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     LA obra de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) va poco a poco configurándose como uno de los puntos de referencia ineludibles a la hora de diseñar la trayectoria de la novela escrita en castellano en España a partir del final de la guerra civil, o como habrá que empe­zar a ir diciendo pronto, y por muy solemne que parezca, en la segunda mitad del siglo. Con una discreción absoluta, desde un ale­jamiento público que tanto dice en su favor, Goytisolo construye su obra narrativa con una tenacidad tan inteligente como implaca­ble. Con esa tenacidad que sólo si es aliada del rigor y la paciencia acaba por convertirse en virtud del hombre de letras. Por otra par­te, Luis Goytisolo es una de las muestras más palpables de la madurez a que ha lle­gado -no sólo porque le toque cronológica­mente, sino también por su propio talento­ la generación a que pertenece. Esa llamada generación de 1950 cuyos nombres mayores han dado en los últimos años sus libros más notables. Todo ello implica, en resumen, que Luis Goytisolo y su obra se han convertido, por razones que convergen en el interés in­discutible de su escritura, en uno de los pun­tos clave de la narrativa española de hoy.

     La importancia adquirida por la obra de Luis Goytisolo ha llevado a la edición recien­te de un conjunto de estudios sobre su obra máxima, la tetralogía Antagonía. Bajo el tí­tulo de El cosmos de «Antagonía» (1), se re­cogen diversas aproximaciones a la que es, sin duda, una de las obras más ambiciosas y mejor logradas de nuestra narrativa recien­te. No es habitual entre nosotros la publi­cación de esta clase de libros en torno a au­tores vivos con obra en marcha, que no permiten al' crítico trabajar con la distancia que el tiempo otorga pero que, por eso mis­mo, suscitan también el ejercicio de una crítica viva, que arriesga su juicio y que apuesta en firme por una opción concreta. Si en la bibliografía sobre diversos autores la­tinoamericanos del presente podemos encon­trar esta clase de volúmenes, no ocurre así con los escritores españoles, por lo que El cosmos «Antagonía» no deja de ser un ejem­plo a seguir.

     Analizar detalladamente lo que cada ar­tículo aquí recogido propone, la zona de la tetralogía por la que se interesa, o Ias claves que trata de hallar en el conjunto de Anta­gonia es empeño que excede mi espacio en Insula. Lo que sí me parece enormemente significativo es que Ricardo Gullón, David H. Herzberger, Julio Ortega, Alessandro Ric­cio, Alfred Sargatal, Gonzalo Sobejano, Robert G. Spires, Bozena Wislocka y quien esto escribe, precedidos por un prologo de Salvador Clotas, se hayan decidido a abor­dar críticamente una obra que habrá de sus­citar -ellos van a ser en tal asunto sólo unos iniciadores- muchas y muy varias aproximaciones. Cada una de las entregas de An­tagonía y, en algunos de los trabajos reuni­dos la tetralogía en su conjunto, son vistas desde aspectos diversos y, lo que es muy importante, inician un ejercicio cuya conti­nuidad -y me refiero aquí a la intención de los editores- respecto de otras zonas de nuestra literatura presente, no le vendría mal a esa necesaria revitalización de la crítica literaria española.

UNA HISTORIA ESCRITA POR OTRO

La propia ambición de Antagonía, el esfuer­zo que su culminación debió suponer a su creador, la impresión de criatura que devora a su dueño que produce toda obra gigantes­ca, hacía pensar en la dificultad que resulta­ría para Luís Goytisolo la continuación de su obra narradora. Una obra que por su propia entidad, por las perspectivas que abría a su lector, por las que seguramente abría tam­bién a su autor, unía a la objetiva dificultad de continuación la avidez en la espera de su continuidad. Y he aquí que sólo algo más de dos años después de la edición de Teoría del conocimiento, el relato que cerraba An­tagonía, aparece otra novela de Goytisolo. Sorpresa, pues, por lo breve de la solución de continuidad, aunque después de la lectura de esta Estela del fuego que se aleja (2) su relación con Antagonía aparezca muy clara. Ya sabemos que todo gran escritor escribe siempre el mismo libro.

     La última novela de Luis Goytisolo revela algo fundamental: la consecución de un mun­do propio que forma ya parte ineludible de los intereses de su escritura. Quien leyó Antagonía y lee ahora Estela del fuego que se aleja se siente en el ámbito de aquellos personajes, reconoce también el estilo de su autor. Y pronto asiste a la profundización de una situación, de un protagonista que bien podía ser el desarrollo de un episodio de la tetralogía. También hallará esa relación, tan cara a Goytisolo, entre escritura y lectura. Digamos, pues, que la base argumental le resultará conocida, que sus pasos discurrirán por un universo que no le será ajeno. Pero el autor se ha propuesto esta vez profundi­zar, ir más hacia dentro que progresar en la superficie. No extender su mirada sino cen­trarla y penetrar con ella en el espacio es­cogido. Discurso sobre la vida como discur­so. Texto sobre el existir como texto que dura mientras la escritura dura. Una escri­tura que se centra en sí misma, que se ana­liza implacable al saberse espejo de lo real cuando no la realidad misma a la que sólo ella otorga sentido haciéndola ser.

