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Un jurado compuesto, por Juan Petit, José Mª Valverde, José Mª Castellet, Víctor Seix y Carlos Barral, concedió en 1958 a Las afueras, primera novela del joven Luis Goytisolo Gay, que sólo contaba 23 años, el primer premio Biblioteca Breve de Seix Barral (1), que también fue finalista del Premio de la Crítica, que ese año obtuvo Ana María Matute por Los hijos muertos (2). Leída hoy, treinta y cinco años después, a la luz de la importante obra posterior de este escritor, pero sin olvidar las controversias que suscitó en el momento de su aparición y los rumbos de la narrativa española actual, este relato adquiere un interés inusitado.    En 1958, la crítica se ocupó con generosidad de la obra (3), alabándola, sobre todo al resaltar su novedad estructural. Pero en esta misma novedad, algunos de los que se ocuparon de ella (Vázquez Zamora, López Pacheco o Julio Manegat) hallaron su único defecto: su indefinición genérica, la gratuidad del experimento del autor; pues, aunque el editor la presentaba como novela, y había obtenido un premio dedicado a tal género, no acababa de verse claro cómo se engarzaban los siete capítulos que la componían (4).

  En el proyecto inicial del autor, el libro estaba compuesto por nueve capítulos (5). A los siete conocidos (6), habría que añadirle el relato "Claudia” (7), que narra la historia de una rebelión, y el definitivamente llamado "Diario de un gentleman" (8). Pero también es importante recordar que en 1956, "Niño mal", que después -más elaborado- fue el VI capítulo de la novela, obtuvo el premio Sésamo de cuentos; y con el título El sol en las afueras fue finalista del premio de cuentos Leopoldo Alas, que ese año obtuvo Jorge Ferrer-Vidal con Sobre la piel del mundo(8). O sea, que, los textos que luego formaron parte de la novela fueron, respectivamente, ganador y finalista de los premios de cuentos Sésamo y Leopoldo Alas, y el conjunto obtuvo el Biblioteca Breve de novela. Todo lo dicho deja bien claro que Luis Goytisolo era consciente de la clara indefinición del material que barajaba, pues, al aspirar a estos premios, debía pensar que los textos, presentados de forma independiente o como un conjunto, podían leerse como cuentos, pero que también podrían funcionar perfectamente como una novela (l0). La formula final, su definitiva aparición como novela, responde a una firme convicción del autor, que siempre -y desde el primer momento ­defendió su pertenencia a este género (11). Leídos hoy como relatos independientes sólo podríamos entenderlos en el contexto del realismo crítico, todavía plenamente vigente. Sin embargo, al unirse en una novela no sólo adquieren el valor de simiente de un mundo y una estructura que reaparece, enriquecido en su complejidad, en Las mismas palabras y sobre todo en Antagonía(12), sino que con La colmena, etc., anticipa -salvando las distancias que se quieran- un modelo estructural hoy plenamente vigente (13). Si interesante es preguntarse por lo que anticipa Las afueras respecto a Antagonía, más esclarecedor resulta señalar lo que hallamos en su primera novela de la tetralogía. Así, nos encontramos con unos personajes que se transforman al reiterarse, como Matilde Moret se desdobla en Margarita y Magda en Teoría del conocimiento; una temática común (la dialéctica entre el campo y la ciudad, y las posturas que adoptan los individuos ante estos espacios; los conflictos que surgen en las relaciones familiares y personales y cómo lo individual no es más que un reflejo de los social); un empeño en hallar lo que el autor ha llamado el contenido de la forma, que no es sino la forma más adecuada para expresar un contenido; la utilización de un lenguaje al servicio de lo narrado y la exigencia de un lector activo, que es -no lo olvidemos- la tesis central del entonces muy influyente La hora del lector, de Castellet.

El título de la novela tiene un significado polivalente, pues responde a una idea geográfica, pero sobre todo existencial: el contraste entre Barcelona y las afueras de la gran ciudad; los terratenientes o burgueses de vida acomodada, frente a los que socialmente están en las afueras, los campesinos o los que malviven en la urbe. Y la profunda soledad de todos estos personajes, sin distinción de edades ni clase social, que viven al margen (14).

Pero, veamos todo esto con detenimiento en el texto. En unas notas que encabezaban la primera edición, que en las sucesivas fueron suprimidas (15), se nos señala que la acción -narrada en tercera persona- transcurre en "Barcelona, la capital y su provincia, a los dieciocho años de la guerra civil", o sea en 1957. La unidad de lugar y la localización exacta, que tanto apreciaban los escritores del realismo social, aquí es muy relativa, pues, por ejemplo, ni llegamos a saber nunca cuál es el pueblo en el que transcurren los episodios ni si estos transcurren en el mismo lugar. Goytisolo nos muestra una sociedad que está empezando a sufrir una importante transformación económica y social, en la que los rentistas ociosos comienzan a tener dificultades para sobrevivir, pues en el fondo son vencedores vencidos; los agricultores, o dejan el campo para dedicarse a trabajar en las fábricas (como el Patacano en el capítulo VII), o comienzan a organizarse para defender sus intereses (I, p. 44) Y modernizan sus métodos de trabajo (como Tonio, que empieza a utilizar el tractor, en el' V); Y las jóvenes, como Dineta, en el capítulo V, aspiran a trabajar en las fábricas. Muchos personajes están concebidos como individualidades perfectamente diferenciadas, aunque en el conjunto de la novela pueden desempeñar también el papel de arquetipos, singularizándose no por sus nombres (de ahí lo innecesario de su reiteración) sino por su edad, clase social y actitud ante la vida. Y casi siempre por el contraste con otras conductas.

En el capítulo 1 (16), el de mayores dimensiones, Víctor, después de una prolongada ausencia, vuelve en otoño a su finca de La Mata (la casa se nos describe como "una construcción ochocentista, mezcla de masía y villa de recreo", p. 7), para pasar "unas pequeñas vacaciones", en las que se dedica a descansar y a cazar, pero también a intentar ganarse la amistad de la niña Dina, hija de los aparceros, y de los campesinos del pueblo, mientras que intenta escabullirse de don Ignacio, el médico (17). Pero el panorama que se encuentra no es demasiado gratificante: una finca sin explotar, en decadencia (18); unos aparceros que malviven, pues Ciriaco está en la cárcel por haber robado y su mujer, la hosca Claudina, envejecida prematuramente (19), quejosa porque llega la siembra y su marido sigue detenido, porque tiene a su cargo a una niña silenciosa y rebelde y a un viejo que vegeta, Domingo ("No se entera de nada", comenta su hija): "dos personas que son un estorbo" (20).

     El reencuentro con sus amigos de la infancia (Adrián, el Becada, Mario y Fredo), en el llamado Café Moderno, le produce una gran nostalgia de aquellos "años mejores", pero sobre todo pone de manifiesto la distancia que los separa, pues, aunque él siempre los tutea, ellos lo tratan de usted (pp. 30 Y 31). No sólo pertenecen a clases sociales distintas (los campesinos, por ejemplo, no saben qué quiere decir estar de vacaciones, p. 31), sino que Víctor casi depende del dinero de su mujer (21); mientras que sus amigos, como comenta Fredo con ironía, trabajan todo lo que quieren, "todo queda para nosotros. Lo único que repartimos son las cosechas" (p. 31) (22). Sólo los iguala el fracaso, la derrota en la lucha por la vida, y el paso del tiempo. Se nos dice que Víctor "parecía más flaco, envejecido, el cabello se le agrisaba en las sienes" (p. 13). Y los campesinos se nos describen con "caras secas, las profundas arrugas de la piel, que, en torno a los ojos, aparecía cuarteada por infinitas fisuras, como las del barro por cuajar" (p. 32). Pero, además, Julio, que Víctor describe como "un tipo listo", murió en el frente del Ebro, mientras que la familia del protagonista pudo huir a Francia durante la guerra civil. Y el Patalino, mutilado de guerra, que poco después se cuelga de un algarrobo, lo ha perdido todo -"Vive de rifar pollos"- y lo ha abandonado su mujer, "que se acuesta con cualquiera".

Hay en este capítulo un episodio especialmente significativo, protagonizado por Tonio (23), un joven campesino que parece tener bastante ascendencia sobre el resto ("parecía importante y todos le escuchaban"), y que, además, los anima a intervenir, a no quedarse al margen, "dejando que ellos cocinen lo suyo y lo nuestro. Lo han hecho durante mucho tiempo y no desean más que seguir haciéndolo" (p. 44). En esta conversación se nos muestra claramente que los tiempos están cambiando y que los agricultores empiezan a tener una cierta conciencia colectiva.

