Conforme se incrementa la perspectiva del tiempo, la mole literaria de Antagonía emerge con majestad creciente en el panorama de la narrativa española. No cabe duda de que las sucesivas entregas de la novela fueron objeto en su día de una atenta y a menudo entusiasta recepción por parte de la crítica y de los lectores más enterados. Pero esa recepción quedó distorsionada no tanto por las expectativas diversas -hasta el final en suspenso--- que generaba cada entrega en cuestión, como por aquellas otras que suscitaba el por entonces todavía balbuceante desarrollo de lo que finalmente había de entenderse por "nueva narrativa española".
Nadie podía calibrar en 1975, fecha en que se publicó en España Recuento, el alcance de sus miras. Al igual que su contenido, el título mismo de ese libro apuntaba a la recapitulación y liquidación resuelta de un pasado que en aquellos momentos la sociedad española se empeñaba en anular. Se hubiera dicho que nada convenía más a aquella hora que la ejemplar purga a la que en Recuento se asistía de todas las retóricas del franquismo. Pero no fue así, por cuanto esa purga entrañaba la superación del pasado a partir de su previa asunción y desmantelamiento; en tanto que la cultura española se aprestaba al obviamiento de ese mismo pasado por la vía, más bien, de un voluntarioso adanismo.
Da la impresión de que no se ha hurgado suficientemente en el desencuentro que tuvo entonces lugar. Sucede que precisamente por los años en que la narrativa en castellano se hallaba embarcada en una tarea de renovación y modernización profundas, que se contó sin duda "entre las experiencias más notables de la literatura mundial del presente" (Pere Gimferrer), la sociedad española orientó sus expectativas en la dirección de un nuevo "pacto" cultural que, desentendiéndose del carácter radical y con frecuencia subversivo de esa renovación emprendida, privilegió la conquista de una nueva convención, de un nuevo "consenso" entre los agentes culturales y el público, a los que -más acá de las conquistas puntuales de unos y otros- sirvieron de mascarón de proa la espuria reivindicación de la narratividad y la atolondrada apelación a un infundado cosmopolitismo.
No es lugar éste para ahondar en las implicaciones ni en las consecuencias de este desencuentro, pero importa tenerlo muy presente a la hora de explicar -fuera de los inevitables malentendidos suscitados por su publicación por entregas- la de otro modo incomprensible desproporción entre la envergadura colosal de Antagonía y su impronta efectiva en el desarrollo de la narrativa española del posfranquismo.
Si Recuento quedó asociada en su momento al impulso destructivo, desmitificador, que animaba, desde finales de los sesenta, la obra de autores tan distintos como Luis MartínSantos, Miguel Espinosa, Juan Benet o Juan Goytisolo, apenas un año después Los verdes de mayo hasta el mar (1976), por mucho que fuera aplaudida como "una de las mayores novelas escritas en castellano en muchos, muchos años" (Luis Suñén), fue mecánicamente alineada, por parte de muchos, con el metanovelismo y la experimentación en que parecía resolverse, hacia finales de los setenta, la renovación impulsada a un tiempo tanto por la onda expansiva del llamado boom de la narrativa hispanoamericana como por la implacable impugnación de la tradición propia animada por algunos de los más conspicuos representantes de la generación española del medio siglo.
Suscitando admiración y perplejidad a partes iguales, las restantes entregas de Antagonía (La cólera de Aquiles, en 1979, y Teoría del conocimiento, en 1981) consolidaron el prestigio de Luis Goytisolo como autor de gran exigencia y extraordinarias capacidades. Pero para cuando tiene lugar la primera edición propiamente dicha -es decir, unitaria e íntegra- de Antagonía, en 1983, ya se está produciendo el despegue definitivo de la llamada nueva narrativa española, que reaccionaría casi programáticamente contra el descarnamiento narrativo de la novelística de los setenta, dando nuevo aliento a muchas de las convenciones que la misma Antagonía parecía superar.
Imperturbable, la trayectoria de Luis Goytisolo abunda durante los años siguientes en los vislumbres y en los logros alcanzados por Antagonía, pero no conoce un vuelco importante hasta la publicación, en 1992, de Estatua con palomas, donde el autor da una vuelta de tuerca a los planteamientos narrativos de aquélla, extremando sus postulados con
Las tres siguientes novelas de Luis Goytisolo (Mzungo, 1996, Placer licuante, 1997, y Escalera hacia el cielo, 1999), a las que él mismo se ha referido retrospectivamente como una "trilogía de la trivialidad", consiguieron desconcertar a algunos lectores en mayor medida todavía que sus libros más ambiciosos. No todos estaban en condiciones de percibir el trasfondo irónico, y en no escasa medida subvertidor, con que el autor retoma aquí determinadas convenciones del género que él mismo había descartado en sus novelas anteriores. Lejos de una claudicación, este "regreso" tiene mucho de divertimento, de virtuoso y desinhibido ejercicio de prospección de las posibilidades efectivas que en la actualidad caben a determinadas opciones novelísticas, entre las que se cuentan el enredo, la aventura, el romance, la intriga, el idilio erótico, el cuadro costumbrista ...
