Si toda novela es un experimento, la formalización -práctica y te6rica- de una realidad aparentemente ajena en su inicio al propio texto, lo es, ante todo, por su carácter de estructura adicta a ese género que resume todos los géneros, a esa suerte de suma de todas las artes de la escritura que constituye la narración, y no sólo como resultado posible sino como verdadera cuestión de principios. Esa manera que constituye toda invención -y la. novela lo es siempre, a pesar de tanta opinión favorable sólo a una suerte de vicariedad respecto de la sola acción-, que se concreta en el diseño de una realidad autónoma, independiente de aquélla a que parece referirse, alcanza en el texto narrativo su textura mayor al recogerse en un ámbito cuyas mínimas reglas tienden, ante todo, a la ampliación de las virtualidades de un discurso que --como Curtius predicaba de la poesía de Valéry- naciendo --si quiere-- de un contenido mínimo deberá alcanzar una capacidad de irradiación espiritual máxima. Bien es cierto que la marca cuantitativa de tal discurso no ha de ser necesariamente escasa, pero sí ha de ser, en todo caso, capaz. El narrador debe escoger entre una muestra infinita de asuntos posibles. Y ha de escoger, necesariamente, uno sólo. Luego podrá ser ampliado, crecerá a partir de implicaciones impensadas, de hilos aparentemente sueltos surgirán nuevas tramas antes sólo sugeridas, ignoradas tal vez. Lo que nace de una idea no ya intransferible sino intrínsecamente única -pues sirve ella y sólo ella para decir aquello, y sólo aquello, que se quiere decir- debe ser luego ese discurso, verdadera lectura del mundo, verdadera teoría del conocimiento que es, por definición, la literatura. Y háblase aquí de irradiación espiritual desde la única perspectiva válida, desde la única posición aceptable cara a la lectura: la de esa necesaria y saludable carencia de moral con que el lector que no sólo busca consuelo debe encarar su ejercicio. No se confunda, pues, contenido con lección, emoción con inteligencia. Piénsese, más bien, que de ésta nace, al cabo todo lo demás. 0, siguiendo a Juan Ramón Jiménez, el nombre exacto de las cosas. Y de esa exactitud, a veces tan seca -el último Valente-- nace aquella irradiación. Los nombres, las palabras -algunas y no otras- conforman el discurso, no otra cosa. Por ejemplo Rosa Chacel, en sus Novelas antes de tiempo -libro admirable por exponer la génesis de una escritura por muchas razones modéIica-, sitúa su sistema de trabajo "en el ámbito mental", y ello con tanta intensidad que "lo no escrito" acaba por admitir solidez semejante a lo dado a la imprenta.
No encuentro ejemplo mejor para ilustrar lo dicho hasta ahora -y pido perdón por la falacia, pues, en el caso presente, la digresión nace del propio ejemplo- que Antagonía, la magistral tetralogía de Luis Goytisolo. En la literatura siempre aquejada de esa mala conciencia que le otorga el cojear de uno u otro pie -todavía hay quienes al diseño oponen ferozmente el designio, quienes frente al cuidado por el estilo se definen con una supuesta obligación de dar al público (¿qué público?) lo que pide (¿qué pide?}-, en una literatura, digo, en la que todavía se plantean .enfrentamientos que se resuelven -aún- por la única vía del tener, -o no, "cosas que contar" --como si el avatar de lo personal en un mundo desustanciado no fuera ya bastante materia narrativa- la prosa de Luis Goytisolo aparece como el más lúcido ejemplo entre nosotros de lo que debe ser la escritura enfrentada a la narración. En Luis Goytisolo se produce, además, palpablemente, un hecho que me parece capital a la hora de verificar el estado actual de la novela escrita en castellano en España: la madurez de una generación crucial. En efecto, el hecho de que narradores como Juan García Hortelano, Juan Goytisolo o José Manuel Caballero Bonald hayan escrito como lo han hecho sus últimas novelas, es un dato que les sitúa -a pesar de ser bastante lógico-- como menos distanciados de lo que pudiera parecer años atrás respecto de los autores más jóvenes que ellos y, por añadidura, felices negadores de esa manera realista muy concreta de la que sus mayores -junto al caso especial de Juan Benet, nunca adicto a tal escuela- han sabido, no ya separarse hace bastantes años, sino, al campar por sus respetos, tener bien poco que ver con ella. Y ello por no referirme a las últimas novelas de Jesús Fernández Santos o a los ensayos -prodigioso ejercicio de estilo- de Rafael Sánchez Ferlosio. En cualquier caso, el nombre de Luis Goytisolo me parece especialmente ilustrativo. Sobre todo porque su modo de concebir