Una visita a la torre del desván, donde estaba el gabinete privado de su padre, y donde Víctor había estudiado, propicia un nostálgico reencuentro con su infancia: los recuerdos familiares; la figura de su abuelo y de su padre y los raros objetos que estos fueron coleccionando a lo largo de 'los años; sus libros, etc. Sabemos, por la lista de personajes que encabeza la primera edición, que su abuelo -"un simple campesino de ascendencia imprecisa"- había emigrado a Cuba, donde se enriqueció y nació su hijo, aquí llamado don Augusto, del que con tanta reverencia hablan los campesinos. El padre de Víctor, que el protagonista recuerda tumbado en su chaise-lonque, envuelto en humo y clasificando plantas, murió en Francia durante la guerra civil. Había sido terrateniente y especulador, con tan poca habilidad como fortuna. Nunca ejerció su carrera de abogado y era tan aficionado a la astronomía y, sobre todo, a la botánica que decía haber clasificado todas las hierbas y plantas de la comarca. Pero el momento culminante de esta rememoración de Víctor se produce cuando recuerda la despedida de su padre, al irse a estudiar a Barcelona, cuando éste reconoce su fracaso: "Quise asegurarte el bienestar y he fracasado. Estudia, pues, hijo mío, que tu carrera es el único capital que nunca podrás perder" (p. 50) (24).

Tras la anécdota argumental se intuye una historia subterránea, la inquietud y desazón del protagonista que no consigue hallar su lugar en el mundo. Así, de poco le sirve la fuga a Víctor, pues, en el campo-en los lugares donde pasó su juventud- tampoco encuentra su sitio; a pesar de ese sentimiento de la naturaleza que se expresa a través de la escritura (25). Sabe que sus sueños no se han cumplido (pp. 60 Y 61), que ni la sociedad ni su vida personal funcionan adecuadamente. Presta atención a las quejas de los demás pero no actúa, en unos momentos -además- en que los campesinos empiezan a pensar en defender sus intereses comunes (p. 44). Su vuelta a La Mata se salda con tres noes, que afectan a su patrimonio (Tonio le desaconseja que vuelva a explotar la finca) (26); a su deseo de acercamiento a los campesinos del lugar (Claudina se niega, egoístamente, a que se haga cargo de la educación de su hija, pues la educación -según la madre- no va a salvarla: "¿De qué le serviría saber tantas cosas? Por mucho que una sepa de números, aquí las cuentas nunca salen" ( p. 41) (27), y a su vida sentimental (su mujer, que es la que tiene dinero, en una carta que espera a lo largo de todo el capítulo, le responde no). Un tajante y escueto no que resume el fracaso de una vida, pues no sólo no acaba de aceptar la realidad que lo rodea, sino que no parece tener conciencia de los cambios que en ella se han producido: la definitiva decadencia de la finca familiar, la ya insalvable distancia con las gentes del pueblo, que empiezan a tener otras aspiraciones, y su fracaso matrimonial. 'En fin, el lento pero progresivo cambio del mundo y los valores en los que fue criado.

En el segundo capítulo (28) se parte de un hecho tan simple como nimio: el enfado de don Augusto" (29), porque alguien (él sospecha que su mujer) ha arrancado los geranios que se dedica a cuidar. La acción se alimenta de los monólogos que, tanto don Augusto como doña Magdalena, recitan delante de su nieto Bernardo (huérfano desde muy niño, pues sus padres murieron en un accidente de automóvil), acusándose mutuamente. Pero el motivo de la destrucción de las flores no hace más que encubrir una relación en descomposición, no es mas que una excusa para que doña Magdalena y don Augusto saquen a relucir todo el odio acumulado durante una vida en común, con la silenciosa presencia de su nieto de nueve años, ante el que intentan justificar sus fracasos. Pero también aparece el tema del cainismo, en la evocación de las frecuentes peleas entre sus dos hijos: Víctor, padre de Bernardo, y Julio, catedrático en los Estados Unidos. Al final del capítulo, el protagonista, acudiendo a la más tópica retórica del catolicismo, desea empezar de nuevo: "He pensado que debemos perdonarnos los unos a los otros, que debemos saber afrontar con resignación las pequeñas amarguras de la vida. Y la he perdonado, hijo; si ella me ha golpeado, yo le presento la otra mejilla. Borrón y cuenta nueva (... ) Hay que acabar de una vez con todo esto" (p. 103). No obstante / hay que distinguir entre ambas posturas, pues, si bien, corno ya hemos visto, don Augusto, al final, reconoce sus culpas; doña Magdalena se empecina en sus argumentos (30). Así, tras haber soltado toda la bilis, los rojos geranios volverán a ocultar los desconchones de la pared.

   El malestar impera en el capítulo tercero, cuando Víctor y Nacho se encuentran en una cafetería al limpiabotas Ciriaco, que había sido asistente del primero durante la guerra civil. Los tres pertenecen al bando vencedor, pero la indiferencia de Nacho, que trabaja en la sección de embargos de un banco, y que sólo piensa en que el limpiabotas les está dando la noche, que con su intromisión les ha estropeado una noche de juerga, contrasta con la desazón y el malestar que el encuentro provoca en Víctor. El auténtico protagonista es Ciriaco, que se empeña, hasta la pesadez, en llevarlos al "sitio en donde dan las mejores tapas de Barcelona" y, después, ya sin éxito, al "mejor restorán de Barcelona!'. Conocemos la vida anterior del limpiabotas (luchó en Leningrado en 1943 y, después, lo expulsaron del ejército y estuvo en la cárcel por rabo) y su enfermedad incurable: está tísico. Pero también, entre el mucho vino que ingiere y la tos constante, nos muestra su susceptibilidad y su mal carácter, por no decir su mala leche. Buena prueba de ello es el episodio de Patrach (p. 124), un pobre guitarrista, mutilado de guerra, con el que se mete sin venir a cuento (lo llama "cojo rojo"), hasta el punto de que tiene que salir en su defensa, recriminándole su conducta, el dueño del bar (31)"

   Víctor, de 42 años, fabricante de tejidos, queda tocado por el encuentro y tiene "ganas de respirar un poco". Pero de que algo se estaba gestando ya en su interior, tenemos tres claros ejemplos. Nada más empezar el capítulo increpa a Nacho, al que moteja de "esbirro de banco, títere, perro de presa, verdugo de los pobres, de los arruinados … "(p. 108), y poco después le da a su amigo una nueva versión del tanto tienes tanto vales: la habilidad para ganar dinero, le dice con ironía y amargura, "le deja a uno limpio de cuantos defectos pueda tener" (p. 109). Y por último, el comentario sobre su hijo Alvarito, que "lleva el camino de convertirse en un tonto muy fino" (p. 110). Quizás el capítulo séptimo podríamos leerlo como la confirmación del pronóstico de Víctor. Pero esto no debe engañarnos, pues en la compleja construcción que traza el autor del personaje (se nos describe con tripa y papada, con media dentadura postiza, y con la necesidad de tomar bicarbonato después de las comidas y somníferos para dormir, p. 111), se nos muestran también sus aspiraciones, su deseo -como el protagonista del capítulo primero- de volver a vivir en el campo: "hacerme una casita con jardín y vivir allí tranquilo. En las afueras" (p. 111) (32).

   El episodio protagonizado por Domingo y Amelia, el cuarto, podríamos leerlo como complemento y envés del capítulo II ("Normalmente, se nos dice, los viejos se hablaban muy poco y discutían menos", p. 140). El anciano tiene que abandonar la huerta en la que trabajaba porque van a construir en ella un edificio. En estas simbólicas páginas se nos cuenta cómo el viejo matrimonio es derrotado por una civilización urbana, que los acaba destinando a un asilo. Ellos sufren las transformaciones sociales, pues, pasan del campo a la ciudad; de vivir en la torre de los amos a malvivir realquilados en los suburbios (33); de su protección a la relativa independencia; pero también sufren los cambios de ocupación y de señores! del viejo don Augusto -con el que había jugado de niño- al joven don Víctor; el paso de una sociedad agrícola a otra urbana! etc. Si su único hijo (34) murió a los veinte años, durante la guerra, Amelia fallece al ser atropellada por un coche (35), sin que su marido consiga acercarse a ella. Una vez más, el final está cargado de simbolismo, pues, tras el atropello, se encuentra con un cártel que anuncia los "Terrenos adquiridos para el nuevo Asilo Municipal" y se cruza con un chico en bicicleta que le pregunta - a quien ni sabe a dónde ir, ni dónde se encuentra- a dónde llegaría siguiendo todo recto.

