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     Constituye ya un tópi­co referirse al exiguo caudal de escritura autobiográfica en el ámbito de la literatura española. Esta consta­tación, sin embargo, cuenta con una notable excepción que habrá de tener muy presente quien emprenda el análisis del fenóme­no. Se trata del círculo de escritores barceloneses pertenecientes a la gene­ración del cincuenta, con los que se puede conformar un pequeño catálogo de estrategias autobiográficas proyec­tadas en los ámbitos diversos de los diarios, las memorias, la poesía y la novela.

Dentro de este círculo cabe aislar un caso absolutamente insólito: el de los tres hermanos Goytisolo (José Agustín, Juan y Luis). Insólito, porque muy pocas veces se asiste a la recons­trucción literaria, no ya de un mismo medio social y cultural, sino de un mis­mo ámbito familiar, a través de pers­pectivas múltiples y -lo que resulta más apasionante- divergentes. Ello constituye por sí solo un terreno ex­cepcional para explorar lo que recien­temente, en un valioso ensayo, Nora Cateli ha denominado "el espacio autobiográfico". Exploración que contará con el aliciente añadido de que cada una de las perspectivas se conforma adecuada a un género distinto.

     Un destacado atractivo de Estatua con palomas consiste en el polémico aprovechamiento de esta inusual cir­cunstancia como elemento del relato. A la versión del pasado ofrecida por sus dos hermanos, Luis Goytisolo opone otra que, desconfiando de los falseamientos de la memoria, asume de partida su propia precariedad y trata de enderezarla en un marco superior, que, paradójicamente, es el de la ficción.

     Lo que se viene a proponer de este modo es una construcción de la novela como sistema analógico capaz de superar esa impostura que, al decir de Nora Catelli, llena el desajuste que en todo proyecto autobiográfico se da en­tre el yo y su máscara. Una propuesta, acaso la más radical de la actual narra­tiva española, que en la práctica se re­suelve en la incorporación de estrate­gias plurales a lo que, en relación a los moldes tradicionales, aparece como una indefinición genérica en cierto modo equiparable a la de Proust.

     Conviene adecuarse a este plantea­miento para soslayar la perplejidad que, muy previsiblemente, ha de apo­derarse del lector cuando, atraído por el reclamo de lo que se ofrece como una novela, atraviesa las primeras cien páginas de este libro con la convicción de estar leyendo unas memorias. Si en Antagonía cabía detectar abundantes elementos autobiográficos, ahora, en Estatua con palomas, no caben dudas: el narrador en primera persona no puede ser otro que el propio Luis Goy­tisolo. Lo que refiere de su pasado se fundamenta en datos comprobables, remite a una experiencia real. Hasta el extremo de que se rectifican las distor­siones que sobre algunos aspectos del mismo han infligido, a su juicio, los testimonios respectivos de José Agustín y de Juan. No es fácil vencer la im­presión de asistir en más de un mo­mento a un agrio ajuste de cuentas. Tanto más cuanto que sobre uno y otro hermano se formulan algunos juicios  y se traen a colación algunos re­cuerdos escasamente favorables. Hay que insistir, sin embargo, en que se tra­ta de una novela. Afirmación que no debe constar en calidad de coartada, sino únicamente como recordatorio de que todo cuanto se dice en el texto se supedita a la significación del conjun­to, dentro del cual la veracidad de toda anécdota resulta en definitiva irrele­vante.

     Al fin y al cabo, en las obras de ca­rácter autobiográfico lo mismo que en las de ficción, lo importante para Goy­tisolo es que "el narrador sea capaz de expresarse a sí mismo al tiempo que acierta a expresar de forma convincen­te el significado de la anécdota". Se trata, en resumen, de un problema "no de información, sino de comprensión o, si se prefiere, de conocimiento".

     Como ya ocurría con las dos ante­riores novelas del autor, por detrás de este planteamiento se halla la teoría del conocimiento en que se resolvía Anta­gonía. Con tanto más motivo cuanto que, en buena medida, esta Estatua con palomas se conforma al respecto, un poco a la manera de Los orígenes del doctor Faustus, de Thomas Mann, como "la novela de una novela".