la narración, su catadura de novelista clásico en muchas cosas, pero también su consciencia de lo que el género exige, de la prioridad de la escritura como generadora de cualquier otro contenido, le hace configurarse como una suerte de caso arquetípica. Y porque --el pronóstico es fácil- su obra es ya uno de esos discursos cuyo valor el paso del tiempo no hará sino acrecentar. Antagonía --compuesta de cuatro novelas: Recuento (1973), Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981}- constituye, sin duda, uno de los experimentos más ambiciosos de toda la novela en castellano de los últimos años. La tetralogía de Goytisolo, culminada ya, aparece ante su lector como una obra en la que inteligencia y solidez configuran un discurso tan pleno de sugerencias, tan abierto a una indagación plural y múltiple, como cerrado en sí, como ordenado a una extraña perfección. La propia estructura del ciclo, la posibilidad de desprender de la lectura conjunta --naturalmente la más lógica- otra lectura independiente, desligada del origen de cada una de sus entregas como partes insertas en un continuo narrativo, otorga a Antagonía una libertad de lectura tan amplia, siquiera, como la libertad de una escritura que se plantea su posibilidad reconstructora de la realidad desde las pautas dadas por un discurso diversamente planteado en cada una de sus partes -curiosamente, la unidad llega también desde una aparente diversidad que sólo se configura en su verdadera cohesión desde la lectura de Teoría del conocimiento, última entrega del ciclo, que cumple, así, plenamente, su verdadero papel como tal.
Recuento venía a proponer una suerte de punto de partida -aun dentro de su carácter autónomo, de ese mismo carácter que hace que las demás novelas que componen Antagonía puedan, a pesar de que cada una de ellas sea sólo en cuanto las demás son (sobre todo en cuanto es la parte capital de todo el ciclo: Los verdes de mayo hasta el mar, considerarse como piezas susceptibles de ser analizadas por separado, un poco a la manera estructural de las pasiones bachianas-, un modo de pensar la realidad al tiempo que se ponían las bases de todo Jo que el discurso posterior --uno y plural- habría de ir dando a su lector. Tal vez por eso, por lo que hay en ella de búsqueda de un referente a través del análisis de un momento marcado por toda una serie de implicaciones sociales y políticas -y todo hay que decirlo, por la propia tendencia de quien esto escribe a partir, al hablar de Luis Goytisolo, más del método, de la conformación de la escritura, que de lo que ésta dice (al alcance lo último de cualquiera que quiera ponerse a ello}- Recuento, con ser ya una obra gigantesca, aparece respecto al resto de la tetralogía como la zona más aparentemente denotativa, por más que imprescindible, de cuantas lo componen. A la par, quizá, con La cólera de Aquiles, apasionante por tantas razones. Diríase que Recuento juega el papel de un planteamiento en el conjunto de la tetralogía. Un planteamiento que se desarrolla a través de mayores complejidades estructurales en Los verdes de mayo hasta el mar, se retoma en La cólera de Aquiles -por medio, sobre todo, de una breve novela intercalada: El edicto de Milán- y se desarrolla para, a la vez retornar a su origen en una especie de camino de ida y vuelta, en Teoría del conocimiento. Los verdes de mayo hasta el mar me parece -y lo digo con tranquilidad absoluta- una de las mayores novelas escritas en castellano en muchos, muchos años. Uno de esos textos de referencia que obligan a volver la vista sobre ellos cuando se trata de demostrar talo cual virtud. Pero es que, además, este libro posee la particularidad de resumir muy bien lo que es el conjunto al que pertenece. En él se narra y se diseña la escritura desde y a través del intento por configurar lo ya pensado. La aparente complejidad no es sino la que nace de lo peculiar, de lo distinto encarnado en el intento -plenamente logrado- de unir visión de la realidad y conciencia del lenguaje. Por eso no puede hablarse en Luis Goytisolo solamente de lo primero. Cuando se nos dice que nuestro autor retrata una parcela muy concreta de la sociedad barcelonesa de los años del franquismo no se yerra, pero tampoco se dice todo. Subjetividad, pues, pero en su mayor sentido: el que le otorga su proceso de formalización. El pudor aquí llega sólo por el lenguaje. El proceso de destrucción se consuma ya desde el principio. La ficción va generando afluentes que son en realidad desarrollos paralelos, teorizantes que acaban por ser datos asimilables al conjunto. Los verdes de mayo hasta el mar