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                                                 Federico Ruíz Rubio                                                    

                                                                                     
     Se ha convertido en lugar común afirmar que en los últimos años el número de publicaciones en España ha alcanzado una extensión, proba­blemente desproporcionada con el número de lectores, sin parangón en nuestra historia, y presumiblemente con tendencia a aumentar. Como afirmábamos en un capítulo precedente, tal vez sean las leyes del merca­do, que imponen un ritmo determinado a la actividad editorial, uno de los elementos fundamentales a la hora de buscar las causas de esta situación, y del hecho de que buena parte de títulos publicados, en el mejor de los casos, apenas vuelvan a encontrarse referencia en los textos de la crítica. Una crítica que, por otro lado, en no escasas ocasiones, en lugar de cum­plir con su función de presentar y valorar si un producto determinado cumple ciertas expectativas, en relación con las pretensiones del autor, más parece afanada en tareas propias de la promoción publicitaria de la obra, cuando no de su reprobación.

     Por otro lado, es de esperar que entre tal cantidad de títulos publica­dos, algunos de ellos extraordinariamente efímeros, de reducidísimas edi­ciones, sobresalgan productos de calidad. Probablemente, al trazar en un futuro la historia de la novela española a fines del siglo XX, a una dis­tancia temporal suficiente como para que la ausencia de perspectiva no interfiera el juicio sobre la producción literaria, únicamente destaque una corta lista de títulos y un escaso número de autores, no necesariamente los que hoy reciben el favor del público o de la crítica encabezando las consabidas listas de libros más vendidos, aunque bien entre ellos pudie­ran encontrarse novelas a las que la lectura sosegada, las críticas adecua­das y la influencia sobre el entorno en el contexto literario, junto con su capacidad para detectar y poner de manifiesto sígnicamente determinadas claves para entender nuestro mundo, confieran la valencia estética sufi­ciente como para ser consideradas modelos de nuevas producciones ar­tísticas. Como características generales de este corto periodo a que nos referimos podemos indicar la consolidación en el mercado de la narrati­va como género, la extraordinaria producción editorial y la presencia de múltiples registros formales y pluralidad de temáticas.

     En cualquier caso, los años en que aparecieron las tres novelas que nos ocupan se cerraron con un importante balance para la narrativa espa­ñola, tanto en lo que respecta al volumen de publicaciones, según acaba­mos de ver, si bien de calidad muy desigual, como a la importancia de al­gunas de ellas en el panorama de nuestra novela. La producción de estos años, detallada en anuarios, repertorios y estudios concretos (cf Langa Pizarro, 2000), se caracteriza por lo que viene siendo una constante en los últimos años, la coexistencia de distintas generaciones de escritores, la presencia en el mercado editorial de los autores consagrados junto con las nuevas y novísimas generaciones de escritores, algunos de los cuales van consolidando su madurez mediante el reconocimiento de su obra.

     Entre los primeros sobresalieron Álvaro Pombo, que publicó en 1996 Donde las mujeres, y en 1999, La cuadratura del círculo. Eduardo Mendoza, con Una comedia ligera (1996) concluyó la trilogía constitui­da por La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios. Ma­nuel Vázquez Montalbán, por su parte, reaparece ese mismo año con su personaje Carvalho en El premio, y con otro libro, Un polaco en la corte del rey Juan Carlos, que alcanzaría por su tema una cierta resonancia. Este prolífico autor dará a conocer en 1997, además de poesía y ensayo, su Ouinteto de Buenos Aires, y en 1998 César o nada y Y Dios entró en La Habana. Camilo José Cela publica Madera de boj en 1999, y Fran­cisco Umbra, al que se le concedería el premio Prínclpe de Asturias, en 1996, publica ese mismo año Los cuadernos de Luis Vives. De Carmen Martín Gaite son las novelas Lo raro es vivir (1996) e Irse de casa (1998). Ana María Matute da a conocer en 1996, tras años de prepara­ción, su Olvidado Rey Gudú, novela extraordinariamente publicitada de la que apenas ha vuelto a oírse hablar, como tantas otras. De la genera­ción de los mayores destacamos también Los años indecisos (1997), de Gonzalo Torrente Ballester, y Las semanas del jardín, publicada ese mis­mo año, de Juan Goytisolo. Ha de añadirse, por la repercusión que tuvo en la crítica, El hereje (1998), de Miguel Delibes, y nombrar la novela de José María Guelbenzu, Un peso en el mundo, si bien serán otros títulos, como por ejemplo Son de mar (1999), de Manuel Vicent, los que alcan­zarán un mayor renombre, al constituirse en la base de guiones cinema­tográficos. Por otra parte, la obra de Javier Marías alcanza gran resonan­cia fuera de nuestro país, a partir de la Feria del Libro de Francfurt de 1996, aunque no será hasta 1998 el año que publique su siguiente nove­la Negra espalda del tiempo. Destacamos a Antonio Muñoz Molina, que en 1997 da a conocer Plenilunio, a Almudena Grandes, con su Atlas de Geografia humana (1998), a Juan José Millás, con El orden alfabético (1998) y a Luis Landero, que en 1999 publica El mágico aprendiz. La lis­ta de autores y títulos podría llegar a hacerse interminable y ociosa si hu­biera que dar noticia de las publicaciones más renombradas, aunque se hace imprescindible añadir los nombres de Jesús Ferrero, que en 1998 publica El diablo en los ojos, o Arturo Pérez Reverte que inicia una saga novelística que aumentará tanto su renombre como el volumen de ventas. A éstos han de sumarse las publicaciones de Manuel Rivas, Julio Llama­zares, Juan Manuel de Prada, Juan Bonilla, Martín Casariego, Félix Ro­meo, Enrique Vila-Matas, Manuel de Lope, Belén Gopegui, Luis Mateo Díez, Javier Tomeo, entre otros.