   Aquí, como en el capítulo I, se nos muestra uno de los temas que con más insistencia se reiteran en el volumen: la incomunicación total entre dos mundos, entre dos clases sociales, la vieja burguesía terrateniente barcelonesa y sus colonos. A pesar de los intentos de acercamiento, del paternalismo y de los nostálgicos recuerdos de infancia! época en la que todos jugaron en armonía, existe un abismo que los separa, que impide la comprensión y la amistad (36). Pues, por encima incluso de la victoria en la guerra, nos sugiere el autor, están las clases sociales, las diferencias culturales y económicas. 

El viudo Mingo Cabot, protagonista del quinto capitulo, es un individuo que choca con la realidad del presente, pues no logra salir de "lo de siempre", por utilizar la frase final del episodio. El mundo ha cambiado y los valores son otros, pero Mingo no se ha enterado. Dineta, su hija, y Tonio, su novio, representan esos nuevos tiempos. Ella, como las demás chicas del pueblo, quiere trabajar en una fábrica de toallas, "ir y volver cada día", pero su padre no la deja: "el sitio de la mujer -le dice- no está en la fábrica, sino en su hogar, con la familia(p. 166). Las relaciones con el joven le cuestan una paliza a Dineta, que acaba fugándose de su casa. Tonio, en un episodio que complementa el del primer capítulo (p. 44), le ofrece compartir un tractor con otros agricultores ("teniendo tan poca agua, el asunto le interesa más que a nadie", p. 157), pero Mingo se niega, pues, no le gusta compartir las cosas. Pero incluso la Viuda, la dueña de la masía, que se muestra injusta en la valoración de su trabajo (de la misma forma que él no es flexible con sus hijos y en un arrebato de cólera mata a la perra), choca con las ideas de Mingo y defiende la eficacia del joven Tonio: “Podía ser descarado aquel chico, le dice, podía tener sus ideas, pero trabajaba bien" (p. 169). Mingo, en resumen, vive de los recuerdos de "otros tiempos", en los que había educación y respeto (p. 168); "la tierra se labraba a mano, con una laya" (p.161); el tabaco era mejor, "Habanos como los de antes ya no los volveré a fumar" (p. 167); los jóvenes no se dirigían a los mayores con un cigarro en la boca (p. 168) Y no se atrevían a explicarles qué era la vida (p. 157).

   La itinerante vida del protagonista, que a sus sesenta y dos años ha trabajado en diversas masías sin lograr echar raíces, e incluso fue expulsado por su anterior patrón, podríamos resumirla como un constante volver a empezar: "¿Cuántas veces tuvo que cambiar de tierras, de casa, de vecinos, decir adiós a lo que había plantado y hecho crecer?" (p. 163). La descripción naturalista que se nos hace de él, como la de su hijo Nap, es premonitoria de su tragedia: "Bastaba verlo para darse cuenta, flaco y sombrío, la cara chupada bajo la gorra. Verle moverse, caminar siempre doblado por la cintura, así cojeando" (p. 153). En cierta forma / la llegada del tractor (37) coincide con la huida de la hija, con el desmoronamiento definitivo de la existencia de Mingo, que, como Sísifo, tiene una vez más que "volver a empezar, solo frente a los surcos como el año anterior, más solo que el año anterior, más cansado" (p. 181).

   El papel .de desheredado por excelencia, que en el capítulo III desempeñaba el cojo Patrach, aquí lo representa Nap, el hijo de Mingo. Se nos dice que había estado enfermo mucho tiempo y se le describe, con tintes esperpénticos, como un chico gordo, ya no tan chico, pues tiene casi treinta años, "solícito, amoroso", siempre atento a los deseos de su padre, "su trasero gordo, sus caderas bien torneadas, la camisa reventando sobre su tripa en raro contraste con aquellos brazos débiles, con aquellos hombros estrechos y caídos ( ... ), su cara redonda y sin vello" (p. 158). Su única ilusión consiste en poder acompañar a su padre y a su hermana algún día al baile del pueblo, "pero -reconoce con resignación- hago reír. Soy tan gordo…”  Nap, como Patrach, es el eslabón más débil de la cadena, que apenas es aceptado, como un igual, por los más desheredados.

   La muerte del viejo Patacó, que podemos intuir como el posible futuro de Mingo Cabot, da pie a que se explayen en el Casino, aunque con más resignación que afán de rebeldía, sobre sus condiciones de vida y trabajo: "-Nosotros, los campesinos, no tenemos protección. -No somos nadie. -Nos pasamos la mitad del tiempo doblados sobre la tierra y la otra mitad mirando al cielo. -Trabajas toda la vida y total ¿para qué? -La vida es así" (p. 171). El capítulo concluye como había empezado, con la paliza que le da a su hija, al enterarse de sus relaciones con Tonio, y con las habladurías y las miradas furtivas de las gentes del pueblo, que ya nos habíamos encontrado también en el I (pp. 11-15).

   Como ya hemos recordado, con una primera versión del sexto capítulo, titulada "Niño mal", obtuvo Luis Goytisolo el premio Sésamo de 1956. La novedad de estas páginas estriba en el papel protagonista que desempeña una familia obrera de emigrantes murcianos, formada por un matrimonio, Claudina y Ciriaco, y su hijo Bernardo. Por lo que a ellos respecta, la trama se teje básicamente con cuatro elementos: la detención del padre por robar unas tuberías; el recuerdo del hermano muerto en un brasero, que obsesiona al chico; las disputas del matrimonio, sus esperanzas por salir adelante y la ilusión de que Bernardo estudie, y el enfrentamiento y contraste entre Ciriaco y su cuñado Antonio.

   No parece descabellado del todo relacionar los dos primeros hechos: la detención de Ciriaco y la obsesión de su hijo por el hermano muerto. Sólo así podrían tener respuesta las dos preguntas iniciales: ¿cómo encontró la policía a Ciriaco y cómo se produjo la muerte del niño? En dos ocasiones se repite la misma escena: mientras que a Claudina le preocupa la información que su hijo le ha dado a la policía, éste sigue obsesionado por la muerte de su hermano (pp. 185 Y 205). Si recordamos que es Bernardo quien le indica al policía el paradero de su padre (38), quizá no sea demasiado atrevido sostener que el chico sospecha -no se nos dice si con fundamento- que fue su padre el causante del fallecimiento del pequeño. La silenciosa presencia de Bernardo a lo largo de casi todo el capítulo está cargada de significación. En la primera escena, con su madre, y después, en el bar, con el gitano Patrach, con sus amigos en el partido de futbol y en su posterior deambular por los alrededores del campo del Bar9a, el cine y el salón recreativo, el niño -que se limita a observar- va chocando con una realidad que se le presenta como ajena, a la que no tiene fácil acceso: "el niño recorría con su andar rápido y breve, el pelo sobre la cara y las manos en los bolsillos, caminando en zigzag por entre la gente, como escabulléndose. Y nadie se fijaba en él, un niño solo, pequeño y moreno, con su jersey raído y sus pantalones que le venían grandes... " (p. 199). Y ni siquiera en su casa encuentra fácil acomodo, pues en dos ocasiones, su padre -con apremiantes necesidades sexuales- lo aleja de ella con diversos encargos. Y, curiosamente, en una de esas salidas se topa Bernardo con la policía. Así, el "Niño mal" del título primitivo aparecía como contraste irónico del niño bien que es el Alvarito del último capítulo, pues lo que parece evidente es que Bernardo, que anda desasosegado, está enfadado con su padre.

