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     Casi siempre que oigo, el calificativo difícil aplicado a un texto actual, a veces en per­sonas de indiscutible solvencia cultural, me pregunto de qué forma tan anecdótica y pueril deben leer estas personas a los clásicos cuando creen que es más fácil La Orestiada  o La Divina Comedia  que el Doctor Faustus de T. Mann o una novela reciente de Cortázar. Creo que ello se debe a un vicio de lectura como el del que se empeña en descubrir contenidos concretos en la pintura abstracta. Claro está que el patrón de lectura de Balzac, con un hilo anecdótico y una sucesión cronológica simple, no es adecuado para una gran parte de la novela actual. Sin embargo, el paciente lector que se había ya acostumbrado al monólogo interior, a los “flash-backs” cinematográficos y al cambio de discurso con letra bastardilla, se encuentra que todas estas servidumbres no le bastan para penetrar en  Los verdes de mayo hasta el mar. No porque sea más o menos difícil, sino porque es distinta. Creo que, al contrario de lo que ocurre con la literatura clásica, la contemporánea basta con leerla. Sin conocimientos históricos sobre las dificultades del estado ateniense en la época de Eurípides, la lectura de Las troyanas puede escapársenos; en cambio, no es preciso ese conocimiento erudito para casi ninguna obra contemporánea. Basta con no intentar prefijar modelos ni esquemas de lectura. Dejarse ir por la obra literaria hasta que ésta adquiere coherencia para nosotros. El único secreto radica en descubrir la lectura que cada obra precisa.

     En el caso de la última novela de Luis Goytisolo como en la precedente, Recuento, las claves se hallan en la obra misma. A medida que se avanza se clarifica el contenido y el lector es invitado a reiteradas vueltas atrás. También Luis Goytisolo compara su obra con la plástica moderna y ve en ambas una sustitución de la realidad por la obra. Los árboles de un cuadro no deberán medirse con los árboles reales porque son en sí mismos “realidad inventada”. Este concepto, el texto o la obra como realidad en sí mismos, ligado al tema de la influencia que este texto ejerce en el propio autor, son probablemente las claves de una obra que exige, eso sí, la invención de una forma de lectura.

     Cuándo la novela realista de los años sesen­ta buscaba su identidad frente a la novela le precedía solía poner el acento en el hecho de su objetividad narrativa. El autor no era como un dios respecto a sus personajes, sino como el ojo de una cámara fotográfica. Ante este planteamiento opuesto, del papel del autor, Luis Goytisolo, ya desde el primer volumen de su Antagonía, afirma con claridad que la identidad del autor no es ser como Dios,  sino ser Dios respecto a su creación. Esta imagen permite introducirse en el tema, para mí capital, de Los verdes de mayo hasta el mar: la dialéctica entre el autor y la obra.

     Me refiero al autor, no al personaje  de la novela, Raúl, reflejo a su vez del escritor, sino al propio Luís Goytisolo, que a lo largo de la obra sufre modificaciones en su comportamiento y en su pensamiento, modificaciones que a un mismo tiempo influyen en la obra y son producto del influjo de la obra en el autor.  La obra, la antagonista, que es a la vez proyecto de obra o profecía, parte de esa obra que se va haciendo y la obra acabada tal como es.  Dos procesos, el del autor y el de la obra, que fluyen paralelos y se influyen confundidos a veces sus propios tiempos: el de la creación li­teraria y el inventado o el del protagonista. Proceso, como muy bien ha dicho Alfred Sargatal, en un excelente artículo "en el que impera el tiempo exigido por la creación literaria frente al tiempo que exigiría la realidad de los se hechos relatados" (2).

    Para ilustrar esa relación autor-obra que  protagoniza su novela, Luis Goytisolo encuentra, la comparación exacta. Si antes el escritor era el arquitecto de la obra, ahora es el urbanista, planificador de ciudades que, a diferencia de los edificios, nunca se realizarán como él  imaginó, sino que seguirán su propia dialéctica, que a su vez influirá en el urbanista y en las planificaciones sucesivas, sin que las nuevas intervenciones del autor hagan otra cosa que iniciar nuevas etapas siempre imprevistas.

     Partiendo de la hegemonía de este tema, la novela se desarrolla en varios planos significa­tivos, siendo el más fútil el puramente anecdó­tico de la fuga de un escritor con su amante a Rosas y la magistral descripción de la vida de una determinada burguesía en la costa catala­na, que nos revela las dotes de excepcional ob­servador, que P. Gimferrer destaca como una de las principales cualidades del autor.

     Más importante me parece la reflexión sobre la Teoría literaria, o sea, el nexo entre el autor y la obra, tema que a lo largo de la novela apa­rece y reaparece, y que constituye en si mismo un importante corpus de doctrina, que aquí se constituye en material novelesco, como ocurría en Recuento con otro tipo de temas. En forma más adjetiva, pero constante des­de las primeras páginas, aparece el tema sexual y erótico. Los verdes de mayo hasta el mar, quizá haciendo gala a su título, es una gran no­vela erótica, aunque el erotismo ocupe con más frecuencia el infrarrelato o el suprarrelato  que el propio relato.

     Al igual que Francis Ponge, que en su .ma­gistral Meditation sur le bois de pins incluye la metodología que le ha permitido escribir el poema y un intento de, interpretación desde fuera, y todo ello unido constituye Ia Obra, también el autor de Los verdes de mayo hasta el mar, de una manera obsesiva, se refiere a sus mecanismos de creación, a los progresos en la obra que va escribiendo, a su interpreta­ción o a su recapitulación.