     En este próspero contexto editorial, del que pueden servir de mues­tra suficiente los títulos y autores nombrados, y que evidencia, a pesar de las polémicas, la extraordinaria vitalidad de la literatura española, surgen las tres novelas de Luis Goytisolo que analizamos en nuestro trabajo, Mzungo, Placer licuante y Escalera hacia el cielo, textos narrativos a los que la crítica ha deparado distinta acogida, pero que casi unánimemente ha coincidido en subrayar, de modo más o menos implícito, las diferen­cias con la línea narrativa precedente del autor, que volverá a retomar en sus siguiente publicaciones, Diario de 3600 (2000) Y Liberación (2003). Presentaremos la recepción crítica de las tres novelas, siguiendo la cro­nología de su publicación, extrayendo las opiniones que hemos conside­rado más significativas en lo que podemos considerar la impronta de una primera lectura de la crítica, sin duda condicionada por las expectativas del nombre del autor y la importancia de su obra precedente (cf 2.7.).

     En el conjunto de las publicaciones de 1996, diversos críticos dedi­caron unas líneas a Mzungo, junto a otras novelas que representaban "un puñado de títulos de interés" (Echevarría: «El Buen Nivel de la Narrati­va», El País 28 de diciembre, 1996), o bien la incluyeron como integran­te "en una larga pero seguro que incompleta lista" (Mora: «El año de los mil títulos», El País, Anuario, 1997). Sin embargo, la novela alcanzó en fechas inmediatas a su publicación una cierta resonancia en diversos me­dios de comunicación, probablemente por la novedad de incluir un CD Rom, aspecto que se distingue como el más novedoso y llamativo de la obra, según se desprende de los titulares que dan paso al texto periodísti­co: «Luis Goytisolo introduce juegos de ordenador en su novela Mzun­go» (Moret, El País, 3 de junio, 1996); «Luis Goytisolo publica una no­vela cuya trama se completa con ayuda de un CD Rom» (Vidal-Folch, La Vanguardia, 7 de junio, 1996); «Entrevista. Luis Goytisolo. [Es su pri­mera obra con CD Rom, que da cauce a las fantasías que el lector elabo­ra cuando finaliza su lectura]», Vivas, El Mundo, 8 de junio, 1996); «Me­jor sola que acompañada de CD Rom» (Masoliver: La Vanguardia. 14 de junio, 1996); «Libros con cacharrito» (Prada, ABC, 14 de junio, 1996). También el lanzamiento publicitario de la novela destacó la presencia del videojuego, presentándolo como «El primer CD-Rom de la narrativa es­pañola» (Qué leer, 2, 17).

     Sin embargo, la inclusión del soporte informático suscitó reacciones opuestas en la crítica, fruto sin duda del desconcierto que provocó lo ori­ginal del experimento narrativo. A juicio de J.A. Masoliver

el videojue­go no añade nada a la novela, además de que técnicamente su presentación es lenta, la música pobre y el ritmo de los niveles, centrado arbitrariamente en tres personajes del libro, está mal resuelto y carece de toda lógica. La novela, excelente, está muchísimo mejor sola que mal acompañada (La Vanguardia, 14 de junio, 1996).