El episodio de Patrach en el bar (pp. 188-194) sirve de engarce entre los dos temas centrales que se desarrollan en el capítulo: los conflictos de la familia de Ciriaco, que acabamos de tratar, y el contraste y enfrentamiento entre éste y su cuñado Antonio, que comentaremos después. El Patrach de este episodio tiene que ver con el del capítulo III (39): Aquí, su función consiste en denunciar la injusticia de la detención de Ciriaco, al que recuerda como un hombre generoso, pero también la existencia de las guerras (40): "¿Crees que a un padre que roba seguramente para dar de comer a su mujer y a su niño se le puede meter en la cárcel? Total, ¿qué habrá robado? ¿Unos metritos de tubería? Nada hombre hay que comprender... Era mucha tentación para Ciriaco que trabajaba allí, en las obras, ganando cuatro perras al día. Todo el día, dale que dale con la carretilla, pasando por delante de los rollos de tubería... ¿Te imaginas? Era un compromiso... " (pp. 188 Y 189). Y aunque se dirige a Roig (41), el dueño del bar, en realidad, es la voz del autor la que está interpelando al lector. El mismo procedimiento usa Goytisolo cuando Patrach, después del comentario de un hombre que estuvo cinco años enrolado en la Legión Extranjera, en la guerra de Indochina, increpa con ironía a unos parroquianos del bar, sobre quién tiene la culpa de las guerras. Patrach, que en dos ocasiones es acusado de ladrón por los clientes (pp. 191 Y 193), se define con una frase que le lanza a los demás como desafío: "No tengo camisa porque soy el hombre feliz".

   No menos importante es la aparición en el bar -de los "jóvenes elegantes", que por sus maneras y aspecto contrastan con los parroquianos habituales. Buscan allí un ambiente que no encuentran -según ellos- por ser domingo, pero no son demasiado bien recibidos, pues además de no servirles, Patrach se burla de ellos. Pero también, como ya hemos señalado, la conversación que sostienen nos proporciona una posible pista sobre el final del cuarto capitulo.

   Las disputas del matrimonio se complementan con el significativo enfrentamiento entre Ciriaco y su cuñado Antonio, que Goytisolo utiliza para mostrarnos dos maneras distintas de entender la emigración. Frente a la imagen que se nos da de Ciriaco, como un hombre tan conformista como juerguista, se nos muestra a un Antonio serio (su cuñado lo moteja de "preocupado"), ambicioso, con ganas de mejorar socialmente, y trabajador, que ayudó a su familia a instalarse en Barcelona, y que ahora -tras la detención- se queja de la existencia que ha llevado su cuñado: "No, si le calé a la primera -decía-o Tiene que dejar el pueblo y contento, aquí se pasa el día en las obras a cambio de cuatro perras y contento. Contento el hombre, siempre contento. Mientras no le falten paisanitos, tasquitas y chatitos ... " (p. 206).

   Las esperanzas del matrimonio están depositadas en el hijo. Ambos quieren que estudie (el maestro les había comentado que el chico era listo), pero Ciriaco prefiere que sea oficinista o guardia, y su mujer técnico; mientras que a Bernardo le da lo mismo. Si las aspiraciones de la madre estriban en poder salir adelante, "trabajar mucho",· "estar más unidos que nunca" y que el hijo estudie (p. 186), las del padre quedan resumidas en una frase: "este chiquillo acabará llevando corbata como un hijo de don" (42), pero todo ello queda empañado por la detención de Ciriaco y la pesimista y lúcida frase final de Antonio (levemente matizada por el "Algún día ... " posterior), que carga -es sólo un ejemplo más- de contenido crítico la novela: "¿Recuerdas al abuelo? ( ... ) Se pasaba el día diciendo: “¡Ah, cuando era joven ... !” “¡Ah, si fuese joven ... !” Bien, pues ahora soy joven y ya ves, de mi casa a la fábrica, de la fábrica a mi casa ... Trabajar para comer, comer para seguir trabajando y así hasta que ya no eres joven, hasta que te haces viejo como el abuelo y no sirves para nada, toda la vida tirando como un caballo ... " (p. 207) .

   El último capítulo anticipa el tono y la temática de Las mismas palabras. Ya hemos visto cómo en el tercero, Víctor le comentaba a su amigo Nacho que, Alvarito, su hijo, llevaba el camino de convertirse en un tonto muy fino. Bueno, pues, en estas páginas podemos observarlo transitando ese camino.

   El autor se centra en dos motivos: la nostalgia de la infancia y juventud de Alvarito en el pueblo y de la relación con su mejor amigo, el Patacano, del que hacía de lugarteniente en los juegos infantiles; y los distintos caminos que ambos siguen en la vida, predeterminados por su clase social. Mientras que uno se va a estudiar a Barcelona y dedica los veranos a divertirse con sus amigos, recorriendo las colonias de vacaciones; el otro tiene que quedarse trabajando en el campo para ganarse un jornal (pues, "el campo no da vacaciones"). Así, se van distanciando, ya que no s610 las preocupaciones empiezan a ser distintas, sino que hablan lenguajes diferentes, hasta el punto de que los amigos empiezan a remedar la manera que tiene Alvarito de decir las cosas. Si el estudiante, que quiere ser médico, se interesa por el fútbol, las actrices de cine y las motos; el agricultor quiere conseguir un trabajo en la fábrica del pueblo, para ganar más dinero, pues en el campo "te tiras una vida de perro a cambio de casi nada".

    Tras su estancia en Barcelona, el carácter y la vida de éste joven vástago de la burguesía, experimenta notables cambios. El narrador, con una cierta crueldad, traza un panorama de sus ocupaciones e inquietudes: salía con una chica, aunque pueda parecer mentira apodada Fefa; era socio del Barcelona C. de F. e iba al gimnasio y a una academia de baile; le gustaban los coches y sabía hablar de fútbol, de chicas y de actrices de cine; había engordado y se masturbaba al bañarse. Todo un completo bagaje para andar por el mundo. Sin embargo, su padre, don Víctor, el médico del pueblo, había puesto en él grandes esperanzas: "Debes estudiar mucho y ser un buen cirujano, le dice. Cuando acabes la carrera tienes que ir en viaje de estudios a los Estados Unidos. Y a la vuelta, con un poco de suerte, tendrás la mejor clientela de Barcelona" (p. 222). Por una posterior conversación del joven con su abuelo, sabemos que el médico desea que su hijo haga lo que él, por la guerra, no pudo realizar: "Quería estudiar en Alemania, ser uno de los mejores médicos de Barcelona ... " (p. 224).

   Como hemos señalado, el futuro les depara a los dos amigos trayectorias muy distintas, que van divergiendo cada vez más con el paso del tiempo. El joven estudiante (que cuando al final del capítulo abandona el pueblo, entre los comentarios de los vecinos, ya es tratado de don y saca billete de primera clase), aprende boxeo y defensa personal, le gana un pulso al hijo del herrero y su padre le regala un cronómetro suizo al aprobar la reválida. El Patacano, que quería ser camionero, acaba amargado porque ha perdido tres dedos en la prensa de la fábrica y ya no podrá lograr el trabajo que tanto deseaba. Tras la muestra de estas dos trayectorias vitales, e incluso tras la puesta en cuestión de los valores de este joven burgués, lo que el autor cuestiona es algunas de las ideas básicas del capitalismo: la existencia de la igualdad de oportunidades y la movilidad social; o sea, la posibilidad de cambiar de clase social, de acceder a un estatus superior, ya sea cultural o económico. Y, por supuesto, la reconciliación entre las clases sociales (43).       
     La estructura de los capítulos es muy similar. Como ha escrito Sobejano, el procedimiento consiste casi siempre en “presentar al principio el hecho actual, aquel que decide el rumbo de la situación, para en seguida retroceder al pasado, esbozar la historia desde lejos y regresar al punto de arranque, prolongar las circunstancias derivadas de éste y dejar el asunto en una fase sin solución, vibrando de problemas o de espera" (44). Ya desde esta temprana obra, Goytisolo le concede una gran importancia a la estructura, que le sirve además para -mediante un peculiar procedimiento de combinación- romper la barrera entre los géneros. Y no deja de ser significativo que sea, en una obra tan ambigua, si nos atenemos a la tradicional clasificación de los géneros, como Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza, donde el autor aclare su génesis y llame la atención sobre el valor de su primera novela.

   Las afueras está escrita con una técnica objetiva, que el autor concibe como un ejercicio de rigor. Tanto Castellet (La hora del lector,1957) como Juan Goytisolo (Problemas de la novela, 1959) defendieron en la época el objetivismo norteamericano y francés, pues no sólo era un procedimiento adecuado para depurar el estilo sino también una técnica narrativa más compleja para plasmar una visión crítica de la realidad (45). El lenguaje de Las afueras casi siempre tiene sabor costumbrista, de época, sobre todo en el diálogo, en el uso de expresiones coloquiales y, con cierta frecuencia, en la utilización del peculiar español que se habla en Cataluña. Y aunque el estilo es realista, en diversas ocasiones, sobre todo cuando describe el campo, adopta el autor un acertado tono lírico que no desentona con la habitual sobriedad de la narración. Pero, como el argumento, esconde una realidad simbólica, representativa.

