Publicada por partes en España entre 1976 y 1981, y ahora editada en su conjunto, Antagonía es, por muchas razones, una obra ejemplar. Entre ellas, por su nada habitual modo de asumir su propia ambición -no creo que resulte baladí recordar los modelos a que el propio Luis Goytisolo aludía hace poco: Musil, Handke, Bernhard-, de constituirse -y ahí otro de los puntos que la convierten en una excepción- en referencia de sí misma.
No niega nunca Goytisolo la amplitud de su empeño resguardándose en los límites de cada una de sus cuatro etapas, solapando posibles virtudes y defectos en la propia extensión física de lo escrito. Y es que sólo como lectura conjunta -por más que una por una cada entrega del ciclo constituya un texto narrativo de primer orden- la tetralogía alcanza la evidencia de su ambición, explica unas claves que son sólo en razón de sus complementarias.
Cada una de las zonas de Antagonía es en sí una obra de características propias, pero cuando se indaga desde su antecesora o cara a la que ha de seguir es cuando verdaderamente alcanza todo su valor.
Sólo en su conjunto la obra de Luis Goytisolo aparece como ese intento pleno por llegar a ser. En tal sentido, Antagonía es un texto único en el panorama de la más reciente novela en castellano. Un texto que se une a la corta lista de excepciones que va configurando nuestra actual historia literaria, tan acostumbrada a ir sobreviviendo a base de rarezas.
Recuento es el punto de partida. Quizá también la zona menos compleja de la tetralogía, la más lineal, la más discursiva, la que muestra a su lector un mundo que, aun expuesto ya en su totalidad física, es a la vez sólo el inicio de una indagación que alcanzará después en los tres títulos que siguen -sobre todo en Los verdes de mayo hasta el mar y en La cólera de Aquiles- a sus zonas más profundas.
Planteamiento de lo que ha de venir, biografía de quien luego tanto habrá de decir sobre sí mismo, historia común, a la vez que historia del personaje, Recuento es lugar cerrado y posibilidad abierta. Su título representa ya su intención recopiladora, y su extensión reflexiva inicia el ciclo y anuncia - Teoría del conocimiento será, en realidad, el verdadero recuento- su continuación y su final.
Los verdes de mayo hasta el mar es, a mi modo de ver, la zona capital de Antagonía y, de paso, una de las novelas mayores de nuestra literatura en muchos años. La reflexión sobre la escritura que constituye su eje se verifica aquí a través del análisis de una parcela determinada de una sociedad que sirve como pretexto y que, muy inteligentemente, nunca alcanza el rango de objetivo final.
La peripecia común sigue sirviendo como armazón de una historia personal que se formaliza, doblemente, por parte del personaje que escribe y del narrador que comprende la escritura toda.
En Los verdes de mayo hasta el mar se produce la inflexión cualitativa, la apuesta más fuerte en todo el proceso, la opción definitiva a la hora de dar forma a una visión de la realidad a la que no le bastaba con la observación implacable pero limitada de Recuento. Concentrándose en sí el asunto se ensancha y la prosa de Goytisolo recupera en esta obra maestra alguna de sus zonas más complejas, toda la capacidad expresiva procedente de libros como Ojos. círculos. búhos y Devoraciones.
Si Los verdes de mayo hasta el mar es la novela de la escritura, La cólera de Aquiles lo es de la lectura. En ella llega el turno del lector a través de una proposición de participación activa que pasa por la aceptación de las convenciones inherentes a su papel. Un personaje, Matilde Moret, trata de imponer su ley en la cuerda floja de la verdad absoluta y la falacia total, como queriendo llevar al lector al terreno en que se confunden el engaño y el juego, la complicidad y el rechazo.
Más que de la necesidad de un lector implícito habría que hablar de la entrega al texto de un lector decididamente ingenuo, aunque nunca confiado. La novela intercalada en el texto, El edicto de Milán, complementa a éste y decide a la vez la situación de un lector que se contempla a sí mismo leyendo su propia lectura.
En cierto sentido, La cólera de Aquiles puede asimilarse a Recuento en cuanto aportadora de datos, y su situación dentro de la tetralogía la hace configurarse como zona, a la vez, de resumen y de estímulo.
Esta tercera parte del ciclo, desde su apariencia menor, ordena muchas de las sugerencias de su predecesora y prepara las conclusiones de la que habrá de cerrar el empeño.
Teoría del conocimiento es, por su propia posición en la tetralogía, por su carácter recopilador, la novela más dependiente del resto. Hay en ella, incluso, una decantación de los elementos de la escritura en aras de su propia función como resumen. Ello no significará, sin embargo, constricción alguna en los caracteres de un estilo que eI tiempo dirá si parece o no anticipar lo que habrá de venir después de Antagonía, pero cuyo despojamiento no obedece más que a su intención.
Teoría del conocimiento otorga la clave final del protagonista y su historia, de ese personaje, lector, narrador, fragmento de sí mismo y de un existir que le rebasa que se llama Raúl Ferrer Gaminde. El conocer surge, así, de la previa confrontación entre escritura y lectura.
El cierre de la tetralogía provoca de tal modo su principio, otorgando a quien lee la pauta de la otra escritura, provocando por tanto la necesidad de una lectura otra. El texto obliga así a un nuevo ejercicio lector, a volver sobre él, poseyendo ya todas sus claves. El ciclo se cierra abriéndose otra vez porque el fin de la lectura no era sino exigirse de nuevo a sí misma, porque la realidad ha sido ordenada por el lenguaje.
¿Y dónde quedan -se me dirá- en este repaso personajes, asunto, escenario, historia, todo lo que configura el pretexto de esta obra excepcional? Son partes indisolubles de un continuo que los crea y los destruye, mientras ellos, a su vez, destruyen y crean el texto. La biografía y la historia se entrecruzan en la burguesía barcelonesa de la posguerra, de los años cincuenta, de la lucha contra el franquismo. Carlos hijo, Roberto, Raúl Ferrer Gaminde son, a la vez, personajes y narradores. Ahí está esa Matilde Moret de La cólera de Aquiles, autora, bajo el nombre de Claudio Mendoza, de una novela, El edicto de Milán, cuyo personaje, Lucía, no es sino ella misma. Todos ellos ejemplifican una lectura del mundo.
Todo este conjunto ordenado de personajes que escriben sobre sí mismos, que reflexionan sobre su escritura, que obligan al lector a indagar en los códigos de su experiencia como tal, que tratan de explicarse la historia común tanto como su propia historia, que reflejan los modos de una sociedad contradictoria unas veces, dramática otras, patética a menudo, acaba por confirmar a Luis Goytisolo como un narrador excepcional.
Las casi 1.500 páginas de su tetralogía constituyen un ejercicio de narración rigurosa, de concepción de la literatura no sólo como recuento, no sólo como teoría del conocimiento, sino, por encima de todo, como escritura capaz de transformar la realidad exterior en universo propio, el espacio real en espacio narrativo a través de la capacidad formalizadora de un estilo que conoce su lugar preciso, que se configura por fin como la clave de la propuesta toda Antagonía es, así, el triunfo de la inteligencia.