     X. Moret manifiesta una opinión contraria al afirmar que el juego ""impresiona por su excelente calidad y por cómo recoge la atmósfera de Mzungo" (El País, 3 de junio, 1996). La respuesta de F. Umbral a J. M. de Prada, que se opone asimismo a esta presentación textual, constituye en su ambigüedad una reflexión sobre el futuro de la narrativa:

[Goytisolo] se limita a usar lo que hay en el mercado, que es lo que viene. La barbarie de las máquinas, la electrónica salvaje, y el fin de la cultura escrita (no hay otra) exigen ponerle al libro y al periódico casca­beles y atalaje de chismes. El público tira el libro y se queda con el chis­me. El Quijote ya sólo es el soporte tipográfico de un sorteo, un premio o una lavadora. Somos los últimos mohicanos de este raro, confuso y vie­jo opio que llamamos literatura. Mejor: quedaremos por últimos, como la momia vendada de un escriba faraónico (Umbral, «Los tres dedos de la ley», La Vanguardia, 16 de junio, 1996).

     Para Villanueva, sin embargo, el conjunto de la publicación "pasa a constituir por méritos propios uno de los experimentos más imaginativos y, a la vez, fundamentados de nuestra novela contemporánea" (Villanue­va, «Mzungo. Luis Goytisolo», ABC, 14 de junio, 1996). Villanueva des­taca la inclusión del CD Rom como un intento de integrar el vídeo y la informática en un proyecto narrativo que potencia la participación del pú­blico, conclusión a la que llega a partir de la observación de la evolución literaria de Goytisolo y de su convicción de que la novela es un género sensible a las transformaciones generadas por las nuevas tecnologías en la percepción lectora. Ello supone una auténtica novedad en lo que al so­porte tecnológico se refiere, no así en la inclusión del lector en un proce­so lúdico desencadenado a partir del texto, que cuenta con antecedentes en la literatura. En este sentido, afirma que el autor, deliberadamente, "ha querido llevar todavía más lejos la aporía unamuniana del personaje au­tónomo o la paradoja de Pirandello transformada ahora en la búsqueda de un lector... experto en informática" (ib.). En un sentido semejante, res­pecto a la presencia del videojuego en la obra, Gutiérrez Carbajo opina que la relación entre el multimedia y la novela es consecuencia de las transformaciones experimentadas por el género narrativo durante el siglo XX, en una concepción que resalta los aspectos lúdicos de la literatura, de la que Mzungo, junto con las novelas de Javier Pérez Reverte, La piel del tambor (1995) y de Laura Esquivel, La ley del amor (1996), consti­tuye un ejemplo (Gutiérrez Carbajo, 1997: 195).

     Muchas de las afirmaciones vertidas por la crítica acerca de la inter­pretación y composición de la novela se encuentran en el contenido de la entrevista que Luis Goytisolo concedió al periódico El Mundo (Vivas, «Entrevista. Luis Goytisolo», El Mundo, 8 de junio, 1996). En este sen­tido, la crítica es rotunda al afirmar, junto con el propio autor, la temáti­ca sociorracial de la novela a partir de las vicisitudes de unos cuantos per­sonajes blancos en África. Obviamente se transporta esta particularidad a lo general en lo que supone una crítica del papel de los europeos en el continente: "Claro que hay críticas que hacer a los europeos. Han sido potencias coloniales que han dejado el caos a su marcha... Es el resulta­do de una colonización tanto más desdichada cuanto más se les ha desli­gado de sus raíces", afirma el autor en su entrevista. Joan Nogués, para quien "Mzungo (Blanco en África) (sic) se nos presenta como un saluda­ble ejercicio de cinismo y de habilidad narrativa" opina que el autor arremete, fugazmente pero sin piedad, contra los nuevos dio­ses de la posmodemidad: el ecologismo acrítico, la teología de la libera­ción y la nefasta moda de lo políticamente correcto, entre otros ... Goyti­solo nos propone un viaje que, como la travesía en barco de sus protagonistas, conduce directamente al abismo (Nogués: «Viaje al África negra», Qué leer, 2, 26).