    Quizás ahora podamos responder a la reiterada preocupación de la crítica sobre los posible elementos de unión de los siete capítulos y el sentido de la transformación de los personajes y la repetición de sus nombres (45). Todos los capítulos tienen un tiempo y un espacio común, pero también unos personajes que son distintos, a pesar de que determinados nombres se repitan, pues, en el fondo, podrían ser los mismos, e incluso, a veces, como hemos visto, lo son. Pero además, existe un encadenamiento argumental, ya que los capítulos no sólo tienen valor por sí mismos, sino que -sobre todo- adquieren su auténtico sentido al complementarse, hasta el punto de que alguna situación sólo sugerida, en alguno de ellos, se resuelve o ilumina en los siguientes. Todo ello obliga a que el lector adopte unas conclusiones generales, que tienen que ver con la individualidad de los personajes, pero también con la clase social a la que pertenecen y con la situación histórica del país. En realidad, Goytisolo nos muestra todas las clases sociales y varios de los casos individuales posibles, pero además las relaciones que se crean entre ellas. Así, como han señalado Nora y Sanz Villanueva (47), los don Augusto y doña Magdalena son los adinerados de la preguerra, los que heredaron o amasaron la fortuna familiar; los Víctor, sus hijos, han ganado la guerra, pero se sienten frustrados porque ésta truncó sus vidas, y ahora viven con escepticismo y amargura, pues sienten nostalgia de una infancia idílica, feliz, sin la agudización de los conflictos de clase que sufren ahora; y la última generación, la que representa Alvarito, son los llamados niños pijos, los que no han conocido las penurias y, aunque la familia parece venida a menos, pueden estudiar y divertirse sin problemas. En la clase más desfavorecida, Domingo y Amelia, representan a los viejos sirvientes, a los que los señores traen y llevan a su antojo y tratan con paternalismo; los Ciriacos no han mejorado, pero hay en ellos cierta rebeldía, aunque también insolidaridad de clase; Antonio, es el trabajador responsable y serio, consciente de su situación y con remotas esperanzas de mejora; Tonio, en cambio, es el único que parece que puede romper el circulo, etc. Los niños Dina y Bernardo, permanecen silenciosos y solitarios frente a un mundo para ellos tan hostil como enigmático (48).

   Qué duda cabe, ya lo hemos visto, que la novela posee un fuerte contenido crítico (49). Pero, aunque seguramente no fuera la intención del autor en su momento, hoy también encontramos en sus páginas una desmitificación del proletariado. Así, todos los capítulos rezuman un fuerte pesimismo, que nos hace pensar no sólo en la imposible reconciliación entre las clases sociales, sino también en el difícil entendimiento entre los humanos, sin distinción de edad, clase o condición. El único personaje que se salva, el único que todavía tiene esperanzas en el futuro es Tonio, el líder campesino que aboga por la unión y por la modernización del campo. Discutir hoy si la novela formó o no parte del realismo social, no nos serviría para nada. Lo que sí podemos señalar es que ésta no es una novela documento, sino que podríamos definirla como una narración realista con un fuerte contenido crítico que se extiende a todos los ámbitos de la sociedad. Pero también es una narración ambiciosa, en el sentido de que Goytisolo no se limita a repetir unos procedimientos técnicos trillados, sino que busca la forma para mostrar de la manera más compleja posible la realidad que lo rodea.

   Cuando el joven Luis Goytisolo se lanza a la literatura tiene dos ambiciones: mostrar de manera sutilmente crítica los cambios sociales que se están produciendo en la sociedad española y dar con el contenido de la forma. Ambas cosas las cumple y, además, nos anticipa su complejo mundo literario. Ahora, a la luz de Antagonía y de su obra posterior -que ilumina Las afueras- estamos en condiciones de entender en toda su riqueza y valor histórico la primera novela de Luis Goytisolo (50).

FERNANDO VALLS/ Universidad Autónoma de Barcelona  

 

N O T A S

1)Vid.José Mª. Martínez Cachero, Historia de española entre 1936 y 1975,Castalia, Madrid, 1979, 182, y Carlos Barral, Cuando las horas veloces, Barcelona, 1988, pp. 78-85.

(2)Antonio Vilanova, "Los premios de la Crítica 1958", Destino,1131, 11/IV/1959.

(3)Vid. nuestra bibliografía en este mismo número de La Página. Llama especialmente la atención la gran cantidad de reseñas que generó la traducción alemana. Martínez Cachero, QQ. cit.,p. 191, citando a Nora, recuerda que 1958 fue un año "destacado por sus revelaciones" en el campo de la novela.

(4) Quizás el ejemplo más pintoresco, al respecto, sea el de Carlos Barral que todavía en 1988, treinta años después de haber participado, y de manera importante, en la concesión del premio a la novela, la definía como un libro de relatos, con "título muy rilkeano para una excelente prosa pavesiana",op. Cit.,p. 78. Tan significativa es su presencia en la antología de Jesús Fernández Santos (Siete narradores de hoy, Taurus, Madrid, 1963), como su ausencia en la de García Pavón (Antología de cuentistas españoles contemporáneos, Gredos, Madrid, 1959), por sólo citar dos recopilaciones que aparecieron en fechas cercanas.

(5) Sobre la importancia del simbolismo del 9 en su obra, vid. Los verdes de mayo hasta el mar, Seix Barral, Barcelona, 1976, p. 247, y nuestra entrevista con el autor en la La página (Tenerife), III, 7, 1992, p. 37.

A propósito de lo que fue el proyecto inicial de Las afueras, es curioso recordar que Goytisolo incluso concibió un capítulo, que nunca llegó a escribir, en el que el silencioso niño Bernardo y el rico don Augusto, ya con demencia senil, le pegaban fuego a la casa, acabando definitivamente con la estirpe.

(6) En "Tres hallazgos” (Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza Anagrama, Barcelona, 1985, p. 23) señala, en tono burlesco -recordando un comentario 7, 1992, p. 37.

A propósito de lo que fue el proyecto inicial de Las afueras, es curioso recordar que Goytisolo incluso concibió un capítulo, que nunca llegó a escribir, en el que el silencioso niño Bernardo y el rico don Augusto, ya con demencia senil, le pegaban fuego a la casa, acabando definitivamente que le había hecho un profesor- que ha descubierto algo que no ha tenido en cuenta gran parte de la crítica: "el valor del número 7 en Las afueras (indefinido en el tiempo y en el espacio, ya que, como dice Guénon, no infinito)”.

(7)Destino,1030, 4/V/1957.

(8)Se publicó, por primera vez, con el título de "Cómo llegar a ser un gentleman” (Nueva Estafeta,8, VII/1979, pp. 4­13) y fue reproducido por diversas revistas hispanoamericanas. En unas líneas que encabezan el texto se nos dice que “Las notas previas a la redacción de este relato fueron escritas en 1956. Formaban parte del material relativo al ciclo de Las afueras, de cuya estructura definitiva terminaron por ser descolgadas en beneficio de la cohesión del conjunto. Lo mismo sucedió con otros materiales que por diferentes motivos no armonizaban con el tono general de la obra; éste es el caso, por ejemplo, de "Claudia", un cuento que apareció en Destino con anterioridad a la publicación de Las afueras(Vid. nuestro trabajo: "La lava del volcán: sobre el cuento Claudia' (1957) de Luis Goytisolo", Lucanor, en prensa). Distinta fue la suerte de las extensas notas -un borrador sin construir, en la práctica- agrupadas por aquel entonces bajo el título provisional de "Gentleman": permanecieron guardadas en una carpeta hasta que la primavera pasada, concluida La cólera de Aquiles y como si no pudiera parar de escribir, se me ocurrió retomarlas, con todo, y dar por supuesto que ni el tema tenía relación con mis temas del presente, ni desde este presente me iba a ser posible escribirlo como entonces lo hubiera escrito".

