Hace unos diez años Luis Goytisolo pronunció su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, que justamente versaba sobre el futuro de la novela —título que recuerda aquel famoso texto de Henry James titulado The Future of the Novel (1899), donde el maestro y gran novelista afirmaba que «el futuro de la novela está íntimamente ligado al futuro de la sociedad que la produce y la consume»—. Precisamente, Luis Goytisolo lamentaba en una reciente entrevista publicada en El País que sus palabras no hubieran sido bien comprendidas. Decía exactamente: «Me parece que no son tiempos ya para la novela, es un género que pertenece al pasado, pero no porque se haya agotado literaria-mente, sino porque la sociedad es otra y ya no es el género adecuado.» En Diario de 360º, su última novela —llamémosla así, aunque sea provisionalmente—, Goytisolo hace también hincapié en ello con estas palabras:
«No puede decirse que, cuando hará unos diez años me referí por primera vez al declive de la novela como género, mis palabras fuesen bien comprendidas por todo el mundo. Más de un novelista, editor o crítico pensó que le estaba negando la existencia. El malentendido se creó al ser tomado lo que es un largo proceso, una tendencia, por un cataclismo no ya brusco sino inminente. Y yo, entonces, me estaba refiriendo a una lenta extinción del género producida por causas tanto endógenas como exógenas. Entre éstas, la principal reside en el hecho de que la novela ha dejado de ser un medio de expresión perfectamente adecuado a la sociedad, a una sociedad como la actual en la que el libro no cesa de perder importancia frente a los audiovisuales. Entre las endógenas, en íntima relación con la situación descrita, destacaría la desaparición paulatina de la figura del novelista en su tradicional significado de creador literario» (pp. 257-258).
Si para James la sociedad de su tiempo había hecho que la novela se convirtiera en un género moralmente degradado, a pesar de —o seguramente por— que hubiese aumenta-do muchísimo el público lector, para Luis Goytisolo la novela que se escribe hoy en día, en general, no se corresponde con la sociedad actual. En su discurso, sin embargo, se basaba Goytisolo en las reflexiones suscitadas por el recuerdo de la lectura del ensayo de Lionel Trilling sobre el futuro de la novela incluido en el volumen The Liberal Imagination, publicado unos cuarenta y tantos años antes, en 1950 para ser exactos (una versión española del mismo aparecería en 1971). «En ese ensayo —decía—, partiendo de opiniones vertidas respectivamente 25 años antes por T. S. Eliot y Ortega, de acuerdo con los cuales el ocaso del género era un hecho, Trilling, con su habitual agudeza, desarrollaba una matizada argumentación de signo contrario: la novela, a su entender, no estaba muerta. Hacia 1960 sus argumentos, ni que decir tiene, no sólo me convencían sino que también me convenían.» Y a renglón seguido añadía: «Sumido en la tarea de perfilar y definir hasta sus más mínimos detalles el plan general de Antagonía, me sentía no ya un verdadero arquitecto-urbanista del género sino también uno de los representantes más conspicuos de la novela del siglo XX. He tenido que ver publicada Antagonía y haber escrito unas cuantas obras más para que mi seguridad de entonces fuera cediendo paso a la duda. Manteniendo invariable lo de conspicuo novelista, del siglo XX, ¿hacía eso de mí el urbanista soñador al que me he referido o más bien un dinosaurio en vías de extinción?»
¿El final de la novela?
El final del siglo XX ha sido una época —como todos los fines de siglo, por otra parte—especialmente proclive a declaraciones apocalípticas. Entre otros desastres, se vaticinó o se habló, una vez más, del final de la novela, de su muerte. Pero ¿de qué novela? Hará ahora unos tres años Eduardo Mendoza hizo unas declaraciones a la prensa en que anunciaba la muerte de la «novela de sofá» —contraponiéndola a la «de tumbona» o de «toalla y sombrilla»—, y de inmediato terció Mario Vargas Llosa (Letras Libres, marzo 1999), quien, menos catastrofista, afirmó que, si alguna clase de novela podía hallarse en peligro, ésa era, si acaso, la «de tumbona», también llamada «de género», que abarcaría, según él, un vasto conjunto de obras «gestadas en series, como las hamburguesas y hot-dogs, para ser consumidas y desintegrarse en las entrañas del consumidor». Merece la pena citar más en extenso el vaticinio que hace el autor de La fiesta del chivo:
«Si hay un espacio propio para la literatura en el mundo del futuro, se definirá, no por su proximidad y parecido, sino por su diferencia y distancia, con el espacio privativo de la imagen. Es decir, estará hecho esencialmente de palabras y de fantasía, y se ofrecerá al lector como un desafío y una propuesta de colaboración intelectual, para, soñando aquél junto al autor, construir una ficción que, a la vez que redime a ambos temporalmente de las pequeñeces y miserias de la existencia real, les sirva de brújula para guiarse con más seguridad —con una visión menos ingenua y más crítica— a través de las complejidades y tumultos de la vida. Miro a mi alrededor y no veo nada que reemplace a la "novela de sofá" en esta manera soberbia de defenderse contra la miseria de esa condición humana que condena a hombres y mujeres a una sola vida, cuando desean tener mil.»