     Para J. A. Masoliver Mzungo es una síntesis de las mejores cualida­des de Goytisolo: la concisión, heredada de Las afueras, y "un desborde provocado por una inteligencia implacable y sarcástica" ya presente en Recuento (Masoliver: «Hombre blanco en África», La Vanguardia, 14 de junio, 1996). De la novela, que opina debe leerse en clave irónica y sar­cástica, destaca, junto con el contundente retrato de los personajes y at­mósfera, lo que a su juicio constituye el mayor valor de la obra: la para­doja que supone la presencia del narrador omnisciente y, al mismo tiempo su desaparición en el relato, obra de un novelista "guiado siempre por la lucidez y la inteligencia, por un pesimismo radical como es radical la ferocidad de su humor" (ib.). Como aspecto negativo, lamenta la in­clusión del último capítulo, ya que la conclusión, a su juicio, debería ha­berse omitido al aparecer presupuesta en el clima de violencia en que transcurre el relato. Para Villanueva, sin embargo, este último capítulo merece una mención especial, pues en él se ubican las claves del ensayo narrativo que supone Mzungo.

     La crítica destacó otros aspectos del texto como el origen del libro, inspirado en las reacciones observadas a los viajeros europeos en los via­jes del autor, y el significado y función del título, tomado de uno de los capítulos de la serie televisiva Índico. F. Valls advierte al respecto sobre el carácter paradójico del título, que constituye una de las claves de in­terpretación de la novela, al llamar la atención "sobre lo relativo de los puntos de vista, sobre la visión parcial y tópica con que los blancos se en­frentan al continente africano" (Valls, «¿Blanco o rojo?», El Mundo, 8 de junio, 1996). Al igual que Villanueva, para quien la novela se fundamen­ta en una línea perspectivista, Valls llama la atención sobre la estructura de la obra y sobre las posibilidades de lectura que admite en cuanto a la independencia de los relatos impares respecto de los pares. Resalta cier­tas cualidades estilísticas de la novela como el empleo de frases cortas, característica que la aproxima a otras obras anteriores del autor, como Fábulas. La mezcla del relato de aventuras, que X. Moret relaciona con el mundo de aventuras de Joseph Conrad, junto con el humor, es para F. Valls una propiedad de este relato en el que el autor "aúna con acierto, como en pocas ocasiones a lo largo de su obra, amenidad y complejidad" (ib.). A pesar de ciertas discrepancias, la crítica parece unánime en resal­tar la calidad del texto. Aquéllas se refieren fundamentalmente a la in­clusión del juego en CD Rom, aspecto novedoso que despertó ciertas sus­picacias en cuanto a lo oportuno de su integración en la obra.


     Respecto a Placer licuante, se destaca en fechas inmediatas a su pu­blicación, el tema erótico y el de las relaciones de pareja como ejes ver­tebradores de la narrativa: "El sexo con mayúsculas es, quizás, el princi­pal personaje de esta historia de triángulos, de celos infernales y de sextos y séptimos sentidos." (Marchan: «Luis Goytisolo analiza en su úl­tima novela las relaciones de pareja», El Correo de Andalucía, 12 de fe­brero, 1997). Evidencia que el mismo lanzamiento publicitario de la obra, por parte de la editorial Alfaguara, así como la portada de la nove­la, una sugerente fotografía del suizo Heinz Hebeisen, no hacían sino po­ner de manifiesto ante los posibles lectores. Esta circunstancia, es decir, la comercialidad desde sus inicios, se une al hecho de que a diferencia de las obras anteriores, Placer licuante nace con la clara intención de captar un amplio número de lectores, según afirmación del propio novelista (cf Pérez Miguel: «Luis Goytisolo, novelista. "Placer licuante es una nove­la ideada para ganar lectores"», El Mundo, 11 de febrero, 1997). Para Goytisolo, en esta novela, reflejo de la sociedad de la España actual, se describe una relación de pareja que hubiera sido inverosímil hace mu­chos años, pero que hoy es real, en el contexto de una sociedad diferen­te, una de cuyas características es la transformación de los hábitos se­xuales. Ello justifica, en opinión del novelista, el empleo de un lenguaje directo y crudo, en oposición a un idioma, el nuestro, que, como se afir­ma en la novela "se ha vuelto vergonzoso y cohibido" (ib.). Sin embar­go, reconoce que la novela puede provocar rechazo en algunos lectores que pueden llegar a considerarla casi pornográfica, aunque arguye como ejemplo que si se tiene en cuenta que numerosos textos de los escritores grecolatinos, constituyentes de una canon literario, abundan en este tipo de descripciones crudas y directas, su relato no es ofensivo.