     La secuencia autobiográfica del texto apunta, en efecto, a trazar el re­corrido de Goytisolo hasta la concep­ción de Antagonía. A la vez, todo el ar­tificio de la novela tiende a reformular, revalidándolas, las conclusiones allí al­canzadas. Y como subrayando el valor impersonal de ese recorrido, la natura­leza intemporal de aquellas conclusio­nes, ya muy entrada la secuencia auto­biográfica se interponen en Estatua con palomas los fragmentos de una su­puesta novela escrita por un autor ro­mano del siglo l. Una novela cuya con­cepción y redacción discurre paralela a un proceso cognoscitivo afín al narra­do en Antagonía.

     Si, por un lado, la sutil transición del ámbito real al ficticio, la perfecta superposición de los dos tramos re­dunda en la ya aludida irrelevancia de la anécdota, por el otro, resulta bien significativo que el autor al que se atri­buyen las notas y los fragmentos inter­polados sea Publio Comelio Tácito, el célebre historiador de la Roma imperial. Es sabido cómo, en su madurez (en la que una intensa dedicación lite­raria puso fin a un dilatado periodo de actividad pública), escribió Tácito el grueso de una obra, hoy en buena par­te fragmentaria, donde el relato histo­riográfico se mezcla con la digresión crítica sobre su tiempo y el interés por el aspecto humano de sus personajes se combina con una poderosa voluntad de estilo.

     No resulta inverosímil, pues, la imagen de Tácito empeñado en un proyecto --el de la sección final de su Historia, hoy perdida- en el que apa­recerían fundidas "ficción y realidad, historia y literatura". Lo que importa, con todo, es la afinidad de ese supues­to empeño al del propio Luis Goytiso­lo, en cuyas novelas, argumento, intri­ga, personajes se subsumen en un mag­ma disgresivo donde, amparadas por una compleja reflexión metaliteraria, menudean las consideraciones sobre la experiencia íntima, el ambiente fami­liar, el medio social, la ciudad y la épo­ca del autor. Así como Tácito escribe su Historia "sin ira ni prejuicios", pero sin renunciar a su perspectiva de clase y sin callar sus opiniones sobre el desti­no de Roma, así Luis Goytisolo incorpora a la crónica personal y familiar un testimonio crítico y lleno de humor sobre Barcelona y Cataluña, sobre el cambio de valores operado en España, sobre las nuevas conductas sociales.

     De lo que se trata, en definitiva, es de objetivizar las "preocupaciones per­sonales en una estructura formal que informe la materia narrativa y encauce el fluir del relato". De ahí que a esta novela -construida parcialmente como una entrevista que el autor se hi­ciera a sí mismo y que transcribiera luego, sustraídas las preguntas, dando por resultado un mecanismo discursi­vo de carácter asociativo no por casua­lidad semejante al que suscita el psico­análisis-, subyazca un firme esquema numérico. Dentro de este esquema, que ordenaría la aparente aleatoriedad del discurso, habría que incluir, en un nivel más subliminal, el apretadísimo sistema de metáforas y de analogías, de prefiguraciones y asonancias, de re­peticiones y de correspondencias que nutren la prosa de Goytisolo y que le imprimen una formidable fuerza cen­trípeta.

     Todo se suma para contribuir a la generación de "un ámbito a la vez autóno­mo y superpuesto a la realidad". Y en este ámbito, lo que tiene lugar es un de­licado artificio destinado a reclamar -y obtener- para el propio texto una dimensión trascendente. Quizá sea el énfasis puesto en la trascendencia el acento más singular de esta soberbia novela en relación a las anteriores de su autor. Una trascendencia que se suscita en la capacidad de la escritura para "ge­nerar sugerencias" y devenir "fruto au­tónomo tanto del mecanismo ideado por el autor como de los destellos in­conscientes que informan su obra". Es por esta vía por la que el narrador, desprovisto de todas sus máscaras, termi­na por asimilarse a su texto como un elemento más. Es a través de su obra como Luis Goytisolo, uno de los auto­res capitales de la literatura española, se integra lúcidamente "en un proceso de conocimiento superior que no es otra cosa que la conciencia del mundo". 

El País, 25 de enero de 1992


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