En 1985/ con el título de "Diario de un gentleman", pasó a formar parte de las Investigaciones Y conjeturas de Claudio Mendoza (QQ. cit./ pp. 39-58). En una nota previa, titulada "Tres hallazgos" (pp. 19-21), se nos indica que "ese relato perteneció en su día al área de Las afueras( ... ) de la que finalmente fue excluido, debido a que su tono humorístico desentonaba, no terminaba de encajar en el conjunto". ¿Qué relación hay entre la novela y este texto? Claudio Mendoza responde, con zumbona ironía, que la referencia a Sitges y la palabra del autor de que al protagonista le hubiera correspondido el nombre de Alvarito, aunque también señala que él nunca hubiera utilizado la palabra incomparable, para referirse al Paseo Marítimo de aquel pueblo, que tanto le gusta a Pachá, responsable del diario. El capítulo siete de Las Afueras está protagonizado por un Alvarito que bien pudiera ser el que luego nos narra la historia de Pachá.

(9) El sol en las afueras estaba compuesto por los capítulos 11/ V/ VI y VII de lo que después se convirtió en Las afueras. Vid. sobre el citado premio: Carlos de Arce, Premios Sésamo de cuentos, Sagitario, Barcelona, 1975; José López Martínez, "Premios literarios hoy. El Sésamo", La Estafeta Literaria,576/ 15/XI/1975; Esteban Padrós de Palacios, "Breve historia del premio Leopoldo Alas" / Lucanor/ l/V /1988/ p. 73/ Y Jorge Ferrer ­Vidal, Confesiones de un escritor de cuentos, Hierbaola, Pamplona, 1993/ p. 120.

10. Nos indica el autor que al presentarse al Sésamo y al Leopoldo Alas buscaba un posible amparo publicitario, preocupado como estaba por la detención en 1957 de Octavi Pellisa, compañero de militancia en el PSUC. Quizá no sea inútil recordar que la militancia activa del autor, entre 1956 y 1959/ coincide con los años de redacción de su primera novela y que en 1960 pasó cuatro meses en la cárcel de Carabanchel.

11. La exclusión de "Claudia" y del posteriormente llamado "Retrato de un gentleman", que por su distinta temática y tono no hubieran hallado sensato acomodo en la novela / es buena prueba de ello. En unas "Respuestas" a Fernández Figueroa (Indice de Artes y Letras,121/ 1959/ p. 4) / que no tienen desperdicio, señala que "A partir del último tercio del siglo XX ( ... )/ la novela experimenta una fuerte transformación estructural. Se cierra / se cohesiona / desarrollándose al ritmo de una trama cuidadosamente construída. Pero ya entre los pioneros de esta nueva concepción encontramos el arranque de una línea novelística que, implícitamente, representa su negación y tiende a destruirla. Me refiero a Tolstoi y a Balzac, a obras como Los Buddenbrooks, En busca del tiempo perdido, La condición humana o la trilogía U.S.A de Dos Passos. Es la línea de la novela colectiva, de la novela retablo, que tiende a abrirse en un vasto panorama. A ella pertenecen, por citar ejemplos que nos sean más próximos El Jarama/ Duelo en El Paraíso/ Entre visillos/ Los bravos, Central eléctrica, etc. Pues bien, pienso que Las afueras puede considerarse perfectamente dentro de esta línea, aunque obedezca / lo repito, a una concepción distinta ( ... ) Desde luego / imaginaba las críticas / no ya a que me exponía / sino que me aguardaban: =todo eso está muy bien, pero Las afueras/ ¿es propiamente una novela?=. Y poco me hubiera costado cubrirme entrelazando al modo tradicional los diversos relatos ( ... ) La trama general debía desarrollarse, precisamente, de forma fragmentaria / yuxtapuesta. De ahí que su carácter de novela tuviera que residir no tanto en sí misma como en la huella que al cabo de su lectura hubiese dejado en la mente del lector. En Las afueras, cada capítulo constituye un relato que puede ser leído independientemente¡ pero los siete relatos forman un conjunto -o al menos se pretendía que lo formasen-o / un todo cualitativamente distinto a la suma de sus partes". Y concluye citando tres ejemplos: Guerra y paz, la trilogía U.S.A de Dos Passos y Las palmeras salvajes.

12 "Las afueras es el punto de partida insoslayable para quienquiera que se halle interesado en rastrear los orígenes de Antagonía",entrevista del autor con Jack Sinnigen, Narrativa e ideología, Nuestra Cultura, Madrid, 1982, pp. 154 y 155. Sobre la relación entre Las afueras y Las mismas palabras, vid. Ignacio Soldevila Durante, La novela desde 1936, Alhambra, Madrid, 1980, pp. 255 y 256.

13 Pensamos en, por ejemplo, Siete miradas en un mismo paisaje(1981) de Esther Tusquets; El cinturón traído de Cuba (1985) de Pilar Cibreiro; Una casa para siempre(1988), Suicidios ejemplares(1991) e Hijos sin hijos (1993) de Vila-Matas; Lejos de Marrakech(1988) y Territorio enemigo(1991) de Riera de Leyva; Obabakoak(1988) de Bernardo Atxaga, y El sueño de Venecia (1992) de Paloma Díaz-Mas. Aunque no hay que olvidar la influencia estructural de Manhattan Transfer(1925) de John Dos Passos y de La colmena(1951), así como la de El Jarama, sobre todo en la habilidad para recoger la lengua coloquial. De los relatos de Hemingway proviene la sobriedad de la expresión, y de Pavese (que no olvidemos que tradujo a los dos norteamericanos citados) recoge el interés por la sociedad campesina y la crítica social latente en la narración. "Mis novelistas favoritos en aquella época eran, a parte de algún italiano, básicamente Pavese, los novelistas norteamericanos, sobre todo Faulkner y John Dos Passos, y en menor medida Hemingway; sus cuentos están muy bien". Respecto a la novela de Sánchez Ferlosio afirma que le "reveló un castellano totalmente limpio, despojado de retórica, de frases, de construcciones que me resultaban desagradables. Fue como una especie de filtro que había purificado el idioma. En este nuevo idioma, si se podían escribir novelas modernas", Fernando Valls, "Sobre la trayectoria narrativa de Luis Goytisolo: una conversación", Las Nuevas Letras,6,1987, p. 81 Y 83. Las afueras, de todas formas, no fue el único ejemplo español en esos años. Encontramos una estructura similar, por ejemplo, en Fin de fiesta(1962), de Juan Goytisolo, y en Cinco variaciones(1963) de Antonio Martínez Menchén. Vid. Gonzalo Sobejano, Novela española de nuestro tiempo, Prensa Española, Madrid, 1975, pp. 361 Y 362 (n. 140). 14. La resaca(1958) de Juan Goytisolo iba a llevar este mismo título y en Compañeros de viaje(1959), de Gil de Biedma, hay toda una sección titulada "Las afueras", compuesta por doce poemas. No olvidemos que el poeta catalán fue una gran admirador de esta novela, hasta el punto de que en "Carta de España (o todo era Nochevieja en nuestra literatura al comenzar 1956)", El pie de la letra. Ensayos. 1955-1979, Crítica, Barcelona, 1980, p. 206, escribe, en 1965, que con la excepción de La colmena, El Jarama y Tiempo de silencio,"no hay ninguna [novela] que valga seriamente la pena. Las afueras de Luis Goytisolo, quizá". "Jaime me comentó directamente -recuerda Goytisolo- que le había gustado mucho", Fernando Valls, op. cit., pp. 83 Y 85.

(15)"Barral se empeñó en que saliera aquella lista inicial de nombres. Yo no era partidario de ello. Incluso inicialmente no se repetían de manera sistemática todos los nombres. Había un fondo de nombres que se repetían, pero los protagonistas me parece que estaban suficientemente individualizados como para no tener que ponerles una marca ( ... ) Mi idea era que los nombres fuesen distintos y que hubiese un fondo de personajes de segunda fila, como por ejemplo D. Augusto, el niño que no habla (en la medida en que no habla puede aparecer otro, también / que no hable). En fin, que los nombres de estos personajes fueran repitiéndose. No sé hasta qué punto el mismo Barral creía que esto era o no era camelo, que yo era un tipo muy listo que, con un libro de relatos en la mano, había pretendido darle un género nuevo de unidad" / Fernando Valls, "Sobre la trayectoria narrativa de Luis Goytisolo: una conversación" / QQ. cit./ p. 84. Quizá Barral no acababa de ver claro el componente novelesco de Las afueras, e intentó con las aclaraciones iniciales y la repetición de nombres que se creara una cierta hilazón entre los capítulos. Vid. la n. 4.


