premio Nobel a un escritor español fue en 1904 a José Echegaray. En España hubo protestas, muy justificadas. En 1922 la Academia Sueca volvió a premiar a un dramaturgo español, Jacinto Benavente, no tan mediocre, aunque había en aquella época seguramente una docena de escritores españoles que mejor merecían el premio. Una sorpresa agradable se produjo en 1956, cuando Juan Ramón Jiménez fue Premio Nobel de Literatura, aunque demasiado tarde para que lo pudiera disfrutar. Debería haberlo recibido veinte o treinta años antes. Pero en Suecia seguía siendo prácticamente desconocido. Recuerdo el título de la primera página en el periódico Dagens Nyheter, de Estocolmo, en que todavía yo no escribía: «¿Quién diablos es Jiménez?». Unos pocos años más tarde me pidieron que colaborara en el periódico -porque yo sabía quién era Jiménez. Pero ya en 1956, cuando tenía 21 años, pensé que debería de hacer algo con la literatura española, y la latinomericana, en Suecia. Con mi juventud desenfadada e intrépida empecé a traducir a dos poetas muy difíciles: el español Juan Ramón Jiménez y el peruano César Vallejo. Una persona que se dedicaba a semejantes cosas era bastante exótica en aquellos años. El gran escritor sueco Artur Lundkvist, una generación mayor que la mía -él nació en 1906, yo en 1935- traducido al español, y seguramente conocido por varios de ustedes aquí presentes, hizo una labor muy importante como introductor de las literaturas en lengua española. Él me contó que hubo gente, gente de letras, que le preguntó agresivamente por qué se dedicaba a cosas tan extrañas. Se sabía muy poco de España pero había un interés que iba aumentando. Y tenía una razón importante: la guerra civil española. Habíamos tenido nuestros voluntarios republicanos en la guerra, unos centenares. No habíamos recibido a los que volvieron con vida como merecían, pero el tema estaba allí. Como en otros muchos países. Seguramente ningún conflicto bélico de este siglo ha despertado un interés tan apasionado y tan profundamente humano como la guerra civil española; ni las dos guerras mundiales, ni la guerra del Vietnam. La guerra civil española y su continuación en la dictadura franquista.
Con mis viajes a España empecé a conocer escritores, algunos de los mayores -no muy mayores entonces- como Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Gabriel Celaya y Blas de Otero. Y fui a Valladolid a ver a Miguel Delibes. Pero era sobre todo con los jóvenes, los que más tarde se conocerían como la generación de los 50, aunque lo de generación es discutible, con quienes me sentía más afín, con los que no habían tenido edad para tomar parte en la guerra civil pero que la habían vivido como testigos, testigos impotentes, y que les había afectado profundamente, vinieran de donde vinieran. Los primeros que conocí -según creo recordar- fueron Juan García Hortelano y Armando López Salinas. Después, muy pronto, conocí a muchos otros, novelistas y poetas. A algunos sólo por sus libros, como Juan Goytisolo, que se traducía mucho y a un montón de idiomas, también al sueco, en aquellos años. De Luis Goytisolo leí la segunda edición, la del año 1962, de su novela Las afueras, que entonces ya estaba traducida a media docena de lenguas, aunque no al sueco. El primero de los hermanos Goytisolo que conocí personalmente fue José Agustín. Con todos estos contactos era casi inevitable que mi esposa, Sonia Johansson, y yo empezáramos a traducir cuentos y poesía, sobre todo cuentos, de estos escritores, a veces cuentos inéditos en español, prohibidos por la censura, en periódicos y revistas, y en 1964 reunimos diecisiete de estos cuentos en un volumen con el título Moderna spanska novelle, Cuentos españoles modernos, publicado por la editorial Bonniers de Estocolmo. Al mismo tiempo empezaban a publicarse novelas de algunos de estos escritores en Suecia. Mi gran amigo entonces y hasta su muerte hace un par de años, el danés Ebbe Traberg, gran especialista de jazz y de ciclismo además de literatura, y conocedor de todos los rincones de España como pocos, hizo lo mismo para Dinamarca Su antología salió al año siguiente, en 1965. No coincidió ningún cuento en las dos antologías pero sí, inevitablemente, algunos de los autores: Antonio Ferres, Armando López Salinas, Ana María Matute y Alfonso Grosso. En nuestra antología no aparecía ningún Goytisolo. En la de Ebbe Traberg tanto Juan como Luis. En el caso de Luis no estaba en la nuestra por falta de material, ya que no conocíamos ningún cuento suyo. Ebbe había encontrado uno que se llamaba «Claudia».
