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        “Las mismas palabras, los mismos gestos, todo volvió a suceder igual que antes, cuando Rafael salía con Ber­ta y los amigos y no se acos­taban hasta la madrugada... “ Así comienza esta segunda obra narrativa del memo­rable autor de Las afueras.

La acción de Las mis­mas palabras, desempeña­da principalmente a través de charlas, conversaciones y diálogos, sucede a fines de un mes de setiembre, de lu­nes a lunes. Los dos prime­ros días entramos en cono­cimiento con una pluralidad de personas pertenecientes a la burguesía barcelonesa, cuyo vivir habitual adolece de sumo desaliento y hastío.

Tres figuras se destacan en seguida: Rafael, joven pro­fesor que prepara un breve viaje a París dentro de esa semana; Santi, otro joven c atalán, de pudiente familia, que se reúne a menudo con un grupo de chicas y chicos vagamente interesados por el arte y las labores intelec­tuales; y Julia, señorita de 28 años, empleada en una casa de decoración. Cada uno de estos tres personajes principales tiene su ambien­te y sus amistades (sus Nue­vas amistades), y la acción a que cada un o de estos círculos da lugar discurre por separado, aunque aqué­llos vivan en la misma ciu­dad, observen costumbres semejantes y acudan para distraerse, comer, bañarse, platicar o beber -sobre todo, para beber- a sitios próxi­mos o idénticos. Alguna figura secundaria, conocida del uno o del otro, funciona de pálido enlace entre los destacados portadores de la acción, la cual se produce alternativamente, ya presen­tando a Rafael en contacto con sus companeros, ya a Santi, ya a Julia con los suyos.

Lunes y martes tenemos el frío gusto de conocerles. El miércoles, día de la Mer­ced, todos salen de Barce­lona: Rafael, a un lugar cos­tero donde vivió de niño y donde la boda de unos parientes reclama su ensi­mismada presencia; San ti, a Tossa, con sus amigos, a embriagarse; Julia, a la pla­ya, donde conoce a un estu­diante por quien se sorpren­de atraída.

Apurado hasta las heces el día festivo, que en todos deja resacas de alcohol y de ilusión, retorna cada uno a su quehacer, a su no ha­cer. Jueves, viernes y sábado transcurren entre los efectos de la resaca, los relativos deberes cotidianos y las es­capadas a un mundo que, so color de amistad, rezuma únicamente suspicacias, celos y pesadas melancolías. El domingo, Rafael empren­de su viaje a París (en París se suicidó tiempo atrás Ber­ta, su misterioso amor); San­ti vuelve a bailar y a beber -sobre todo, a beber- con sus “amigos”; y Julia espera iniciar con el estudiante la inaplazable aventura. El lu­nes último, ya Rafael se mar­chó y nada nuevo sabemos de su persona; Santi se diri­ge a la playa buscando más el espíritu que el agua del mar; y Julia recibe una lla­mada telefónica citándola para aquella noche.

Las mismas palabras cons­tituye un panorama vasto, vario y objetivo de la juven­tud burguesa de Barcelona; juventud inteligente y ne­gligente, capaz pero vacía. Frente a Rafael, presumible avatar literario del propio Goytisolo; al lado de Santi, ocioso y preocupado compa­ñero de enceguecidas juer­gas; y en torno a Julia, romántica mujer martirizada por la aspereza de los días laborables y de su oque­dad afectiva, murmuran las mismas palabras de siempre otros jóvenes burgueses. Éste dice chistes, la otra destila rabia acumulada, unos rece­lan, otros arrían pronto cual­quier impulso hacia el bien, aquéllos quieren olvidarse, uno se abre las venas. Todos se aburren, todos divagan, ninguno desemboca.

Divídese la novela en 70 ca­pítulos, dispuestos en 4 par­tes de longitud desigual. La segunda parte (boda, orgía en Tossa, «dolce vita» de la playa) cobra tonos patéticos mediante el contraste repe­tido de las palabras iguales y triviales de la gente con la voz perpetuamente nueva y pura del mar. En la parte­  cuarta la inanidad de todos ­se refleja en ese final no conclusivo donde parece conte­nido el simbolismo de la obra: nadie realiza nada, nadie consigue nada, nadie encuentra acepción de futu­ro entre aquellas palabras, palabras, palabras.

Goytisolo, a sabiendas o sin saberlo, ha escrito una novela comparable a El Ja­rama, de Sánchez Ferlosio, con dos diferencias principales, aparte la de su bien probada personalidad; esas diferencias son: el nivel so­cial e intelectual un poco ­menos bajo de la juventud cuyo aburrimiento aquí se registra, y el escenario catalán de ciudad y de playa, Ramblas y Costa Brava corrompida.

Cuando no actúa de gra­bador de charlas, cuando se infunde con necesidad en la situación de su doble, Goytisolo alcanza penetrantes acordes de alma y ciudad en finales de capítulo cuya intensidad expresiva denun­cia al gran poeta de Las afueras: por ejemplo, el final del capítulo 1 y de los capí­tulos 27, 35 ó 52.

Parece haber querido ates­tiguar el autor cierto estado de ánimo de la juventud española burguesa. Anhelos quiméricos, apatía, depre­sión por el fracaso de cual­quier tentativa de mejora; vicio del dinero, del alcohol, del erotismo, de la pereza. Y todo ello, en duelo con un último deseo de justicia, deseo que el medio ambien­te sepulta en cotidianidad absurda.

Las mismas palabras... para subrayar el sonsonet­e estéril, la insignifican­cia neutra de esa cantinela, Goytisolo renuncia a las consabidas variaciones del «preguntó»,  «respondió» , «observó», «insinuó», «ex­clamó», «terció», etc., y casi nunca escribe otra cosa que dijo. Abrase cualquier página y se encontrará a docenas este signo de indiferencia:

 “-A mí no me sirvas­- dijo Tito.

 -¿No vas a beber? - dijo Rafael.

 -Ahora no- dijo Tito. En todo caso durante la cena.

 - Anda, al menos un va­so- dijo Rafael.”  (P. 250).

¿Cuándo acabarán España y su novela con este estilo del dijo-dijo, del dijo cual­quier cosa, del decir siem­pre las mismas amodorradas, insignificantes y perdidas pa­labras?

Papeles de son Armadans, 1967
 

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