(16)Según el autor, este capítulo es "el que está mejor escrito" y el último que realizó. "Tal vez, recuerda, si hubiera empezado por ése hubiera quedado un conjunto más aproximado, hubiera sido un verdadero anticipo de Antagonía. Son cosas que se van aprendiendo con el tiempo", Fernando Valls, @. cit.,p. 85. Luis Buñuel barajó el proyecto de hacer una película basada en este capítulo. Cito siempre por la ed. de Seix Barral, Barcelona, 1971 . 

(17) Casi al final del capítulo, hay un extraño y ambiguo episodio, de lolitismo, en el que Víctor le reprocha a la niña sus provocaciones, le pega y la acaba llamando "putilla", aunque al día siguiente le pide disculpas (pp. 65 y 67). Por tanto, lo que la madre le dice al protagonista, puede entenderse como un anticipo de laque después ocurrirá: "¡Qué poco la conoce! Reiría igual de vernos muertos, nos vendería a todos por cuatro reales. Es peor que Judas ... Un demonio ( ... ) Ha salido al padre" (pp. 28 Y 23). Don Ignacio, el médico, es en cierta forma la contrafigura de Víctor, pues no sólo añora la ciudad y desprecia el pueblo ("Para un hombre de cultura ofrece tan poco interés vivir en un pueblo ... Si al menos hubiera cierta compensación económica ... Ah, don Víctor, qué no daría yo por situarme en Barcelona", p. 34), sino que también nos da una visión muy peyorativa de los campesinos ("Mala gente -decía-, mala gente. Eran cerrados, rutinarios, desconfiaban de todo y de todos. Hablarles de nuevos métodos era perder el tiempo. Decían sí, sí, y continuaban como antes. Sólo se convencían viendo que alguien probaba y salía bien parado. Poca iniciativa, poco amor al riesgo. Nada se podía hacer con ellos. A nosotros sólo nos llaman cuando la cosa apenas tiene remedio -explicó-o Y luego, si el enfermo se muere, la culpa es nuestra. Pero si se salva, ¡ah, entonces todo ha sido gracias a sus propios remedios! i Qué gente! i Qué país!", p. 35). Aunque comparten el trato paternalista con las gentes del pueblo (antes el médico era corno un padre y ahora es sólo un funcionario; de niños éramos tan amigos y nos lo pasábamos tan bien jugando juntos, etc). No obstante, pese a la insistencia pesada del médico de que forme parte de su tertulia, el protagonista evita el trato con las fuerzas vivas del pueblo: "el' cura, el farmacéutico, el alcalde ( ... ) gente de cultura, un círculo selecto". Nótese que en los tres encuentros que tienen (pp. 17 Y 18, 34-37 Y 45 Y 46) casi sólo habla don Ignacio.

(18)El capítulo está pespunteado por toda una serie de informaciones sobre la finca. Cuando Víctor llega, el narrador ­nos llama la atención sobre el "aspecto desvaído y corno ojeroso" de la fachada, los "corrales ruinosos", el gallinero que estaba vacío, "un pesebre carcomido", un estanque pequeño y ruinoso ... y más adelante se nos cuenta que "La Mata no volvió a ser lo que fue en otros tiempos. De las tierras en las que habían trabajado más de veinte jornaleros, ahora se ocupaba una sola familia, más en calidad de guarda que de otra cosa, y el bosque y las zarzas fueron invadiendo los sembrados". Los viejos del lugar comentan: "Mala tierra La Mata, mala tierra, estaba claro que no podía rendir. Ahora el bosque se la comía y sólo en otoño la gente se llegaba hasta allí buscando setas, cazando". Y las mujeres: "Mal asunto La Mata, allá arriba tan lejos. Mejor sería llenarla de bosque". Y algo después el narrador nos comenta que "casi todas las masías de los alrededores estaban deshabitadas, nadie quería tierras tan arriba, en pleno monte, a más de una hora de camino". E incluso un bosque de castaños se nos describe como "ruinoso y decrépito" (pp. 7, 8, 12, 15, 18, 20, 24 Y 62).

(19)"Tenía el físico estropeado, la cara seca, las manos fuertes y ásperas, de campesino", quizá porque como ella comenta "desde pequeña he tenido que trabajar al sol y al aire igual que un hombre", "me ocupo del huerto, llevo la casa, guiso, hago limpieza y, de vez en cuando, aún tengo que trabajar a jornal para otros. No se puede vivir de lechuga y en el huerto no crecen panes, bacalao, sardinas... Ya no hablo de carne" (pp. 9, 22 Y 41). En el segundo capítulo, doña Magdalena se queja en parecidos términos: "la angustia y el sufrimiento y el trabajo acortan la vida.20. Aunque nadie lo diría, tengo catorce años menos que tu abuelo. Parece lo contrario, ya lo sé, y tengo un carácter más agrio, más amargado por todas aquellas cosas en las que él no quiere pensar, que no quiere recordar ... " (pp. 82 Y 83). Y en el último se nos dice que el Abuelo Augusto "aparentaba menos años [que la abuelita] pero tenía más" (p. 215). 

(20) En el último capítulo también aparece un viejo sordo, con el mismo nombre, pero que vive con su hija en el estanco (p. 213). 


(21) "La gente decía que el negocio en que trabajaba era de su mujer, que casi todo era de su mujer" (p. 12).


(22) "El trabajo, comentan las mujeres del pueblo ¿Pero tú crees que esta gente trabaja? Mirar cómo se trabaja, esto es lo que hacen" (p. 15).


(23) En el capítulo V, nos lo volveremos a encontrar con los mismos rasgos y características. 


 (24)En el segundo capítulo, doña Magdalena dirá, quejándose del fracaso de su marido como inversor, que "el propio trabajo es la única rent3 segura" (p. 82).


25) La acción transcurre en medio de una fuerte presencia de la naturaleza: la lluvia, los vientos, el cielo estrellado, los perros que constantemente ladran, los pájaros y esas oropéndolas que obsesionan al protagonista. 


(26) "Ahora -le dice- las cosas son de otra manera". Y concluye la conversación con estas palabras: "Mal asunto / aquella tierra ( ... ) No hay más que fijarse en cómo todo el que por allí tenía algún campito ha terminado por dejarlo" (p. 45).

(27)Pero / además / su caballeroso comportamiento con Claudina, queriéndole llevar el haz de leña que ella transporta (p. 9), Y con una mujer del pueblo a la que le baja el cesto del autocar (p. 15)/ es recibido con negativas o sorpresa. Dina, con la que Víctor se va creando una dependencia, cada vez mayor, tras la paliza que le propina, acaba huyendo de él.


(28) El director de cine Jesús Franco, hizo un corto basándose en él, con el título de Los geranios.


(29)Se nos describe como un rentista, pequeño propietario, que habita una villa en las afueras de la ciudad, "viejo y enfermo". Prepara un libro de divulgación sobre la Economía política en la vida y justifica su forma de vida: "¿Por qué trabajar pudiendo vivir de renta? Así está hecha la sociedad: unos ponen el capital y otros el trabajo, cada uno lo que tiene. y así es como se crea la riqueza, con la reunión de" estos dos factores" (p. 86).