Han pasado muchos años pero yo estoy convencido de que la antología que hicimos en 1964 -y la que hizo Ebbe Traberg al año siguiente- vale la pena leerlas también 33 ó 34 años más tarde. Es verdad, como sabemos, que esta literatura realista, social o hasta socialrealista resultó ser artísticamente un callejón sin salida. Por otra parte varios de estos escritores nunca fueron representantes muy ortodoxos del realismo social. Un ejemplo es Ignacio Aldecoa, un narrador magnífico.
La renovación de la novela española posterior se produjo a la sombra del boom de la prosa latinoamericana. Es por lo menos la impresión que teníamos desde fuera, desde el extranjero. Entre finales de los años 60 y finales de los años 80 se traducían muy pocas novelas españolas en Suecia y un número considerable de novelas latinoamericanas.
Ví muy claramente el cambio cuando bibliotecas, universidades, escuelas y otras instituciones culturales me pedían que diera conferencias. En los años sesenta, nueve de cada diez querían que hablara sobre literatura española. A partir de finales de los sesenta, en nueve casos, por no decir diez, me proponían como tema la literatura hispanoamericana. Entre mis viajes a América Latina -yo que nunca he sido un hombre de modas- seguía yendo también a España. Veía que la novela española estaba renovándose durante los últimos años de la dictadura franquista. Y estos renovadores los encontraba entre los escritores que habían publicado sus primeras novelas en los años cincuenta y a principios de los sesenta.
A mediados de los años setenta leí tres novelas que me interesaron especialmente: Ágata, ojo de gato de José Manuel Caballero Bonald, Si te dicen que caí de Juan Marsé y Recuento de Luis Goytisolo. Fui a España para hablar con los tres escritores sobre estas tres novelas y publiqué las entrevistas en mi periódico. Eran tres maneras diferentes, muy personales, en la evolución de la novela española, que se produjo, como dije, durante los últimos años del franquismo; un proceso que no iba paralelamente con la política, como muchas personas poco informadas creían. Dejaré aquí de lado las obras de Caballero Bonald, el andaluz barroco, y de Juan Marsé, el catalán escéptico, para ocuparme de Recuento.
Recuento era la novela que yo estaba buscando, que creía que debería escribirse. Era la novela española que yo deseaba leer. Allí había tantas cosas que yo, después de mis lecturas y viajes, conocía bien o a medias ... También vivencias que podrían ser las mías o que podría comparar con las mías. Por ejemplo el capítulo sobre el servicio militar. Las situaciones absurdas vividas por Raúl no eran exactamente las vividas por mí, pero era como si fueran las mías a través de las experiencias que yo había tenido.
Yo me siento tremendamente contemporáneo de Luis Goytisolo. La mayor parte de los escritores de la llamada generación de los 50 nacieron a mediados de los años veinte -Ana María Matute, José Manuel Caballero Bonald, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos- o un par de años más tarde -Juan Garda Hortelano, Rafael Sánchez Ferlosio, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral. Luis Goytisolo, en cambio, nació en 1935, el mismo año que el que aquí habla. Nos separan sólo unos meses, v supongo que la diferencia de edad es también tan insignificante entre Raúl y yo, personaje clave de las cuatro novelas que forman la novela Antagonía, si es que es una novela o sólo la preparación para una novela o el punto de partida para novelas. Habría que preguntárselo a Jorge Luis Borges.
Quizás sea una manía, una obsesión. Pero lo que yo leo en Antagonía tiene una relación directa o indirecta con lo que yo he vivido. El autor de Antagonía y yo hemos estado al mismo tiempo en esta tierra y algunas veces nuestros caminos se han cruzado, por iniciativa mía o, ahora, por iniciativa de Luis Goytisolo.
Es evidente también que en Antagonía, y especialmente en Recuento hay un mundo que con los años ha llegado a ser muy familiar para mí. Recuento es -diga lo que diga el autor en mis entrevistas con él- una novela sobre Barcelona y Cataluña y en cierta medida sobre España. Desde mi primer viaje a Barcelona, en 1954, me he interesado por el mundo catalán, en catalán y en castellano. Eso significa que he podido captar muy bien las múltiples alusiones en los grandes bloques de texto sobre el mundo catalán en este relato obsesivo. Las páginas espléndidas sobre La Sagrada Familia son un ejemplo entre muchos.