Pero, más que discutir si estamos ante una de tantas muertes, anunciadas o no, de la novela —o, ¿por qué no?, de la literatura en general—, analicemos los hechos, es decir, las obras literarias. Para empezar, no sólo la novela no ha muerto, sino que todos los días aparecen cantidad de productos que pasan por novelas. ¿Que se trata de subproductos? Pues sí, para qué negarlo. Pero también aparecen grandes novelas que en nada desmerecen las obras de Flaubert, de Dickens, de Proust, de Musil, de Kafka, de Nabokov y de tantos otros.
Apuesta por la «novela de sofá»
Preocupado por ese desajuste entre la novela que mayoritariamente se publica y la que debería escribirse en función de la evolución de la sociedad actual, precisamente Luis Goytisolo ha dado un decisivo paso adelante en busca de esa obra que sea a la vez representativa del mundo moderno y lo trascienda convirtiéndose en algo literariamente imperecedero, como en su momento lo fueron El Quijote o En busca del tiempo perdido, por poner unos ejemplos.
En Diario de 360º Luis Goytisolo, a pesar su visión pesimista —aunque él prefiera calificarla de realista— respecto al futuro del género, apuesta una vez más por la «novela de sofá» o, como él mismo la llama, la novela viva, es decir, la que abarca de Tolstoi a Faulkner o Joyce, de Cervantes a Proust, de Dickens o Balzac a Kafka. A riesgo, incluso, de convertirse en un solitario nostálgico de un mundo que ya no existe.
Ya en el tercer milenio, y empezado el siglo XXI, la vasta producción literaria de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) se erige y se impone como una obra clásica, en el sentido de algo aceptado universalmente pero al mismo tiempo operante desde el punto de vista artístico y cultural. En 1981, con la aparición del cuarto y último volumen de Antagonía, culmina ese vasto y ambicioso proyecto literario iniciado en 1973 que, por si fuera poco, tendrá continuidad todavía en novelas como Estela del fuego que se aleja (1984), Paradoja del ave migratoria (1987) y, sobre todo, Estatua con palomas (1992). Esta última es sin duda la más emparentada, temática y narrativamente, con dicha tetralogía, no sólo por lo que tiene de iluminador respecto a ella sino también respecto al volumen que suscita estas páginas —Diario de 360°— e incluso en relación con las diversas entregas memorialísticas de su hermano Juan Goytisolo.
Como en el conocido título de Henry James —famoso sobre todo por sus versiones cinematográficas—, Luis Goytisolo da en Diario de 360° otra vuelta de tuerca al proyecto narrativo al cual ha dedicado toda su vida, incluidas sus ocasionales incursiones en la novela ligera, y vuelve a situarse en aquella cima que había alcanzado en Antagonía. Si esta obra compendiaba, puede decirse, toda la historia o el proceso de la novela del siglo XX, desde los planteamientos neorrealistas hasta su socavación, y con sus ruinas construía una especie de túmulo para la eternidad, equiparable a las pirámides egipcias o aztecas, en Diario de 360° Luis Goytisolo retoma el hilo allí donde lo dejó, con idéntica, por no decir superior, exigencia creativa. Una pregunta asalta, sin embargo, al lector en cuanto lleva leyendo unas cuantas páginas del libro: ¿ante qué género de obra se encuentra? ¿Ante una novela? ¿Ante un ensayo? Además, ¿de qué tipo de ensayo? ¿Historiográfico? ¿Filosófico? ¿O bien ante un diario? ¿O quizá ante unas memorias? ¿O ante un conjunto de poemas en prosa?
