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       La novela española de la posguerra se or­ganiza según una carrera de relevos en la que, casi siempre, se falla en la entrega del testigo: No sirven las clasificaciones tópicas -sean temáticas o estructurales­- ni tampoco los demarrajes colectivos. La evolución narrativa se ofrece a golpes, ais­ladamente, a cuerpo limpio. Si Rafael Sán­chez Ferlosio realizó una mutuación impor­tante con El Jarama, sobre todo en cuanto a la renovación lingüística, como haría después, en cuanto a la renovación pura­mente estilística, Luis Martín Santos con Tiempo de silencio, el novelista Luis Goyti­solo consigue algo semejante, en lo que se refiere al tono narrativo, a la fluencia discontinua y por lo mismo totalizadora del discurso.

Me refiero claro está a su extraordinario trabajo en Recuento. El menor de los her­manos Goytisolo es una criatura saturnia­na que se devora a sí mismo, arrastrado por la enajenación de la escritura. De una escritura en trance que, aunque no esté iluminada por el «trip» de la droga o la mescalina de los «maudits», presupone una neurotización de grandes posibilidades y hallazgos en el oficio narrativo. La pura mecánica estructural se convierte en un rito faústico, antropofágico, que suspende en el escritor -en este escritor llamado Luis Goytisolo- todos los reflejos extra­ños, todos los condicionamientos espúreos, menos la capacidad de la creación hasta el infinito. Recuento totaliza el acto de escri­bir, deja sin alternativas la casualidad y la imaginación en uno de los textos más re­dondos y «exemplares» de la novela esp­añola.

Los «publics-relations» han divulgado por ahí el carácter de «recapitulación», de «inv­entario» que tiene el libro. Pues parece pretender el atar los infinitos y complejos cabos de un tiempo histórico, encerrándo­lo en treinta y seis capítulos -Recuento es sólo la primera parte de una Antagonía compuesta además por Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teo­ría del conocimiento- y, desde luego, la paralela identificación de un escritor y de su trayectoria futura. En realidad Luis Goy­tisolo en las seiscientas cuarenta y cuatro páginas de Recuento engloba la crisis éti­ca de una generación y la crisis estética de un joven creador. El título es lo sufi­cientemente expresivo de sus intenciones al relatar (o recontar) unas circunstancias en las que el propio protagonista se va generando no en la imaginación o en la conciencia del escritor, sino en el mismo proceso del lenguaje. La escritura se erige en el elemento decisivo al que se reducen el tema, la estructura, los rasgos estilísti­cos, el fluir de la novela.

Quiere decirse con todo ello que Luis Goytisolo no ha roto con las coordenadas ambientales de sus primeras novelas -la Barcelona de los años cincuenta, su ads­cripción al realismo -crítico, las rebeldías juveniles, como ruptura y coartada, etc.- ­aunque lógicamente haya superado sus ini­ciales planteamientos social realistas. Me parece que la complejidad de una novela tan fundamental en la evolución narrativa como la suya, emplaza a revisión la mayor parte de las propuestas de sus compañe­ros de su generación. Por ejemplo, pienso que sus exploraciones técnicas son menos radicales y aparatosas que las de su her­mano Juan -el debelador de la tradición española y el más encarnizado transgresor de la lengua- y que su proceso narrativo su «work in progress» tiene más consisten­cia que la ironía estructural utilizada por Juan Benet, pongo por caso. Entre otros decisivos méritos, Recuento posee el fun­damental de contribuir a la liquidación del maniqueísmo ético de los años cincuenta. Maniqueísmo pegado a la novela del rea­lismo crítico, tanto en su mecanicismo ideológico como en su empobrecida con­cepción literaria.

Hay que advertir que Recuento no es un desarrollo en el tiempo al estilo de A la búsqueda del tiempo perdido de Proust o la diversificación de los puntos de vista de El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durell. Luis Goytisolo prefigura la técnica y la visión de su seria Antagonía según el símil ilustrativo del misterio católico de De Trinitate, tres personas y una sola na­turaleza. Con esta estratificación de nive­les, con este tejido de texturas emociona: les y narrativas, el escritor catalán busca y consigue una intensificación de la reali­dad, una unificación concéntrica y afluyen­te de objetivos. Esa su forma mágica para obtener un solo y único estilo verdadero, adquiere toda su cohesión precisamente por esta asunción especial. En las mejores ocasiones de Recuento el lenguaje adquie­re una nueva categoría, una significación distinta de la usual. Para Luis Goytisolo la palabra es un fin en sí misma, la materia prima con la que trabaja. En vez de ejerci­tarse en la violación de la lengua, como hace su hermano Juan a partir de su Rei­vindicación del Conde Don Julián -o con­siderarla como un excremento idiomáti­co- Luis la despoja de aquello que tiene de convencionalismo literario, de tópico. Y en vez de utilizarla como una «antipala­bra» se deja seducir con ella, la muñe y la conquista en busca de sus otros signifi­cados, con el mismo tesón con que busca otro tiempo y otro espacio en este libro.

Recuento arranca de una manera tradi­cional. Su técnica es simple en principio: está escrita en primera persona. El prota­gonista Raúl -¿habrá que decir que buena parte de la anécdota podría ser asumida por el autor?- es un joven burgués que se psicoanaliza en una larga meditación no tanto sobre el marco de una Barcelona de posguerra, de una familia de la clase media alta, sino vencido sobre su propia refle­xión. Hay sí, unos lugares reconocibles -Vallfosca, Barcelona, Rosas ... - donde el protagonista vive su infancia y su primera juventud, en los que Raúl describe su ciclo burgués, sus aventuras políticas, sus zig­zagueos eróticos y, en definitiva, donde el rebelde contestatario se apoya para pro­fundizar psicológica, social, sentimental y políticamente.