Pero, evidentemente, lo que da vida a la obra es cómo se ha escrito. Lo han analizado otros y no voy a hacerlo aquí. Sólo haré unas reflexiones. Jorge Luis Borges tenía razón, sin duda, cuando decía que el contenido destruye la literatura. Por eso comprendo a Luis Goytisolo cuando dice que es una pura casualidad que el ambiente de la novela sea Barcelona y que muy bien podría ser Edimburgo o Viena. Yo sólo quiero decir que prefiero que sea Barcelona.
En 1981 -todavía en pleno boom latinoamericano- apareció Recuento, Atersken en sueco. De novelas españolas se publicaron en mi país ese año sólo dos traducciones más: Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé y La cacería de Isabel Álvarez de Toledo, la duquesa roja de Medina Sidonia. Al año siguiente, 1982, sólo se tradujo La muchacha de las bragas de oro de Juan Marsé. En 1981 y 1982 se publicaron en sueco traducciones de prosa latinoamericana, novelas y en algún caso un libro de cuentos, de Manuel Puig, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Haroldo Conti, José Donoso, Ariel Dorfman, Antonio Skármeta, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Manuel Scorza, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti y Gabriel GarcÍa Márquez, que recibió el Premio Nobel precisamente en 1982.
He estudiado la acogida que tuvo Recuento,Atersken, por parte de algunos críticos importantes cuando salió en sueco. Fue positiva y hasta muy positiva. En general los críticos presentan Recuento como una novela sobre Barcelona. Es significativo el título del artículo extenso que Artur Lundkvist dedica al libro en el diario conservador Svenska Dagbladet) de Estocolmo: «Con Barcelona como protagonista». O el título de otra reseña: «Una vida reflejada en una ciudad» (Erik Lundberg, Gotebosrgsposten). Este mismo crítico escribe que, no estando familiarizado con la historia y la cultura de Barcelona, hay muchas alusiones que se le escapan, pero afirma que a pesar de eso la lectura de la novela ha sido una experiencia muy positiva y enriquecedora. Es un punto de vista importante si pensamos en la mayoría de los lectores suecos de este libro, aunque sospecho que muchos hayan tenido alguna conexión con Barcelona, estudios del español (que ahora son mucho más frecuentes que hace medio siglo) o viajes a España y otras lecturas.
Pero los críticos prestan también mucha atención al aspecto formal y artístico, renovador, de la novela. «La realidad liberada» es el título de una reseña (Tare Borglund, Arbetet, Malmoe). «Contra la petrificación», de la mía (en el Dagens Nyheter de Estocolmo).
No recuerdo que mi primera lectura de Recuento unos años antes me pareciera difícil. Al contrario. Más bien recuerdo que devoraba la novela y la digería con fruición, lentamente pero sin grandes dificultades, porque soy y quiero ser un lector lento. Por eso me sorprende leer ahora repetidas veces en las reseñas suecas de 1981 que la lectura de Recuento, aunque interesante, «pone la paciencia a prueba». Y hay que decir que los traductores suecos, Elisaboth Helms y Lars Hansson, no tienen la culpa. Reciben buena crítica por su trabajo y es merecida. Lo de que la lectura de Recuento «pone la paciencia a prueba» lo escribe hasta Artur Lundkvist, voraz y veloz lector de novelas avanzadas y al que no le gustaba -como tampoco a mí- lo que ahora se llaman novelas light. Artur Lundkvist dijo una vez -con cierto énfasis polémico- que las únicas novelas que valía la pena leer eran las ilegibles. Sin embargo, la lectura de Recuento le tentaba la paciencia. Quizás porque una lectura rápida de Recuento sea imposible o por lo menos difícil.
Otro de los críticos literarios suecos más importantes, Mats Gellerfelr, en su reseña también larga y detallada en la revista BLM, Bonníers Litterära Magasin, la revista literaria de la editorial Bonniers, dice que Recuento, «es seguramente la novela más difícil que he leído en muchos años»; aunque con su artículo muestra que ha leído cuidadosamente la novela y que la ha comprendido muy bien, mejor que Artur Lundkvist. Si con difícil Mats Gellerfelt quiere decir, como parece, que hay que leer la novela con suma atención, estoy de acuerdo. Informaciones muy importantes -escribe él- nos llegan muchas veces de paso en oraciones subordinadas. Por cierto; hay muchos cabos sueltos que atar y otros que quedan sueltos. Pero es el mundo, «la realidad» en que se basan los tres siguientes volúmenes.