     En cuanto al género de la novela, se le aplicaron los calificativos de thriller, novela negra, novela erótica o comedia. Esta última denomina­ción es la que finalmente parece haberse impuesto, si bien Goytisolo con­fiesa que su novela no debe adscribirse a ningún género:

No, no pertenece a ningún género. Creo que se puede decir que es una novela de amor, donde también hay un crimen... pero que no es una novela erótica ni negra ni rosa. Como no se puede hablar de que El aman­te de lady Chaterlay sea erótica, aunque en su día provocara escándalo. (Pérez Miguel: «Luis Goytisolo, novelista. "Placer licuante es una nove­la ideada para ganar lectores"», El Mundo, 11 de febrero, 1997).

     En cualquier caso, existe prácticamente coincidencia unánime al afirmar que en este texto el autor realiza una apuesta narrativa menos arriesgada que otras veces, al abandonar "sus dos caminos anteriores, los del compromiso social y la experimentación literaria, para proponer, de acuerdo con las tendencias más actuales de nuestra novela, una historia mucho más clara, transparente y «narrativa», y que además se presenta como una novela erótica" (Conte: «Placer licuante. Luis Goytisolo», ABC, 14 de febrero, 1997). A juicio de Conte, se trata de un texto que, salvo la maestría del autor, no aporta nada nuevo a la novela, ni por el tema, que es tópico ("un triángulo amoroso que desemboca en un cri­men"), ni por su previsible desarrollo, en la línea de determinadas nove­las de moda. Pero trivialidad en el tema o ausencia de experimentalismo no presupone la existencia de una estructura simple. Uno de los críticos que más ha seguido de cerca la evolución del autor, l. Echevarría, aunque pone de manifiesto la simplicidad del argumento, y la confluencia del erotismo con los tonos rosas, junto con una cierta vulgaridad en la prosa, reconoce la complejidad de la estructura por encima de cualquier lectura superficial, al destacar las proporciones numéricas entre los capítulos, la perspectiva narradora cambiante, en definitiva, una transparencia de esti­lo engañosa (Echevarría: «Luis Goytisolo: el Demonio y la Carne», El País, 22 de febrero, 1997). Se trata de un juicio sobre la estructura y temas de la novela que destaca por la mayoría de los críticos. Respecto a la estructura, el propio Goytisolo reconoce que Placer licuante no es una novela con elementos experimentales como las anteriores, pero defiende su complejidad: "Una cosa es lo que llega al lector y otra cosa es el an­damiaje, lo que luego se retira. Es una novela sencilla para el lector, pero no ha sido sencillo escribirla" (Jarque: «Luis Goytisolo, escritor. "El sexo en la madurez es más profundo"», El País, 11 de febrero, 1997). En este aspecto, el novelista alude a Santuario de Faulkner y a Hemingway como ejemplos de novelas aparentemente sencillas, en la construcción o en el estilo, sin que ello suponga simplicidad en la estructura.

     El estilo de la novela, tan diferente al que resulta más general en su obra, pero ya experimentado sobradamente en Mzungo, así como en pá­ginas completas de Antagonía, es otro de los elementos que han captado la atención de los críticos y que el autor ha resaltado en diferentes decla­raciones a los medios de comunicación. Con opiniones semejantes a las vertidas tras la publicación de Mzungo, referentes al estilo, Goytisolo co­menta la dificultad de desarrollar un estilo conciso, certero: "es tan difí­cil ser buen escritor escribiendo frases de doce páginas como con un es­tilo certero y acuciante" (Pérez Miguel: «Luis Goytisolo, novelista», El Mundo, 11 de febrero, 1997). Para Conte ,el novelista se muestra, en esta novela, "como siempre, en plena posesión de sus medios expresivos, due­ño de una prosa tensa, exacta y profunda" (Conte: <<Placer licuante. Luis Goytisolo», ABe, 14 de febrero, 1997).