Hará unos quince años Italo Calvino, un novelista tan brillante y original como riguroso en sus escritos teóricos, anticipó en sus Siete propuestas para el próximo milenio algo de lo que iba ser la novela actual —me refiero a la que Luis Goytisolo califica como «novela viva»— cuando afirmaba que «Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles». Sustitúyase «vida» por novela y tendremos la definición de lo que es —o debe ser— para nuestro autor la novela del actual milenio. Que por otra parte cuenta con precedentes como el Ulises de Joyce, verdadera enciclopedia de estilos, como lo es también —y de la mejor ley— la reciente Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas.
Metanovela
Efectivamente, Diario de 360° se inscribe en la novela discurso o metanovela, esa línea novelesca que, de un modo más o menos consciente o declarado, fue desarrollándose a lo largo de todo el siglo XX, en paralelo con la tradicional novela historia o novela propiamente dicha, prolongación y perpetuación del modelo realista cervantino y de la novela por antonomasia, cuyo representante más genuino sería Dickens. Se trata, pues, de cierta tendencia de la literatura actual que, según el propio Vila-Matas (Desde la ciudad nerviosa, 2000), «parece estar diciendo que, puesto que la vida es un tejido continuo, una novela puede ser construida como un tapiz que se dispara en muchas direcciones: material ficcional, documental, autobiográfico, ensayístico, histórico, epistolar, libresco...». Este es el caso, creo yo, de Diario de 360°.
Como ha explicado el propio Luis Goytisolo, el título «Diario de 360º tiene dos ejes. El diario representa el transcurso del tiempo y los 360 grados es el espacio, en un intento de una novela total que abarque el relato y su contexto». En una reciente entrevista publicada a fines del pasado año en el ABC Cultural, el propio autor lo exponía en los siguientes términos:
«Utilizando una metáfora botánica, podría decirse que Antagonía era una irrupción, la formación de lo que es frente a lo que no es, la aparición de la creación, como un brote que surge del suelo, va creciendo, se transforma en árbol y, al final, fructifica. Esa fructificación sería el último volumen, Teoría del conocimiento, que es una novela dentro de la novela. Diario de 360° considera ya al árbol crecido. El árbol, en lugar de irrumpir en la realidad, la asimila y absorbe. Vive de su contorno, tanto de la luz como de lo subterráneo. A partir de los elementos de ficción, la novela absorbe los elementos circundantes de esa ficción. La historia de los fugitivos está rodeada de la descripción del terrible mundo exterior del que huyen.»
Un diario, una ficción
En lo que a su apariencia textual se refiere, Diario de 360° se presenta en forma de diario un diario que abarca un período temporal de aproximadamente un año, desde un miércoles, 17 de marzo, hasta un lunes, 20 de marzo, aunque sin que el lector pueda saber de qué año se trata en realidad. ¿Por qué Luis Goytisolo ha optado por la forma diarística? La respuesta la da el autor del diario —que puede identificarse perfectamente con Goytisolo— en la anotación correspondiente al jueves, 30 de septiembre:
«Cuando un novelista empieza a escribir un relato de ficción, sabe, en teoría, cuanto hay que saber acerca de su desarrollo. Su situación será la misma a comienzo de la redacción de sus memorias, sólo que a diferencia de lo que sucede con una obra de ficción, no puede o no debe, en principio, modificar o alterar unos hechos que ya se han producido. La persona que decide llevar un diario nada sabe, en cambio, por definición, acerca de unos acontecimientos: que aún están por suceder. Tal vez por ello, el diario, el falso diario, si se prefiere, es una forma de ficción de gran atractivo para el novelista, toda vez que permite jugar como ninguna con el carácter irreversible del transcurso temporal. No hay motivo para que la personalidad del autor resulte oscurecida c trampeada por el carácter ficticio del relato; simplemente se revelará no de forma directa sino indirecta. (...) Los diarios, verdaderos o ficticios, tienen la ventaja añadida de que, por su propia naturaleza, obligan a una lectura reposada, convencionalmente aceptada por el lector, de forma que la noción o visión de conjunto se va formando poco a poco y casi al margen de la voluntad de ese lector» (pp. 159-160).