Mats Gellerfelt hace un análisis serio de Antagonía y quiero citar algunas frases suyas que puedan ser la base de una discusión. Dice:
Creo que en el fondo Goytisolo expone un proceso de conciencia en el cual lo esencial y lo insignificante fácilmente son intercambiables. No hay ningún centro en el hombre, en el arte o en el mundo como tampoco lo hay en la novela moderna. Las perspectivas muchas veces conscientemente limitadas hacen que el texto se transforme en un sistema de cajas chinas, en el que el texto nunca definitivo cambia constantemente. Se abre y se cierra, nos engaña, nos burla, nos confunde. Ni siquiera la estructura definitiva es completamente definitiva. Después de terminada la lectura quedan una serie de enigmas y uno se pregunta si son errores deliberados o expresión de un relativismo consciente de una teoría del conocimiento
pregunta Mats Gellerfelt al autor y dice que le queda mucho por hacer antes de estar listo con esta novela que califica de «una típica representante de la novela moderna en su forma más avanzada» y hace una propuesta:
¿Por qué no utilizar este texto como punto de partida para una discusión amplia entre críticos y escritores sobre la estética de la novela? ¿No es que -así lo creo yo- precisamente esta complejidad, abierta a múltiples interpretaciones, abre la realidad, le ofrece más matices y posibilidades de interpretación que las formas «tradicionales» para describir el mundo, para abarcarlo en el universo del texto artístico? Así termina Mats Gellerfelt.
Juan Goytisolo ha dicho que una novela que uno lee una sola vez no vale la pena leerla. La tetralogía Antagonía es por cierto una obra que vale la pena leer. ¿Cómo es releerla quince, veinte, veinticinco años más tarde? Mi primera lectura de Recuento, desde mi perspectiva nórdica, era obviamente mucho más «caliente» que una relectura ahora. Yo no leí Recuento en la edición mexicana de 1973 sino en la española que salió poco después de la muerte de Franco, el dictador que falleció en su cama hace hoy exactamente 23 años, en 20 de noviembre de 1975. En aquel entonces, inmediatamente después de la muerte del Caudillo, no se sabía todavía qué iba a pasar en España y en Cataluña. Y unos años más tarde, en 1981, cuando apareció Recuento en sueco, acababa de suceder el pintoresco intento de golpe militar televisivo en el parlamento español, que no fue tan pintoresco cuando ocurrió. Ahora la perspectiva es distinta, más amplia. España tiene una constitución democrática que está a punto de cumplir veinte años. El país ha cambiado, no exactamente como creíamos, pero ha cambiado. Y el mundo ha cambiado. Aunque los hombres cambian mucho menos de lo que creen.
Ahora releo Antagonía como un clásico moderno en el mejor sentido de la palabra. Su fuerza renovadora me parece tan fuerte como nunca. La escribió un hombre joven y se gestó en circunstancias características de la época por un hombre todavía más joven, cuando fue preso político -cosa que casi formaba parte de la educación en aquel tiempo- en la cárcel de Carabanchel, prisión mal reputada internacionalmente, que ya no existe como cárcel.
Escasean obras de la envergadura de Antagonía. ¿Quién escribiría alguna semejante hoy? ¿Qué fue de la evolución de la novela avanzada moderna? Hoy más que nunca hay que seguir combatiendo la petrificación. Como escribe Luis Goytisolo en Recuento:
Ruptura con los hábitos. Dejar de hacer como que se acepta lo que en realidad no se acepta. Combatir la petrificación con los estímulos, liberar los impulsos creadores. Porque a veces hay algo en uno que no espera, que tiene su tiempo exacto, como un parto, como la muerte, como una bomba de relojería, y entonces sale afuera como la lava de un volcán o la esperma de un orgasmo. Y es que así como sólo tomamos verdadera conciencia del desarrollo de un arbolado que nos es familiar, el de un jardín, una calle, Un bosque, al mirar una foto tomada años atrás y hacer comparaciones, comprobar hasta qué punto ha ido destacando, adueñándose de su contorno anterior, así Raúl, sólo tras examinar desde el principio el desarrollo de tales impulsos, podría llegar a establecer el grado al que había terminado por imponérsele su actividad imaginativa, su voluntad creadora.
Un punto final. En sueco hasta ahora sólo se ha publicado Recuento. Ya es hora de que procuremos que Antagonía salga completa en mi idioma. No hay que perder la esperanza. Rayuela, de Julio Cortázar tardó veintiséis años en publicarse en sueco, pero al fin hubo una edición. Me excuso por las digresiones fuera del tema que haya hecho. Echo la culpa a mi profesor de inglés, con su mal ejemplo. Los dos hablamos de lo que nos gusta
Miguel Espinosa, Juan Marsé, Luis Goytisolo, Fernando Valls, ed.Fundación Luis Goytisolo, El Puerto de Santa María, 1998