Antagonía se publicó en España en cuatro entregas, entre 1975 y 1981. La recepción de cada una de las entregas (Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento) no pudo ser más entusiasta, pero el alcance literario del conjunto quedó gravemente distorsionado por su lectura fraccionada. TodavÍa hoy, transcurridos más de 15 años desde la primera edición íntegra de la obra (en 1983), se alude a sus distintas partes como si de entidades independientes se tratara, y muchos son los que, habiendo leído solamente ésta o aquélla, se hacen una idea muy remota de lo que la novela entera significa.
A este problema de recepción hay que sumar los que añade un cambio de rasante en el horizonte de expectativas del lector medio español, que durante los años en que se va publicando la novela se desentiende de las orientaciones trazadas en la narrativa española durante buena parte de los años sesenta y setenta. Lo hace en nombre de una saludable normalización y puesta al día de los paradigmas literarios que se producen al precio de buenas dosis de confusión y de oportunismo, y que en términos globales supone la conquista de una convencionalidad de la que ciertamente andaba escasa la narrativa española, pero que constituía precisamente el orden que aspiraban a trascender los impulsos renovadores activos en ella desde finales de los sesenta, y de los que la mole narrativa de Antagonía viene a ser uno de los más fundamentales logros. Durante la última década, en la resaca de "la pleamar de los ochenta", algunas de las direcciones más sugerentes y prometedoras que señala la narrativa española se reconocen prefiguradas ya -cuando no radicalmente desarrolladas- en esta novela, que a su vez refuta las más conservadoras y erradas. Definido por Pere Gimferrer como "un arte del tiempo y de la estructura", el de Antagonía es un empeño que asume con toda lucidez las consecuencias que para la novela comporta el desvelamiento progresivo de los mecanismos latentes en el hecho tanto de la escritura como el de la lectura, extremos uno y otro de un proceso cognoscitivo que la novela se propone desentrañar a fuerza de constituirse ella misma en una gigantesca metáfora de la creación.
El desmantelamiento de todas las retóricas -ideológicas y literarias- heredadas del franquismo es el punto de partida de una escritura que acapara muy pronto el protagonismo de la novela, sirviéndose del humor, de una extraordinaria capacidad de observación, de un habilísimo tinglado de personajes, de narradores, de planos y contraplanos de ficción, así como de un estilo poderosísimo, para proponer, al lado de una valedera crítica de la sociedad posfranquista, una no menos valedera redefinición de la novela misma como género.