Al fin y al cabo, la ficción está en la base de cualquier obra literaria, pretenda ésta ser un documento autobiográfico fiel o no. Como ha señalado ya el propio Luis Goytisolo en sus artículos sobre las «memorias» de su hermano Juan, igual que, entre otros, Vargas Llosa en su ensayo La verdad de las mentiras (1990), las obras de ficción, a pesar de presentarse como algo irreal, o, tal vez por ello mismo, revelan más sobre la verdad de su autor que la mayoría de obras que, bajo el ropaje de un género presuntamente más «testimonial» o con visos de verdad, lo único que hacen en realidad es engañar y confundir al lector, tratando de hacer pasar mentira novelesca por verdad romántica, para decirlo trastocando los términos de un título imprescindible de René Girard. Para corroborarlo viene al pelo lo que dice el diarista de la novela de Goytisolo respecto al relato autobiográfico:
«Su punto de partida es la garantía implícita de que cuanto se va a relatar es rigurosamente cierto (...). Sin embargo, la modalidad de relato autobiográfico que en el curso del siglo XX se ha ido imponiendo a cualquier otro es el Diario (...). Reacción tal vez frente al descrédito de las Memorias, donde tan fácil resulta maquillar lo realmente acontecido gracias a la perspectiva del recuerdo. El Diario, en cambio, al fechar, introduce un factor muy de nuestro tiempo, un tiempo pautado por el relato de los diarios impresos, radiofónicos o televisivos. El autor refiere su relato al rigor de las fechas fijas y, lo que es más importante, lo somete a esa plasmación natural del tiempo que representa la sucesión de las estaciones» (p. 214).
Estamos, pues, ante una obra que recurre al género teóricamente más testimonial pero desprovisto de cualquier fecha que permita situarlo históricamente. ¿Qué pretende el autor con ello? ¿Una obra testimonial? ¿Un diario íntimo? Nada de eso, sino todo eso y mucho más. Porque, como ya venía a decir en alguna de las novelas anteriores, la vida humana —o la vida en general— es un continuum y no puede presentarse en forma de cortes; o con un principio y un final. Más bien, para decirlo con palabras de Shakespeare, la vida está hecha de ruido y de furia, y se trata de un tejido en que la trama se cruza con la urdimbre formando un todo compacto e inseparable, es decir que la suma de los hilos nunca llegar a ser el tapiz o a sustituirlo.
Un mosaico
Por eso quizá la metáfora o el símil que mejor puede representar la estructura de esta obra sea la del mosaico, tal como la enuncia el mismo novelista:
«Resulta paradójico que cuando en el terreno literario, y más concreta-mente en el de la narrativa, se hable de mosaico, se quiera aludir al carácter fragmentario y diseminado del relato. Pues lo cierto es que, muy al contrario, la expresividad del mosaico reside en el conjunto del dibujo que esos fragmentos configuran con independencia de la forma particular de cada uno de ellos; la expresividad y también la armonía y la fuerza. Pues el objetivo de quienes lo inventaron era, precisamente, desafiar el paso del tiempo, que la figura evocada permaneciera idéntica a sí misma a través de los milenios. Y la verdad es que lo consiguieron. Esas pocas columnas en pie del templo de Júpiter o del de Venus que se alzan en distantes cerros desolados, esos restos de muro que esbozan el plano de las casas a lo largo de las calles de lo que en otro tiempo fue una ciudad; un panorama de capiteles caídos, de pedestales vacíos, de esculturas amputadas y corroídas: sólo los extensos suelos de mosaico se mantienen relativamente intactos, indiferentes a la intemperie, risueña incluso la figura central flanqueada de cuatro delfines» (pp. 265-266).
Por más que a cada una de dichas secuencias temporales corresponda un hilo temático, en vano buscaremos una historia en este Diario de 360º. Claro está que los domingos, por ejemplo, se desarrolla una trama argumental situada en La Pobla, una localidad inventada, lo mismo que las fechas y los días de la semana, imposible de localizar en ningún espacio real. Se trata de la historia —la de los domingos, titulada casi siempre como «Cordillera imperceptible»— del doctor Noel, un escritor frustrado, y Natalia, una joven inquieta que se refugia en ese pueblo perdido para tratar de descubrir cómo es ella real-mente al margen de los papeles que ha ido representando a lo largo de su vida.
En los lunes se describe el paisaje de los domingos, su entorno, en el que el escritor va trazando un panorama terrible, pero en los que hay también un espacio mítico, onírico, Comoloro.
En los sábados aparece el contrapunto urbano que apoya al domingo, con la familia Espejo de protagonista.