marca el punto de inflexión de toda una escritura y constituye el punto de partida de la madurez de su autor. Inevitablemente, un ciclo que ha necesitado diecisiete años de trabajo es también un buen baremo para medir la evolución de quien lo ha hecho. Pero tampoco hay que llegar a ser demasiado tajantes y hacer de ese camino hacia adelante el trasunto de un camino común. La segunda novela de Antagonía no supone la ruptura con nada -al menos de modo radical- sino un paso adelante que tiene mucho que ver con los textos que Luis Goytisolo agrupara en esos dos libros sorprendentes que son Ojos, círculos, búhos y Devoraciones y que con demasiada frecuencia se consideran aisladamente respecto de la obra general del autor de Las afueras. En una obra de la envergadura de Antagonía cada una de sus entregas ilumina zonas de sus antecesoras o de sus sucesoras. Dentro del conjunto, La cólera de Aquiles puede representar muy bien ese papel de gozne. Si Recuento expone, Los verdes de mayo hasta el mar desarrolla y Teoría del conocimiento concluye, La cólera de Aquiles, en apariencia una obra de menor alcance, da más de una clave a la hora de enfrentarse a todo el ciclo. Su aspecto es el de un ejercicio ciertamente gozoso para quien escribe y seguramente enervante para quien lee de modo --digamos- inocente, el único modo quizás en que funcionaría aquí una lectura predicable como ideal, desprovista de las claves que da el antes y el después. Porque la novela es algo muy distinto a lo que parece, en la misma medida en que sus presupuestos simulan haber traicionado a su autor. Lo que ocurre es que ese ejercicio lector que se nos propone colabora a que la relación entre intención y resultados se difumine -como, luego, parecería previsto- por arte de una lectura que, lejos de la diversión a que parece estar abocada, termina por caer en esa trampa certeramente tendida. La trampa que dispone sabiamente la mediación de un personaje de los calificables como "de una pieza": Matilde Moret. Porque, al contrario de lo que sucede en Los verdes de mayo hasta el mar, donde la multiplicación constante de sus protagonistas, su inserción en una verdadera teoría de la escritura donde ficción y realidad se confundían, donde la descripción del proceso narrativo --que aparecerá luego con mayor distanciamiento en Teoría del conocimiento- se fundía inseparablemente al relato, en La cólera de Aquiles es la linealidad de la escritura lo que parece imponer una lectura unívoca. Una lectura que nace de una concepción vale decir clásica del narrar y que se agazapa bajo las apariencias menos complejas para mostrarse luego en una multiplicidad impensable. En primer lugar está esa Matilde Moret, personaje a quien el lector se resistirá a reconocer como tal -el equilibrio de la escritura nunca equivale a frialdad en Luis Goytisolo-, un ser que se mueve entre la megalomanía y una cierta envidiable decadencia, excelente criatura de ficción a la que si falta tal vez una definición más creíble no es sino por la ausencia en quien lee de ese distanciamiento respecto de lo que ocurre en las páginas de la novela que sólo su relectura parece propiciar. Por no hablar de lo que puede ser otra causa de ello: la brusquedad del salto desde los habitantes no tan claramente designados --voluntariamente- como espléndidamente diseñados de Los verdes de mayo hasta el mar. En cualquier caso, Matilde Moret es una protagonista omnipresente, que se mueve a la perfección en un universo creado por el lector a su medida pero a quien -y esa es otra de las trampas algo falta para mostrarse de modo absoluto. Ese algo es, tal vez:" lo que obliga a quien lee a odiar al petulante objeto de sus esfuerzos, seguro siempre de sí, obstinadamente empeñado en describirse, en ser el centro de todos los acontecimientos que desfilan ante los ojos atrapados del observador. La propia Matilde Moret creará otro personaje, trasunto de sí misma, la Lucía de El edicto de Milán, novela intercalada en La cólera de Aquiles. Y a Lucía le ocurrirá lo que a su autora: que según avanza el relato su definición se irá diluyendo, al tiempo que el lector observa, atónito, cómo su heroína se le escapa de las manos. Lo que comenzó siendo un personaje adorable, como desvalido en su abandono ante las acuciantes necesidades políticas de su hombre, se convertirá en una mujer fuerte, autosuficiente y que, además, estará dispuesta a casarse con otro sin demasiado convencimiento. El ejercicio lector traiciona sus intenciones. La buena voluntad inocentemente entregada recibe a cambio la ambigüedad del triunfo de lo que no estaba en el programa.