Es al contraluz, precisamente, de estos tres libros, y del horizonte narrativo, muy deliberadamente rebajado, que les sirve de marco, como se percibe mejor el valor precursor que tuvieron tanto los planteamientos como muchas de las conductas novelísticas ensayadas por Luis Goytisolo en 'Antagonía'. Y es que, mientras las consignas de la presuntamente "nueva" narratividad empezaban a manifestar, muy prematuramente, su agotamiento, las estrategias con que muchos autores las obviaban coincidían a menudo con las que Goytisolo venía empleando desde tiempo atrás.
La ficcionalización del autor en cuanto narrador, el consecuente y despreocupado aprovisionamiento a la novela de una referencialidad estrictamente autobiográfica, la digresión como elemento esencial de la materia narrativa, la fragmentariedad, el ensayismo, la apropiación de formas aparentemente desestructuradas -el diario, el dietario- en las que materiales de índole muy diversa se integran en un orden superior de significación ... Y junto a todo esto, la parodia retórica, la minuciosa constatación de la tontería reinante, la crítica implacable de los nuevos modelos sociales, la sexualidad como último reducto de la transgresión, la intencionada impostación de la voz femenina, de los discursos alternativos, de las nuevas marcas culturales ...
Ya en Los verdes de mayo hasta el mar el objeto principal de observación lo constituyen, sin lugar a dudas, los prototipos de una determinada burguesía culta, progresista, adinerada, desinhibida, llamada a conducir el acelerado proceso de transformación de la sociedad española, con sus correspondientes secuelas. El caso es que éste y otros muchos aspectos justifican la sorprendente actualidad de Antagonía, su admirable vigencia. Y allanan el camino a una novela como Diario de 360º (2000), en la que, resuelto en humo de paja buena parte los prestigios que acaparó en años pasados lo que Eduardo Mendoza -en manifiesta declaración de escepticismo sobre sus perspectivas futuras- llamó "la novela de sillón", de nuevo cobra forma un proyecto de novela total, donde la experiencia propia del autor aparece imbricada con la visión del mundo circundante, todo ello mezclado a una frondosa divagación sobre la naturaleza de la creación literaria y, más concretamente, sobre el desarrollo y la actual condición de la novela misma como género.
Diario de 360º ha sido comparada, inevitablemente, con Antagonía, con la que sin embargo no mantienen en absoluto una relación epigonal, sino que conforma un tándem, una suerte de díptico en el que se cruzan estrategias en cierto modo inversas aunque en definitiva convergentes. No deja de resultar significativo, en este punto, que su precedente más directo, dentro de la trayectoria de Luis Goytisolo, sea la escritura de Fábulas (título con el que se que reúnen, en 1981, los textos de Ojos, círculos, búhos, 1970, Devoraciones, 1976, y Una sonrisa a través de una lágrima, inédito), que, como es sabido, constituye la "trastienda'' de Antagonía, la vía de escape de la que el autor se sirvió para descargar la tensión que le reclamaba la redacción de la novela. Es, en cierto modo, sobre el negativo de Antagonía, pues, antes que sobre su mole misma, sobre el que se construye la última novela de Luis Goytisolo, en la que, paradójicamente (pero es Antagonía la que contribuye a deshacer la paradoja), la insolencia con que emergen la personalidad y las opiniones atribuibles al propio autor se diluyen en la acción de la escritura.
Una escritura en acción, efectivamente: tal sería la mejor forma de aludir al modo en que, asumida la "teoría del conocimiento" que alumbra Antagonía, y que postula la novela como cauce discursivo que invade y se apropia de todos los registros expresivos de la palabra, Diario de 360º se desarrolla ante el lector como una extensa malla de significaciones en cuya trama queda atrapado el sentido. Un sentido hasta cierto punto inducido por el autor pero diferente para cada lector, y que brota de la mutua fecundación de la personal experiencia del mundo con la experiencia de la lectura, convertida al efecto en una caja de sorpresas en la que, como cierto bosque del que el texto da noticia, "si alguien anda buscando algo, allí ha de encontrarlo". Aunque otros digan que no, "que lo que allí se encuentra es, precisamente, lo que uno nunca había acertado a buscar".
Conferencia en el Instituto Cervantes de Nueva York. Diciembre de 2000