«Él, Camino y el Gordo, los tres, habían sido elegidos para un anuncio televisivo, una breve filmación en la que su papel consistía en ser exactamente como eran, un matrimonio relativamente joven con un hijo, captados por la cámara en su vida de cada día. Lo único que se les pedía es que se dejasen filmar (...). Es lo que buscábamos, la medida exacta: usted, un abogado entregado a su empresa; su mujer, Camino, abogada en ejercicio especializada en mujeres maltratadas; y el Gordo, uno de esos chicos de hoy que, como quien dice —y con perdón— están todo el día con el dedo metido en el culo. En suma, ustedes se dejan filmar, sin siquiera enterarse, como hasta ahora, y nosotros nos ocupamos del resto. Lo único que tienen que hacer respecto a este asunto es cobrar; y una buena tajada, por cierto.»
Es quizá la parte del libro, como se puede ver, que más humor contiene. Valga además este pequeño fragmento como botón de muestra: «Y si hay que dar un bien escarmiento, pues tenemos a Serviat. Su especialidad es poner la gota que hace rebosar el culo.» Por no mencionar la asamblea ordinaria del Instituto Séneca de enseñanza secundaria, en la que «se desestimaron, en cambio, las propuestas de algunos padres de familia en el sentido de que debía autorizarse a los profesores a portar armas, debido a las eventuales consecuencias negativas que la imagen autoritaria de un pedagogo armado pudiera tener sobre el alumnado» (p. 245).
A lo largo de la novela aparecen todo tipo de temas, desde los más inmediatos hasta los más alejados, desde los más materiales y tangibles hasta los más generales, abstractos e inasibles. Aunque se expliciten fechas, son abundantes las referencias o alusiones —a menudo en tono irónico, pero muchas veces en tono acusador, y siempre crítico— a problemas actuales como la globalización, la inmigración, el nacionalismo, el modelo económico que se viene imponiendo en todo el mundo como un totalitarismo incontestable, el racismo, los conflictos bélicos, la infantilización de los adultos, el consumismo, las nuevas tecnologías, la telebasura, con sus telefilmes y sus series, la relación de la escritura con el dinero...
Un género omnívoro
En definitiva, para Luis Goytisolo la novela es un género omnívoro que no sólo fagocita a todos los demás géneros literarios, desde la poesía hasta el ensayo, sino que además se nutre de todos los temas posibles. ¿Qué duda cabe que esta familia Espejo, por ejemplo, constituye un verdadero prototipo de la familia actual, tanto la que aparece en todos los medios de comunicación de masas como la que no pero que cualquier ciudadano conoce por referencia o por evidencia? Obsérvese la capacidad de observación y la sutil ironía de la mirada de Goytisolo:
«Tanto los que de un modo u otro han participado en la elaboración del anuncio publicitario que ustedes protagonizan, como todos aquellos que ya lo han visionado, coinciden en lo mismo: sabe a poco. Y es que ahí hay materia, no ya para un telefilme, sino para toda una serie. Una serie de costumbrismo urbano centrada en usted y en su familia, destacando esos aspectos de vida de barrio tan entrañables, casi pueblerinos, que todavía conserva la ciudad: la familia en su apartamento, el portero, los vecinos, el quiosco donde compra el periódico, el súper, el bar-restaurante de la esquina, los paseos dominicales, alguna entrevista de negocios, la agencia de banco más próxima, el cole del niño, los profes, los padres de otros alumnos, los programas favoritos de la tele, las compras, el empleo del tiempo libre, los taxistas, todas esas pequeñas cosas que hacen de la rutina una sorpresa y convierten la vida cotidiana en un verdadero remanso de paz abierto en el ajetreo del mundo actual.»
¿Quién dijo que el arte imitaba a la realidad? ¿No será más bien al contrario, que la realidad imita a la ficción? ¿Quién fue primero: la familia Espejo o Gran Hermano? A propósito de la situación actual de la sociedad en general —«La vida como mezcla de parque temático, supermercado y aeropuerto» (p. 158)— y de la educación o la enseñanza en particular, y todo ello en relación con la vida humana convertida en un reality show permanente, me viene a la memoria una frase de unas declaraciones del profesor Emilio Lledó que, refiriéndose creo a la LOGSE, venían a decir —cito de memoria— que habíamos pasado de la ignorancia de la realidad a la realidad virtual sin haber pasado por la realidad real. Lo cual me trae a la memoria una película estrenada hace un par de años: El show de Truman, de Peter Weir.