     En Estela del fuego que se aleja nos en­contramos con un personaje A, que ha triun­fado en la vida. Constructor de éxito, anti­guo militante comunista, afortunado en sus relaciones con las mujeres, que ha llegado a ese momento en que la memoria comienza a hacer de las suyas, A se está enfrentando con sus recuerdos y, por consiguiente, con su propia realidad. Pero A decide formalizar su obsesión inventándose un personaje, ese B que protagoniza el libro que A quiere es­cribir. Un personaje que en nada coincide aparentemente con su autor, que incluso es contrario a él en el planteamiento de su ho­rizonte vital, pero que posee can él el rasgo común de estar reconociéndose a través de la escritura. B escribe un libro en el que el protagonista, V, escribe una obra sobre el hombre que hubiera podido ser. B, pues, construye a A en la ficción que éste proyec­taba construir. Pero una nueva voz, W, pon­drá, al fin y al cabo, las cosas en su sitio al recordarle a V -después de anunciarle que -tú eres ya tu libro.- y a B y a A y al lec­tor en fin que “tu vida es una historia escri­ta por otro y, cuando las palabras se acaban, es el final”. Esa es la respuesta a la pre­gunta inicial del libro, a ese -adivina quien soy- con que el discurso -la vida que sólo acaba cuando las palabras acaban, el texto que sólo empieza también cuando las pala­bras terminan- se abre, inquietante y sor­prendente a un tiempo. Se lo dice W a V: -Como esa obra que, sea por no coincidir con la idea previa que de ella nos habíamos hecho, sea por no haber puesto en su lec­tura la atención debida, creíamos que nos estaba relatando determinada historia y sólo al final caemos en la cuenta de que lo que nos estaba siendo relatado era ya desde el principio una historia totalmente distinta, así, como esa lectura de un relato, la vida del hombre en la tierra .•

Pero iojo!, todo parece -y subrayo esa apariencia- fruto de la casualidad, pero es consecuencia inapelable de la memoria, del análisis de sí mismo iniciado por A, cuyo plan, esbozado breve y completamente por A un día, en ese vuelo al Círculo Polar Ar­tico que reaparecerá en la penúltima página del libro, no es otro que adentrarse en los dominios del sueño, crear una historia que abarque al libro y al protagonista de ese li­bro, a la historia y a la voz narradora de ésa historia, una voz narradora que es, se nos dice, tanto la antítesis de A como lo que éste hubiera deseado ser en la vida.

¿Y qué acabará con las apariencias? El fin de las palabras, el fin del discurso, lo que convierte en vida la historia escrita por el otro. A se consuma en la conclusión del li­bro escrito sobre él, como se consuma B y como se consuma V. Se consuman y se con­sumen. Y en su consumación está su con­sunción. Todos existen, pues, en cuanto son ficción, en cuanto alguien los escribe, en cuanto la escritura los sustenta. De ahí tam­bién su condición de parábola, de ejemplo moral. El autor de todos ellos es quien se salva, aunque el lector se pregunte quién es el autor del autor, quién le ha escrito a él o si, al fin y al cabo, no será él quien se ha escrito a sí mismo. Esta consideración del autor como dios omnipotente tiene su traslación en el relato en ese W que perma­nece, que tiene la última palabra.

     La relación profunda entre cada parte de la novela no hace olvidar a su lector determi­nados fragmentos aislados del discurso. Ahí está el largo párrafo con que se inicia el capítulo sexto o el análisis de B sobre ese tiempo progresivamente acelerado con que en definitiva el hombre contempla su existen­cia, o ese desfilar de las distintas mujeres en los primeros capítulos de la novela. Frag­mentos que deslumbran como deslumbra esa capacidad de Luis Goytisolo para la ambi­güedad, para hacer al lector volver sobre sus pasos, para desvelarle lo que antes le ocultó con datos no suficientes y que no es al fin sino una evidente demostración de ofi­cio, digamos de oficio aplicado a las caracte­rísticas concretas de la obra propia.

     Después de la lectura, Estela del fuego que se aleja aparece como una novela en la que la complejidad del análisis sólo es compara­ble a la cantidad de sugerencias que suscita. La lectura de este libro excepcional exige un esfuerzo tan real como apasionante y, en definitiva, siempre compensador. Por eso cuando he escrito sobre la obra de Luis Goy­tisolo he pensado -también lo pienso aho­ra- que, inevitablemente, uno debe confor­marse con sugerir posibilidades de acerca­miento a un discurso que parece no agotar­se, sobre el que trabajo a trabajo, esfuerzo tras esfuerzo, siempre alguien podrá decir algo nuevo, profundizar en ese camino traza­do por la primera impresión crítica. Una im­presión que, en mi caso, se resume, una vez más, en el reconocimiento ante una obra ad­mirable. 

(1) El cosmos de “Antagonía”, VV AA, Anagrama, Barcelona, 1983.

(2) Anagrama, Barcelona, 1984. 

Insula, Nº 450

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