(30)"Donde sí que el conflicto de dos personas condenadas a odiarse juntas constituye el núcleo central del relato es en el capítulo I I de Las afueras".Sobre la aversión del padre del autor hacia su abuelo, vid. Luis Goytisolo, "Acotaciones" / Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza, pp. 95, 96 Y 115/ Y Juan Goytisolo, Coto vedado, Seix Barral, Barcelona, 1985, p. 104/ 127. "Nunca he pretendido hablar de las relaciones entre, por ejemplo, mi padre y mi abuelo. Ya hay una versión de sus agarradas en Las afueras/ en el capítulo segundo / en aquel episodio de los geranios, aquella especie de greña que forman", Fernando Valls, op. Cit./ p. 89. En Antagonía hallarnos un enfrentamiento similar entre el abuelo y el padre del protagonista, que desempeñan el papel equivalente a doña Magdalena y don Augusto, respectivamente, sin que falte el niño observando. Vid.,por ejemplo, en Los verdes de mayo hasta el mar, Seix Barral, Barcelona, 1976, pp. 204 Y 205: "¿Relación conyugal entre viejos en lugar de relación yerno-suegro? Es decir: no relación padre-abuelo materno, sino relación abuelo­ abuela; toda la carga de rencores y manías que arrastra el matrimonio fijada en hábitos con el paso del tiempo. Senilidad en conjunción con maridaje ( ... ) La vida conyugal y los años, sus bajas, sus fracasos, sus componendas: aversión apenas revestida de afabilidad amedrentada. El antagonismo viejo-vieja visto por un niño". –


31. Por diversos motivos, este capítulo siempre ha llamado la atención. Un crítico tan lúcido como G. Sobejano (Novela española de nuestro tiempo, Prensa Española, Madrid, 1975, p. 404) lo considera el más conseguido. En la traducción rumana (La marginea, Barcelonei,Pentru Literatura Universala I Bucarest, 1961) fue suprimido, quizá por considerarlo contrarrevolucionario, aunque nada se comenta al respecto en el prólogo de Matei Calinescu. A Corrales Egea, sin embargo, marxista ortodoxo I miembro del partido comunista, le parecía "uno de los mejores", pues "el diálogo se usa como revelador social e histórico", La novela española actual, Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1971, p. 94.


32. Gil de Biedma nos cuenta en su Retrato del artista en 1956,Lumen, Barcelona, 1991, p. 135, un episodio similar, aunque sólo en su origen: "Noche delirante con Juan Goytisolo, e imprevista. Esperaba un rato de conversación más o menos literaria, y no una interminable travesía precipitada por tugurios de absoluta irrealidad, en compañía de un limpiabotas bufón y agradador llamado España, para finalmente desembocar en la cama...". Episodio que comenta Juan Goytisolo en su Coto vedado, p. 202.

(33)Tanto la vivienda como su propietaria, la Viuda (p. 139), poseen las mismas características que la pens10n donde Claudina trabaja! en el capítulo VI (pp. 200 Y 201).


(34)"Era fuerte y rubio y sus ojos parecían hechos para mirar a la cara de las personas", se nos dice en la intencionada descripción del narrador (p~ 140 Y 145).


35. En el capítulo VI, "dos jóvenes muy elegantes" esperan en el bar del pueblo a Alvarito, que protagonizará el último capítulo de la novela, y ante la tardanza de éste comentan: "Se habrá ido contra un árbol, habrá pillado alguna vieja o así ... " (p. 190).


36. Antonio Vilanova (Destino, 1135, 9/V/1959), en una excelente reseña, había llamado la atención sobre cómo "la deliberada fragmentación de los relatos ( ... ) quería poner de relieve la incomunicación de unas vidas que coexisten pero que no se comunican, que entran en contacto pero no se compenetran, que discurren paralelamente sin encontrarse nunca, que marchan juntas pero que están radicalmente separadas".


37. En su origen, este capítulo llevaba el titulo de "El tractor".

38. "Me preguntaron -se justifica ante Patrach, p. 193- si vivía en esta casa ( ... ) y como no sabía quienes eran, les dije que sí".

39 La diferencia no sólo estriba en el aspecto físico (se les describe, respectivamente, en las pp. 124 Y 188), sino también en la función que desempeñan en los capítulos. Pero por si hubiera alguna duda se nos dice que "en un rincón había un hombre gordo y oscuro que tocaba la guitarra muy bajito, para él solo, a la luz mortecina de una bombilla. Era cojo el guitarrista ... " (p. 192. Vid. también la p. 193).


40 Tema muy presente en la literatura de la época, que casi siempre aparece ligado a la filosofía existencialista. Sólo tenemos que recordar, por ejemplo, Escuadra hacia la muerte (1953) de Sastre o Pic-nic(1952-1961) de Arrabal.

41. Este personaje aparece en los capítulos 1, 111 Y VII, siempre desempeñando el papel de dueño de un bar. Como vemos en este episodio (p. 189), lo más significativo estriba en que las conversaciones del local pueden tratar del fútbol o de la guerra, dividiendo a los parroquianos en dos grupos, seguramente con edades, vivencias e intereses distintos.


42 Vid. la reiteración del motivo en las pp. 186, 187 Y 201-203. En el séptimo capítulo, don Víctor habla de su juventud, durante la IIª. República, como de un tiempo en el que "ni se podía salir de casa llevando corbata", y le pondera a su hijo los tiempos actuales porque pueden "llevar corbata, estudiar ... " (p. 222). 


 43. En El camino(1950), de Miguel Delibes, Daniel, el 910, recuerda un sermón de don José, el cura, en el que dicho que "cada cual tenía un camino marcado en la vida y ~ podía renegar de ese camino por ambición y sensualidad y m mendigo podía ser más rico que un millonario en su palacio, cargado de mármoles y criados". Poco después, la novela concluye con el protagonista, Daniel, a punto de abandonar el pueblo e invadido por "una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado" (Destino, Barcelona, 1980, pp. 219 y 221). A pesar de los argumentos que aduce Alfonso Rey, en su excelente La originalidad novelística de Delibes, Universidad de Santiago de Compostela, 1975, pp. 82-84, creemos que en el fondo de las emociones y los recuerdos finales del protagonista late la sensación de haber transgredido ese principio tan típico de la resignación cristiana, opuesta a la movilidad social, de clase, y en ese sentido las quejas de Nora, básicamente, nos parecen justas.


44 Op. cit. p. 407. En una entrevista con Federico Campbell (Infame turba, Lumen, Barcelona, 1971, p. 207) nos habla de la “peculiar construcción" de la novela y del valor de los personajes: "El hecho de que con esa obra montada sobre un eje diacrónico y otro sincrónico, una realidad paradigmática y otra sintagmática, estaba haciendo estructuralismo avant la leerte. Los personajes, los hechos, las situaciones, etc., importan tanto por lo que son en cada relato, como por lo que son según el contexto de los restantes relatos que le preceden o siguen".


45 No deja de ser chocante la oposición de algunos redactores de la revista del PCE, Nuestras ideas(Bruselas), a la práctica del realismo objetivo. Vid. Joan Estruch Tobella, "Un intento de realismo socialista español (La literatura y el PCE a década de los 50)", en R. Velilla, ed., Actas del I Simposio para profesores de Lengua y Literatura españolas, Castalia, Madrid, 1981, p. 144.


46. En una modélica reseña de Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza, publicada en El Diario Montañés, de Santander, Jesús Lázaro apuntaba ­refiriéndose, en general, a la obra narrativa de Luis Goytisolo­ que "la desfiguración y modificación sustancial del personaje, sus cambios de nombre o desdoblamientos responden a la necesidad de resaltar lo que de turbio y fragmentario tiene cada uno de ellos, la volubilidad de la personalidad contemporánea, condicionada por la presión que sobre ella ejercen los demás (…) Estilísticamente resulta coherente con la confección novelística. Si ésta se compone de una serie de historias interrumpidas y repetidas, planteadas de forma simultánea y fragmentaria, que buscan crear un movimiento interno en la novela en un tiempo abreviado y condensado, es decir, una historia donde las digresiones y los puntos de vista del narrador resulten móviles y cambiantes, la consecuencia lógica es la imposibilidad de mantener el estereotipado personaje tradicional. Si todo en la novela gira, se modifica y se transmuta como en un proceso de alquimia, es natural que también el personaje sufra metamorfosis". Lo largo de la cita se excusa por su indudable interés.


 47. Eugenio G. de Nora, La novela española contemporánea -1967}, Gredos, Madrid, 1973, pp. 318 y 319, Y Santos Sanz Villanueva, Historia de la novela social española (1942-1975), Alhambra, Madrid, 1980, I, pp. 475 y 476.


48. Vid. G. Sobejano, op. cit., p. 355. En el libro de Eduardo Godoy Gallardo, La infancia en la narrativa española de posguerra, Playor, Madrid, 1979, se echa de menos un comentario Sobre esta novela.


49 Resulta sorprendente, ya llamó la atención sobre ello Sáez Villanueva, que no la trate Gil Casado en su La novela social española (1920-1971),Seix Barral, Barcelona, 1975 (1ª Ed. 1968), ni siquiera en la reimpresión "corregida y aumentada" que citamos.


50 Queremos agradecer al autor su amabilidad al aclararnos toda serie una de datos sobre la gestación de esta novela.

(Prólogo a la reedición de Las afueras por Espasa calpe, col. Austral, Madrid, 1996).
 

 

 

 

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