     Es importante distinguir la técnica empleada por Luis Goytisolo en esta obra de la del mo­nólogo interior. Este se realiza siempre en un plano, en el pensamiento, ya sea de un personaje o en el del autor que se identifica con ese personaje; por otra parte, el monólogo tiene los límites que el autor ha imaginado previa­mente para el personaje. En el discurso de Luis Goytisolo se rompe ésa convención. No hay un solo personaje, no hay un autor, hay dos: él, Luis Goytisolo, y Raúl, el protagonista, sin que quepa muchas veces distinguirlos con claridad.

     El discurso, en este caso, no es un monólogo interior, reproducción simbólica del pensamiento "a posteriori", sino pensamiento en acción, proceso que arrastra contradiccio­nes y errores, inseguridad en las localizaciones y en los nombres. ¿Pero dónde está la verdad? ¿Es el cabo Orfeo o el cabo Norfeo? Si el au­tor pudiera contestarnos, colocarse por encima de su discurso, podríamos confundirlo con el monólogo interior. Pero aquí el autor es tam­bién el personaje. En algún momento alude el autor a la escritura automática, y podría ser que su escritura  fuera realmente la escritura que los surrealistas de los años treinta no llega­ron a encontrar.     La obra requiere un estudio en profundidad del sistema de asociaciones y comparaciones. Merece la pena citar un ejemplo, porque no tie­ne sólo un valor estilístico, sino que constituye un auténtico motor de la obra. Al igual que el transcurso del tiempo que hace avanzar las no­velas de Balzac o la psicología del personaje las de Flaubert. Las comparaciones de largos párrafos tienen una indudable raigambre dan­tesca u homérica y constituyen, junto a la yuxtaposición simple, una de las técnicas más usadas por el autor para pasar de un tema a otro. Las asociaciones son frecuentemente fonéti­cas, y habría que destacar el papel fundamen­tal que "el autor atribuye al plano significante y a los parentescos sonoros entre palabras; otras veces se producen por cambios semánticos al variar una mayúscula (la tonta del Bote se con­vierte en la tonta del bote, referido a un perso­naje concreto y a un bote) o por comparación con gran frecuencia con símbolos sexuales. Cito un párrafo que me parece realmente anto­lógico y muy explicito, aunque en este caso sea sólo a nivel estilístico, de una libertad asociati­va que a veces podría parecer automatismo si no apareciera tan clara su intencionalidad.

“… la había descrito como una de esas exaltadas revolucionarias de cama, que asimila el concepto de pueblo al significado arbóreo de populus en su versión piramidal, tumultuosa multitud de enhiestos miembros viriles sólo comparable como panorama al que se nos ofrece en Las Lanzas".

     La sucesión pueblo, populus, árboles, miem­bros y lanzas ilustra no sólo sobre el estilo, sino sobre la armazón de esta obra que incorpora formas de hacer típicamente poéticas y ensayistas y sobre las formas de enlazar temas entre sí. Sólo el afán de sintetizar justifica repetir conceptos que quedan muy claros en la lectura del libro, tan claros como los intentos reitera­dos del autor de resumir, recapitular o inter­pretar el camino recorrido. A diferencia del monólogo interior, forma esquemática y sim­bólica de reproducir el fluido mental, el discur­so de Los verdes de mayo hasta el mar, como el pensamiento, se permite la reflexión sobre sí mismo, la recapitulación. En la página 256, el autor realiza una sinopsis, como de solapa de libro, del argumento de la novela. No para guía de lectores desorientados, por supuesto, sino como un material más de la obra, tan relativi­zado y cambiable como el resumen que en un momento dado nuestro pensamiento haría de nuestra vida pasada.

     En las críticas y comentarios que he tenido ocasión de leer, se observa un cierto retraimiento en los juicios generales sobre el libro o su ubicación en el panorama actual de la nove­la o la posnovela. Quizá la empresa conlleve algún riesgo. Creo que ha llegado el momento de recordar que Los verdes de mayo hasta el mar constituye el segundo tomo de una tetralogía, cuya primera parte, Recuento, culminaba en unas páginas que representaban el inicio de la obra literaria propiamente dicha: ¿Es Los verdes de mayo hasta el mar esa obra literaria o, más bien, habida cuenta de la coincidencia temática, es el desarrollo de lo que era allí un germen? Pienso que, efectivamente, existe un nexo formal en este sentido, y es probable aventurar que Los verdes de mayo hasta el mar es la obra literaria globalizadora frente a  un Recuento acumulatorio, aunque el verdade­ro nexo entre ambas novelas y la función de cada una en la tetralogía no aparecerán con claridad hasta el final, seguramente hasta esa prometedora Teoría del Conocimiento que bien pudiera ser la guía epistemológica, la in­troducción o el vademécum de una saga de la cual Recuento es, como su título indica, la recapitulación final.

     Dentro de la simbología comúnmente aceptada, el color verde representa lo joven, lo no maduro y también la sexualidad y el erotismo. Para mi no hay duda que esta novela, en donde Freud ocupa un lugar tan importante, aun­que no tan respetado, como Dante, es una novela erótica. Quizá no erótica como una novela de Sade, sino más bien como el Génesis leído por un niño.

Cuadernos para el diálogo, 24 de septiembre de 1977

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