Esta novela aclara muy bien las reaccio­nes de uno de los más conspícuos nove­listas de generación del realismo crítico. Mientras sus compañeros -los llamados "chicos del contexto”- se han agotado en un testimonio bastante superficial, expre­sado con indudable empobrecimiento de lenguaje, Luis Goytisolo ofrece los tirones y los impulsos más claros para salir del círculo de una sociedad alienada. Las mi­tologías, los sueños, los escapes y aventu­ras y, por supuesto, los traumas y los fracasos, las frustraciones y las sublima­ciones aparecen aquí con notoria complici­dad, Goytisolo es el "parricida» de la burguesía, pero sin distanciarse ella. Su análisis más que crítico, resulta connotan­te y compartible. La Barcelona goytisolia­na es una vivencia que traspasa el marco físico, el mero espacio temporal; el Raúl personaje no es tanto un ser autónomo e independiente como una alternativa de puntos de vista; el convencionalismo na­rrativo se rompe a la primera ocasión. Por­que a Luis Goytisolo lo que le importa es crear un hombre nuevo, a imagen y seme­janza del íntimo hacerse y deshacerse del protagonista. Es el lector quien pone or­den y coherencia a una historia que suce­de al margen de las leyes cronológicas, en una fluencia que todo lo acoge. Recuento -había confesado su autor- es una de las novelas que más sistemáticamente desarrolla la voluntad de totalizar un mun­do a través de una discontinuidad también sistemática de la estructura. Y, efectiva­mente, en ella se aprecian varios trata­mientos, varias perspectivas, varios len­guajes fundidos en una forma polifónica y circular. Pues de lo que se trataba era de desvanecer la inmediata realidad y reha­cerla de otro modo.

De ahí la calidad alegórica de este libro, el despliegue imaginativo de sus tiempos mentales, que abocan a Recuento a un experimentalismo absolutamente grandio-

so. La escritura pasa al primer y único pla­no. El protagonista no se nos descubre a través de -los datos de su vida- la niñez en Vallfosca, su adscripción a un determinado grupo ideológico, el despertar conflic­tivo del individuo en el campamento uni­versitario, la relación sexual, su desengaño de la actividad política -sino más bien­- mediante datos impersonales del contorno. Porque Raúl es el narrador que se va iden­tificando con la novela misma. Y de ella adquiere su lucidez como personaje y su liberación como individuo. La neurosis del protagonista es de alguna manera la neu­rosis de la sociedad que hace crisis en cuanto individuo, familia, clase social, país, etcétera. Raúl huye e intenta escapar a sus condicionamientos buscando una dimensión vital, abierta a su vida. En un momento determinado tiene "la certeza de un mundo que había tomado por real y que súbita­mente se revelaba como un mero juego de apariencias hipócritas». Cualquier autor del social realismo hubiera dejado la ten­sión de la novela en la mera denuncia, en su capacidad de sugestión como sólo do­cumento. Luis Goytisolo significa un pro­ceso creador realmente insólito. Y que sabe escapar a la inverosimilitud y al "pastiche» instalándose en la ambigüedad como principio de su independencia. Recuento es una metáfora, del destino humano que se hace cuestión de la vida misma, de un tiempo generacional. Pero también presupone una metafísica, el desencanto de muchas simulaciones imputables a la sociedad es cierto, aunque también al propio individuo.

Luis Goytisolo delata, sobre cualquier otra dimensión crítica, la crisis de identidad del hombre en unas circunstancias concretas. No hay otro tema más decisivo en la novela. El escritor no sólo revisa las estructuras de la burguesía catalana, sino su mala conciencia porque no trata de encontrar tanto las causas del remedio, sino la liberación en el sentido freudiano de todo lo que se opone a su definición. La operación literaria de Goytisolo es importante al generar nuevos contenidos implícitos en su nuevo lenguaje que sustituye en la obra artística, la retórica histórica, y la desautoriza con un impulso de validez estructural. No podemos ocultar el impacto revisionista del novelista acerca de las sublimaciones de la vida española, su desmitificación de personas y hechos históricos, su corrosivo deterioro de las diferentes ortodoxias que han campeado a lo largo de la vida española. Nos interesa, sin em­bargo, por algo diferente, algo que pueda atenuar, pero no ocultar, el hecho mera­mente literario: Luis Goytisolo hace avanzar con pasos muy intensos, la técnica de nuestra narrativa.

En definitiva, Luis Goytisolo cierra ahora con brillante ejercicio su intento estilístico y técnico, incoado ya en Las afueras, se­guido luego con Las mismas palabras, Ojos, círculos y búhos, Devoraciones, etc. El jo­ven novelista catalán es uno de nuestros primeros estructuralistas. A él los persona­jes le importan sólo en función del relato, por lo que son en el contexto. Huye por eso de la obra unitaria, de la estructura consabida y habitual rompiendo el "nexo» argumental y sustituyéndolo por una "im­pasibilidad” textual que si en algunas de sus obras -así en Las mismas palabras­- le comunica cierta frialdad y asepsia, en otras como en Recuento lo ha llevado a la cima de sus posibilidades. Y Recuento es, más que una posibilidad, toda una obra hecha.

Estafeta Literaria, noviembre de 1976

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