Lo mismo que la vida social es pasada los sábados por el fino bisturí del escritor, los martes Goytisolo se centra en la reflexión y la crítica literarias. Nada ni nadie escapa a su alta exigencia literaria. Más de un lector se escandalizará o se sentirá herido en sus valores o preferencias, pero ningún autor ni ninguna obra son intocables, por más que a veces se trate de tótems establecidos por las mismas instituciones académicas o universitarias. Es el caso del teatro de Lorca y Valle-Inclán, de algunas novelas de Gabriel García Márquez, o de Javier Marías.
Los textos del diario correspondientes a los miércoles plasman, de alguna manera, la visión del mundo del autor, en el sentido más amplio y complejo, y van desde lo divino a lo humano. Una concepción del universo determinada por un sistema de correspondencias entre microcosmos y macrocosmos:
«Y lo cierto es que la idea que el ser humano se ha ido haciendo de la divinidad, y la historia de las relaciones entre una y otra parte, han servido, a la larga, para revelar al hombre muchas cosas acerca de sí mismo, acerca de ese dios que cada uno termina siendo para sí mismo. Otro tanto podría decirse de las interpretaciones astrológicas, probablemente el punto de partida más fecundo para cualquier investigación relacionada con la psicología profunda. Ni siquiera cabe afirmar que sea incompatible con la razón la idea de un ser superior creador de nuestra realidad, ni la concordancia armónica entre microcosmos y macrocosmos, entre astrofísica y biología, así como el influjo del uno sobre el otro, de la una sobre la otra, de modo semejante a como la luna influye sobre la menstruación, las mareas y los movimientos sísmicos. Hasta la brujería y la adivinación nos dicen mucho acerca de nosotros mismos» (pp. 271-272).
Anotaciones autobiográficas
No faltan en este diario las anotaciones autobiográficas, como si Luis Goytisolo —aun reconociendo el valor del trabajo de investigación periodística llevado a cabo por Miquel Dalmau en su libro Los Goytisolo (1999) — sintiera la necesidad de dejar en claro que no existe una relación de efecto entre la propia experiencia —igual que la muerte de la madre, pongamos por caso, respecto a su afiliación a una organización clandestina— y su dedicación a la literatura. Pero tampoco deja de lado cuestiones tan personales como su militancia política, sus viajes, su vocación y entrega absoluta a la escritura, etc.
No puede faltar en la novela ese tema tan importante y central en la vida y la obra literaria de Luis Goytisolo: el erotismo, al que dedica las anotaciones de los viernes. En su Diario de 360º el erotismo alcanza momentos de una deslumbrante belleza poética. Como en éste:
«Aferrar como apartando, a fin de abrir mejor. Hacer de las dos concavidades una sola, del mismo modo que el pintor esparce con un grueso trazo. Moverse de abajo arriba, de atrás a adelante, de sur a norte, entre los bordes hirsutos. Recorrer el surco una y otra vez hasta crear en el sur un hoyuelo blandamente receptivo, como reclamando —se diría— entre balbuceos una atención mayor. Y en el norte, un tenso brote abotonado, henchido y tembloroso, a punto de estallar hacia adentro, hasta el extremo de la última de sus raíces» (pp. 112-113).
«Magia verbal»
¿A qué aspira Goytisolo con su obra, cuál es su meta, su ideal, su objetivo? El escritor, conscientemente o no, escribe movido por el ansia de inmortalidad. Y escribir, al fin y al cabo al cabo, es inmolarse, inmolarse en público. Pero al final, como dice en su diario, «el creador termina por verse convertido en libro» (p. 208). Y añade a continuación: «La obra, igual que puede modificar la vida del lector, puede llegar a modificar la de su autor» (p. 209). El precio que debe pagar el Creador por su creación es su propia muerte. 0Qué cosa es la que hace que una obra sea imperecedera, clásica? Para el autor de los diarios — ¿y para Luis Goytisolo, habría que añadir?— lo más importante es su estilo: «Toda obra no sólo sobrevive a su autor sino que lo que de él queda es lo que ofrece su obra. Hay que buscar al autor en la composición y, sobre todo, en el estilo» (p. 209). A toda esa aspiración no es ajena la idea de eternidad, de clasicismo. Y su plasmación está en la obra maestra, aquella capaz de superar la prueba del tiempo y pasar a la posteridad. ¿Qué cualidades deberían tener las obras maestras? Deben ofrecer un asunto que interese a lectores de cualquier lugar del mundo, y estar escritas de forma tal que sea imposible de expresar en palabras distintas a las utilizadas por el autor. Para concluir, Goytisolo se pregunta —nos pregunta—: ¿puede alguien imaginar un Quijote, un Ulises o un En busca del tiempo perdido diferentes?» «Ni siquiera la imitación es posible» (p. 270), contesta por nosotros.