Es la ficción dentro de la ficción -recurso muy querido al autor- lo que amplifica este efecto. Porque que uno se vea engañado por la heroína, pase. Pero que también lo sea por la heroína de la heroína --y ya está puesto en marcha un mecanismo tan sutil como inteligente- resulta demasiado. Y es que la novela-dentro-de-Ia-novela funciona como amplificación de recursos, como una alegoría fácilmente identificable y muy eficaz en la práctica. Goytisolo es aquí, diríase, tan buen novelista teórico como novelista práctico. de ahí que, además de proponer una teoría de la lectura tras haberlo hecho de la escritura, alcanza una inusual relación entre los recursos empleados y los resultados obtenidos. La lectura que se propone es, en cierto sentido, impuesta por la falacia -a su manera- del novelista. Un novelista que recurre a los efectos más inmediatamente activos, a los más sensibles útiles para conseguir su propósito. Lectura, pues, complementaria de Los verdes de mayo hasta el mar, en el sentido de una cierta variación en el quiebro del lector, de un cierto planteamiento más relajado al que contribuye el hecho de dejar el relato en manos de la primera persona, eje esa Matilde Moret experta guía en el arte del desconcierto. Tan experta que hasta colabora con su propio autor al decidirse a entregar a la imprenta El edicto de Milán. Porque El edicto de Milán -y creo que más aún tras la lectura de Teoría del conocimiento- acaba por configurarse como un elemento fundamental en el total de Antagonía. Me parece ocioso analizar si se trata o no de un buen relato --no hay en él la ambigüedad de la autoría de la primera parte de Teoría del conocimiento, relato del que conocemos quien lo ha escrito pero cuyos rasgos de estilo son, digamos, menos pretendidamente obvios-, de un relato mediocre o, como se deduciría del testimonio de su autora, y ella rechazaría -o aceptaría, quién sabe-- de un relato pretencioso. Es, simplemente, un capítulo fundamental en el conjunto de la novela y que aporta claves decisivas para su análisis. La justificación de los errores del relato menor es aplicable a la narración en que se inserta, las claves de su lectura son comunes, el ejercicio de complementariedad que exigen, se muestra evidente. Por otra parte, la presencia de la novela intercalada amplía las consecuencias del conjunto, permite observar mejor esas nada desdeñables teorizaciones con que Matilde Moret finaliza su largo discurso. Por lo demás, rasgos comunes aparecen en La cólera de Aquiles despojados de esa cierta imagen de trascendencia que tuvieron en Recuento o en Los verdes da mayo hasta el mar: sexo, mito, paisaje, los pasillos del subconsciente, las fijaciones de la infancia, la sordidez de la juventud, las figuras entronizadas y nunca destronadas, las implicaciones de la acción política ... , todo vuelve de nuevo, envuelto sin embargo en un personaje que, a pesar de su disponibilidad inicial, obliga al lector a verificar un esfuerzo, si no tan complejo como el provocado por las dos novelas anteriores o por la que cierra el ciclo, no menos sorprendente. Teoría del conocimiento trata de resumir todas las propuestas de Antagonía desde una posición que, en cierto modo, es también reflejo de la disposición total de la tetralogía como conjunto. En tal sentido puede aparecer como la más fría de las cuatro novelas, pero es, sin duda, la que atempera todas las conclusiones parciales. El relato, además de ofrecer una escritura, ejerce aquí una función, cierra y abre el conjunto en que se inserta. Al terminar con ella la lectura, comienzan todas las digresiones, cada conclusión tiene en ella su propio inicio. Esas reflexiones en que se demora la prosa, que nacen de un núcleo aparentemente mínimo -la anécdota o, en ocasiones, el ejemplo- para crecer y desarrollarse en forma de consideraciones, más amplias del psicoanálisis a la teoría de la novela- no cierran propuestas sino amplían posibilidades que son, en el fondo, como una reducción del sentido todo del ciclo, como una sucesión de antecedentes y consecuentes que, surgidos de un punto concreto, debe el lector ordenar en connivencia con un narrador que, al cabo, no deja nunca de meditar sobre sus propios planteamientos, como si ese abierto catálogo retórico que, también, constituye Antagonía, tuviera que seguir mostrando su eficacia hasta el final. Como en todo verdadero ciclo novelesco -y prefiero no citar títulos, pues caer en la comparación sería limitar el alcance y la unicidad evidentes de esta verdadera obra magistral que es Antagonía-- el fin es siempre un principio. En realidad todo texto de ficción empieza