El lector que se adentra en el libro de Luis Goytisolo observará de inmediato un detalle: en ningún lugar del mismo se identifica este texto como novela. De no entrar precavido en su lectura, le sorprenderá ver que está leyendo una crónica de la familia Goytisolo desde la perspectiva de su autor. Cierto es que un lector sin información previa del clan podría leer las ocho primeras páginas como una novela, ya que hasta allí no se menciona el apellido de los agonistas, y nada hay, desde el punto de vista formal, que permita distinguir entre narración ficticia y narración histórica, autobiografía novelesca y autobiografía auténtica. De ahí que quien haya tomado Estatua con palomas por novela va a tener que reajustar su actitud al poco tiempo de empezar a leer. Transcurrirán tres capítulos y medio, divididos en doce unidades narrativas (todas numeradas y tituladas), sin que el diseño de crónica familiar goytisoliana, relatada desde la primera persona y con intención claramente autobiográfica, venga a ser turbado. Por lo que puede el lector pensar que se encuentra ante una réplica (tanto desde lo genérico como desde los contenidos y su interpretación) de los libros autobiográficos de Juan Goytisolo (Coto vedado fue el primero) y seguir con más o menos curiosidad la nueva versión de la crónica de una célebre familia literaria. Y, de pronto, un relámpago en el cielo azul. La cuarta secuencia del cuarto capítulo introduce un cambio narratológico: se relata en tercera persona una experiencia infantil recordada por un escritor adulto, y las preocupaciones actuales del mismo en tomo a su presente infecundidad literaria y sus temores de una precoz impotencia sexual. Y una referencia a la playa de Ostia, en donde se sitúa la acción. En la secuencia 14, el relato recupera la forma y el hilo autobiográficos. Para, en el 15 asumir un radical cambio de coordenadas históricas (aunque esta vez no narratológicas, puesto que mantiene el yo autobiográfico) e introducimos en una historia ubicada en la Roma (más exactamente, en el vasto ámbito del imperio romano) del siglo I, con referencias a personajes históricos en tomo a la corte imperial y al Senado. Desde esta sección, la alternancia de secuencias dedicadas a la crónica goytisoliana y a la crónica romana se mantiene hasta el término del libro. No sin añadidas variaciones de rumbo y narratológicas, puesto que, en ambos niveles, un yo narrativo nuevo se inmiscuye en las dos historias: en la crónica goytisoliana, un crítico literario que prepara un texto sobre el novelista a partir de una entrevista grabada, y en la crónica romana, un historiador -Tácito-- que asumirá la autoría del texto autobiográfico atribuido en principio, a su "personaje" Junio.
Cuando el crítico termina la lectura del "doble" relato -ambos quedan abiertos, sin desenlace- la homogeneidad de los mismos, el trenzado de su diseño no solo a nivel narratológico sino al de sus contenidos -a pesar de las distancias temporales y espaciales- se impone, y en su relectura empieza a apreciarse cómo desde el comienzo del libro breves destellos venían anunciando lo que en primera lectura, parecía brusco cambio. En efecto, los títulos de algunas de las primeras secuencias -Delfos,Penis et penna, Latens deitas- eran otras tantas prevenciones, primeros toques de un color que más tarde iba a alcanzar dominancia coprotagónica en el conjunto. La aparente colisión y subsiguiente bifurcación de historias alternadas parece diseñada minuciosamente desde la estructura externa: dividido en nueve capítulos, el número de secuencias que los constituyen es, por orden de I a IX, el siguiente: 1/3/5/7 /9/8/6/4/2. Dos vertientes equilibradas de 4 impares y 4 pares, con el 9 en su vértice superior. Y a partir del momento en que ambas historias se expanden en trenzado, el mismo equilibrio numérico se mantiene -el mismo espesor- desde el grueso de la trenza hasta la coda.
Gratuito juego pitagórico sería éste si no viniera substanciado por un trenzado equivalente en la materia y la forma de los contenidos, ya que, mientras un novelista reconocido hace historia familiar, un historiador, no menos conocido, "inventa" la forma novelesca como instrumento ideal para una práctica del conocimiento, una imago mundi. Y si las meditaciones del novelista Goytisolo en su relato autobiográfico giran en tomo a las relaciones entre Historia y novela y la evolución siempre abierta de las formas narrativas desde la perspectiva del presente, en el que las materias y las formas de la expresión narrativa dominantes son las audio-visuales, las meditaciones de Tácito, del otro extremo de la curva evolutiva, se plantea esa misma evolución desde el punto germinal en que la Historia, hibridada con los géneros literarios de entonces --epopeya, teatro, lírica- se metamorfosea en historia ficta. Pero no son estas las únicas formas del trenzado entre los dos ramales: en sus personajes es común, por diversa que sea la perspectiva, la preocupación por los problemas existenciales, por la relación de la problemática personal con la suprapersonal, y por la relación entre el individuo y la especie (sea ésta la confluencia de generaciones en el continuo de la historia o la de los pueblos en las colisiones de colonizadores y colonizados, invasores e invadidos, todas ellas culminando en amasijos, a pesar de la mendacidad de las Historias). Común en ellos es la problemática de la escritura y del oficio de escritor. Común el talante ético, las obsesiones y los cuestionamientos. No obstante, hay cosas que, no apareciendo sino en una de las dos ramas del libro (la romana), el lector se ve empujado a leer con un fondo de imágenes contemporáneas sobreimpuestas: el desnorte y la confusión desvalorada de las costumbres y la convivencia social, la estampida y la impudicia de los egoísmos frente a todo proyecto colectivo, la sensación de estar viviendo un fin de mundo con la barbarie a las puertas. Queda por reseñar la limpia llaneza de la escritura, que rehúye intencionadamente toda distracción hacia la destreza imaginera del narrador.