La paradoja del ave migratoria se inicia con un error, o un lapsus, del protagonista: Gaspar cree haber programado, para despertarse, el Triple Concierto de Beethoven. Lo que suena es la Sinfonía Pastoral. El párrafo final describe un viaje en coche, al alba: en el blanco del principio de la mañana están contenidos todos los colores, que irán apareciendo como un director de orquesta hace surgir los sonidos del conjunto, pero también de los solistas: de un piano, un violín, un celia. Hay en la novela más blancos de esta índole: el de la niebla, que impide saber si es de día o de noche; el de una pantalla sobre la que se proyecta «Ensayo General», película que rueda el protagonista. También, el blanco opalino de un rascacielos que, al atardecer, le hace semejarse a una crisálida de que la nacerá la mariposa. El blanco es aquí la virtualidad pura, en la medida que contiene el código del que el bicho será mera traducción: tal como el bloque de mármol -blanco, supongo - atesora la estatua ideal que el escultor no hace sino sacar a la luz.
Hay además, en la novela de Luis Govtisolo, otro blanco. Es el del flash, el del vacío súbito en el que se anula la conciencia. Gaspar lo conoce en un accidente, y de él surge la idea de la película. Aunque este blanco permita la aparición de la ficción (de la realidad del arte: los colores, la estatua, la película) se distingue del primero en cuanto que, más que abarcar todos los matices de la luz, los anula todos. Su manifestación no se hará bajo la forma de un «continuum», sino como una serie de imágenes discontinuas, sin relación entre ellas.
La novela se sitúa, íntegra, en la tensión entre estos dos blancos, indiscernibles pero que sería una grosería confundir. A medida que Gaspar perfila la película y profundiza en sus recuerdos, éstos se deslíen en el blanco de una memoria que los contiene y los confunde todos. Por otro lado, la escena motriz, la del accidente, estalla en un sinfín de facetas, compuesta, no de versiones distintas de un mismo hecho, sino de instantes únicos, cada uno con entidad propia: nunca se sabrá si Gaspar iba solo, si iba acompañado, si hubo alguna víctima mortal -Virginia, la mujer de Gaspar-, o si todos los pasajeros resultaron ilesos.
No es casual que la referencia primera de la novela sea una película, de la que se describen dos planos. En ambos casos, un traveling, o un plano secuencia: un «continuum» temporal, por lo tanto, sin cortes en la sucesión, pero en el que los sucesivos encuadres fijan un instante único y, en cierto modo, arbitrario. Tanto como lo son los desplazamientos de los personajes -un crucero por el Nilo que termina catastróficamente en una isla del Pacífico- o su misma aparición: primero el nombre, sin más, y luego -pero sólo luego- una explicación o una acción que los sitúe en la trama: como Antonioni, Goytisolo, mediante ese intervalo, hace de la presencia del personaje la materialización de un fantasma.
La película resulta, por supuesto, infilmable. Y no por problemas técnicos, sino porque pretende aprehender aquello que es la esencia misma del cine: el paso del tiempo, que crea y anula la memoria; el movimiento de un objeto, que lo hace variar de identidad; la repetición de un gesto, de un paisaje, que es, cada vez, primero e ideal. El cámara, con más juicio que el «amateur» Gaspar, de quien afirma tener entendido que se dedica a la música, le hace ver lo imposible de la empresa. Aunque, como un homenaje a Cocteau -que también hace derivar a sus personajes, y a la propia cámara, en un tiempo fluido, elástico, que es el del trabajo de la muerte-, añade que «Ensayo General», si bien sin entidad propia, lo es de una película distinta, basada en una célebre novela titulada «La paradoja del ave migratoria», y los personajes no serán otros que los que pueblan el Diario Intimo escrito por la mujer de Gaspar, es decir, los del relato del que este texto es reseña. Imposible describir ahora toda la riqueza de esta pequeña joya, que aquilata y renueva las ya clásicas obsesiones de su autor: la metáfora como relato, el arte como expresión de lo privado, la decepción como paradigma de la lectura, la interrogación sobre la función del crítico, por lo tanto. Sólo cabe añadir, por si el lector no se hubiera percatado de ello, que la última novela de Luis Goytisolo es, además, y como de costumbre, sumamente divertida.