cuando se ha cerrado la última de sus páginas, También Teoría del conocimiento, con clara premeditación, abre absolutamente todas las posibilidades de análisis de Antagonía, todo el cúmulo de acercamientos y virtualidades que sólo la escritura plena propicia a quien a ella se acerca. Multiplicidad de posibilidades que no nace sólo de la disposición del material narrativo --con ser esto ya un verdadero ejercicio de la inteligencia- sino de las propias sugerencias de una prosa tan rigurosa como atrayente. El inicio de Teoría del conocimiento es, en este sentido, un ejemplo modélico que, como algunos fragmentos -las conversaciones Carlos -Aurea- de Los verdes de mayo hasta el mar, uno se resiste difícilmente a transcribir. Una prosa que, siendo siempre la misma, es siempre diversa, que trasluce con suma eficacia el tono de sus sucesivos poseedores. Los distintos narradores -piezas de un relato más amplio que no es, sin embargo, una suma de relatos, sino una narración profundamente unitaria- se definirán, además de por su relación con la realidad, también por su estilo, por su manera concreta de contar lo visto. No hay que olvidar que se trata, en muchos de sus puntos, de la descripción de un proceso narrativo -en su doble vertiente escritura-lectura, como modos diversos y concurrentes del conocer- que se inserta, se entrama, en la novela total. Esa aparente compilación de datos que, en algún momento, parece sustituir al narrador primero, no es, precisamente, sino la formalización de toda esa multiplicidad de caras de lo real cuya suma compone esa teoría del conocimiento que se nos propone, repito, no como suma de esos mismos datos, sino como conclusión de sus relaciones. La multiplicidad de narradores aparece al final de Teoría del conocimiento como lo que es: un método para ordenar la realidad a través del lenguaje. Esa sucesión Carlos hijo-Riberto-Raúl Ferrer Gaminde-Luis Goytisolo no es sino la realización práctica de lo que ha de ser toda novela. El ejercicio del lenguaje muestra, entonces, lo real de ese modo que sorprendería a C.M. Bowra y que, como él mismo señalaba, tan difícil es de hallar: explorar los rincones ocultos del yo a la par que interesarse por los asuntos públicos. Ir, además, de aquellos a estos: Comenzar y concluir en la escritura.
Teoría del conocimiento es, por su propio carácter de cierre y apertura, quizá la parte más dependiente del resto en Antagonía, menos independizada como relato autónomo, resumen de ese planteamiento que hace de cada elemento de la tetralogía como una composición en la que cada pieza fuera en sí una trasposición de lo que ha de ser la figura toda. También en Teoría del conocimiento el relato aparece más despojado de posibles implicaciones «literarias» de los referentes ya conocidos por el lector en sus antecesores. Así como el diálogo va reduciéndose progresivamente, a medida que la tetralogía avanza, elementos como la descripción o el paisaje ceden el paso a una visión cada vez más interiorizada de la realidad, como más seca en su diseño, pero también -esa sequedad, volvemos al principio, como rasgo de la inteligencia- de sugerencia más amplia. Teoría del conocimiento es, en tal sentido, una novela en la que la necesaria remisión a sus precedentes no actúa como limitación en su vuelo estilístico. Más aún, es un paso significativo en la obra de Luis Goytisolo en cuanto que, a pesar de constituir el fin de una experiencia narradora, parece anticipar planteamientos futuros. Ahí está por ejemplo, y entre otras cosas, ese dominio de lo que, para entendernos, podríamos llamar psicología del personaje y que lleva al autor a la conclusión de que no hay mejor modo de concretar el designio que la ambigüedad y la paradoja nacidas de una escritura que aquilata al máximo su pertinencia. Lo que en La cólera de Aquiles ejemplificaba Matilde Moret, es en Teoría del conocimiento asumido de pleno por ese compilador de narraciones diversas que cree-ser -desconocedor él, que no quien lee, de que también es, en el fondo, un fragmento- Raúl Ferrer Gaminde. La diferencia, desde el punto de vista de ese mismo lector, es, sin embargo, bien palpable a la hora de enfrentarse a las narraciones de una y otro, pues el apriori que las condiciona es en cada caso radicalmente distinto, entre otras cosas por esa misma función de recuerdo que ejerce la última entrega del ciclo. Tras Teoría del conocimiento la «cuestión» -como diría Janvier- está resuelta. Cerrada ya, cubiertos todos sus pasos, Antagonía es la obra de un novelista tan dominador como inteligente, de un escritor excepcional, de un escritor, en gran medida, único.