Todo ello gracias a que esas u otras obras semejantes, presentes o futuras, poseen lo que se llama «magia verbal», cualidad que se ha venido considerando como privativa de la poesía por obra y gracia de la revolución del lenguaje poético que llevaron a cabo poetas como Rimbaud y Mallarmé hace más de un siglo, pero que hasta ahora no se ha extendido de modo generalizado a la narrativa. Merece la pena leer la anotación completa del jueves, 16 de diciembre:
«Sería un error entender el impulso creador como la necesidad que experimenta todo ser humano de contar cosas, para él importantes, expresado por escrito. Esas cosas, no sólo pueden no interesar a nadie que no sea su autor, especialmente por escrito, sino que incluso en la inmensa mayoría de los casos tendrán muy poco que ver con la palabra creación. La creación literaria no responde al propósito de comunicar algo. De lo que se trata es de expresar con palabras algo que no puede ser expresado con palabras distintas a las utilizadas y que, más allá del sentido habitual de esas palabras, adquiere una entidad autónoma, capaz de despertar todo género de sugestiones en quien lo lee, de convertirse en objeto de disquisición verbal o escrita, de dar lugar a nuevos textos, de inspirar nuevos relatos. El secreto reside en la magia verbal de las palabras empleadas, algo muy próximo a lo que Rimbaud llamaba alchimie du verbe. Resulta llamativo que algunos autores que la dominan, que son incluso maestros en ella, no tengan conciencia del carácter esencialmente verbal del hecho, que afirmen, por ejemplo, pensar en imágenes, aludiendo sin duda a la fuerza visual de su prosa. Sin caer en la cuenta de que esa fuerza se alcanza gracias a la precisión de las palabras utilizadas, a su capacidad de sugerencia, y no a la realidad en sí aludida, que referida con otras palabras, bien pudiera carecer de todo relieve.
Lukács intuyó algo parecido al distinguir entre describir y narrar, pero sus ejemplos son de una gran chatura. Hay escritores, en cambio, que poseen esa magia verbal incluso en un ámbito ajeno a lo propiamente literario, como Nietzsche, Jung o Freud. Su manifestación entre los escritores será tan variada como variados sean los estilos: Proust, Joyce, Faulkner. Yo buscaba esa magia verbal sin habérmelo formulado, sin ser siquiera consciente de su existencia, ya en mis primeras novelas. Pero no creo haber dado con ella hasta hallarme sumido en la redacción de Antagonía, según me adentraba en su desarrollo, precisamente.» (pp. 215-216)
Como en estas páginas no puedo extenderme enumerando todos los temas y analizan-do los diversos elementos de su rica y compleja construcción (argumento, estructura, personajes, tiempo, modalidades discursivas, etc.), baste decir que en Diario de 360° se tratan prácticamente todos los temas, lo mismo de ámbito general que propios de especialistas, yendo desde lo más vulgar hasta lo más sublime, y utilizando todo el abanico de tipologías textuales, recurriendo además a los más variados tonos y registros.
Al principio dije que Diario de 360° venía a ser una especie de enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar —de hecho ya se nos ofrece, hasta cierto punto, mezclado y aparentemente desordenado— y reordenar de todas las formas posibles. Poseedora de un estilo único, singular, y dotada de esa magia verbal a que me he referido; construida al igual que un tapiz que se extiende radialmente en todas direcciones, Diario de 360° constituye una apuesta literaria decisiva a los cambios profundos experimentados por la sociedad occidental en los dos últimos siglos. La actual sociedad de la globalidad, de los continuos y grandes movimientos migratorios, del mestizaje, encuentra por fin su correlato en ese Tapiz de la Creación que es Diario de 360° de Luis Goytisolo, una novela llamada a ser la obra maestra, imperecedera, de este tercer milenio.