     Escalera hacia el cielo, novela presentada por su autor en Madrid el once de febrero de 1999, es decir, justamente dos años después de la publicación de Placer licuante, y casi cuatro desde la aparición de Mzungo, también fue acogida por la crítica de forma desigual. Como en los casos anteriores, se pone de manifiesto la relación de esta novela con el conjunto de la obra goytisoliana, en general, y con las dos novelas pre­vias, en particular. De este modo, Echevarría afirma que "si a la genial mole de Antagonía (1973-1981) siguieron, entre 1984 y 1992, tres no­velas ... que se amparaban a su sombra, estirando sus atrevidas propues­tas narrativas, desde la publicación de Mzungo (1995), Goytisolo viene hollando territorios mucho más triviales, dicho sea en su sentido más amable ... , hasta el punto de poder decirse que después de Placer licuan­te esta nueva novela completa una especie de "trilogía de la levedad" con la que, durante los últimos años, el autor parece haber ejercido el arte menor, y con talante lúdico, la incuestionable maestría acreditada en su obra fundamental" (Echevarría: «Un vodevil erótico», El País, 27 de febrero, 1999). De modo semejante, Sanz Villanueva destaca la versati­lidad del escritor y ubica la presente novela en la estela de las dos ante­riores, con las que comparte la primacía "del relato sobre el discurso y la anécdota sobre la forma" (Sanz Villanueva: «Las carambolas de la vida», El Mundo, 13 de marzo, 1999). El mismo autor manifestó en diversas ocasiones su intención de publicar las tres novelas en un volumen con el título de tres novelas ligeras o intranscedentes. Rodríguez Fischer, de ma­nera análoga, afirma que al igual que Las mismas palabras (1962) pro­longaba el último relato de Las afueras (1958), Escalera hacia el cielo desarrolla el mundo de Placer licuante, si bien con unos resultados esté­ticos muy inferiores a los del ejemplo propuesto, uno entre otros muchos que, según la reseñista, podrían haberse escogido (Rodríguez Fischer: «Miserias de la vida (¿y la literatura?)», ABC, 27 de febrero, 1999). El mismo novelista afirma ser consciente de la situación al declarar que sus "registros son muy amplios, y este libro responde al interés de desarrollar uno nuevo" (Pérez Miguel: «Luis Goytisolo apuesta por el humor», El Mundo, 12 de febrero, 1999).

      Otro aspecto en el que coinciden los textos consultados es acerca del género de la novela, su carácter de comedia urbana, constituida a partir de los "ingredientes clásicos de las más clásicas comedias de enredo" (Mora: «Luis Goytisolo publica una novela con enredos y equívocos de comedia», El País, 12 de febrero, 1999). Se destaca el punto de partida del autor, "una ideación teatral que recuerda a la comedia clásica de en­redo o, si se quiere, a ciertas series televisivas de equívocos" (Sanz Vi­llanueva: «Las carambolas de la vida», El Mundo, 13 de marzo, 1999). Para otros se trata de un texto "en clave de vodevil" en el que se orques­tan caracteres que constituyen a los "protagonistas o a los figurantes des­tacados de la comedia colectiva" (Echevarría: «Un vodevil erótico», El País, 27 de febrero, 1999). Goytisolo, que incluso anuncia una fuente clá­sica de influencia o de inspiración en la comedia shakespereana El sueño de una noche de verano, apunta precisamente a este carácter de "come­dia novelada" y subraya el componente humorístico de la obra (Pérez Mi­guel: «Luis Goytisolo apuesta por el humor», El Mundo, 12 de febrero, 1999).

     De cualquier modo, y como hemos visto que ocurría respecto a las dos novelas anteriores, se resalta la maestría del autor respecto a la utili­zación de los registros característicos del lenguaje hablado, la frase corta la concisión expresiva, en una construcción novelística de la que, des­de opiniones compartidas por el mismo Goytisolo, al igual que el uso de técnicas narrativas semejantes a las utilizadas en Placer licuante, se des­taca su sencillez: "la novela ni intenta hacer grandes alardes de estructu­ra ni de formalismos, porque esta vez le preocupaba sobre todo mover bien los hilos de una amplia galería de personajes, lograr que éstos estu­vieran "bien definidos" y fueran "reconocibles", llevar la palabra a un es­tado de "magia verbal" y conseguir que el lector siguiera la complicada trama como "un rey, un espectador privilegiado, sabiendo lo que les pasa a los personajes todo el tiempo y divirtiéndose con ellos" (Mora: «Luis Goytisolo publica una novela con enredos y equívocos de comedia», El País, 12 de febrero, 1999).

Tres novelas de Luis Goytisolo, Federico Ruiz Rubio. Ediciones Alfar, Sevilla, 2005


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