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     Extremando su desentendimiento de toda convención, con la impasibilidad propia de quien confía tanto en sus propósitos como en sus recursos para lograrlos, desdiciendo el escepticismo de aquellos que, contrariados por la lectura de sus tres últimas novelas (esa antojadiza y desconcertante "trilogía de la trivialidad"), dudaban de que volviera a escribir una obra importante, Luis Goytisolo acaba de publicar su mejor libro desde 'Antagonía'. Un libro arriesgado y singularísmo, como suelen ser todos los suyos, pero esta vez a la altura de una ambición del todo infrecuente.

      Cuesta dar idea de un texto articulado como un diario cuyas entradas, según el día de la semana, señalan muy distintas direcciones temáticas, unas y otras operando —tanto en lo que toca al narrador como a la materia tratada— en muy diverso grado de ficcionalización. Disquisiciones de orden ensayístico, apuntes autobiográficos, viñetas satírico-costumbristas, fragmentos épicos y descriptivos, reflexiones literarias, retazos oníricos, epifanías eróticas... todo parece tener cabida dentro de un discurrir en el que la extrañeza que al comienzo produce la inconexión de los diferentes rumbos argumentales se anima pronto con la expectativa de una secreta convergencia de sus objetivos, para resolverse finalmente en la certidumbre de que tal convergencia no ha de producirse en el texto mismo, sino en el lector, constituido en punto de fuga de una perspectiva, por así decirlo, invertida, cuyo ángulo se amplía progresivamente conforme la lectura avanza .

      En las entradas correspondientes a los domingos va desarrollándose, bajo el recurrente título de "Cordillera interminable", una deliciosa 'nouvelle' sobre la seducción y el autoengaño. Se trata de la única secuencia del libro que se atiene con alguna mansedumbre a unas convenciones que en otros pasajes explícitamente se cuestionan, o simplemente se ignoran. Como fuere, no cabe aquí hablar de un eje propiamente narrativo, pues la relación que las distintas secuencias del texto mantienen tanto entre sí como con el conjunto es de tipo radial, por mucho que vayan reconociéndose paralelismos entre una y otra.

      Las entradas de los lunes inciden en un ámbito de carácter mítico y legendario, donde, entre los ecos de unas remotas guerras civiles, ciertos parajes ruinosos adquieren una fuerte impronta alegórica. En las entradas de los sábados el escenario es con más frecuencia urbano, y en brevísimas viñetas de perturbador humorismo, se apuntan situaciones de una violencia atroz, en las que, a propósito comúnmente de equívocos o malentendidos, emergen la tontería y la agresividad que suelen quedar disimuladas en una sociedad donde la vida parece una "mezcla de parque temático, supermercado y aeropuerto en el que se despide a la gente que se va"; una sociedad que "para mantener la propia vigencia necesita neutralizar toda trascendencia que empañe el valor intrínseco de cuanto nos rodea".

      Asombra la maestría de la que en estos pasos hace alarde Goytisolo, cuya implacable registro de la realidad cotidiana se sirve de una eficacísima técnica de parodia objetiva ensayada ya en 'Fábulas'. La secuencialidad es aquí del tipo de la que cabe establecer, por ejemplo, entre los grabados de cualquier serie de Goya: los 'Caprichos', sin ir más lejos. En tanto que la secuencialidad del libro entero se asemejaría más bien a la que resultara —por aprovechar el símil— de interpolar a los 'Caprichos' mismos los 'Disparates', y a éstos los 'Proverbios' y los 'Desastres', y aun los tapices, y los retratos, y los autorretratos, y los grandes óleos históricos, y las 'majas', y las pinturas negras, derivándose del todo superpuesto una significación distinta a la de cada una de las partes por separado.

      En cuanto a las entradas correspondientes al resto de los días de la semana, ofrecen un abundante cuerpo de reflexión y de pensamiento crítico en el que, con atrevimiento y desinhibición sorprendentes, Goytisolo suspende cautelarmente la distinción entre autor y narrador, y desde la ambigüedad resultante introduce pasajes autobiográficos y tiras ensayísticas donde la visión del mundo circundante aparece imbricada con la experiencia propia, en una frondosa divagación sobre la naturaleza de la creación literaria y, más concretamente, sobre el desarrollo y la actual condición de la novela misma como género.

      El amparo que les presta su condición en última instancia novelesca no rebaja la petulancia ni la perentoriedad a menudo embarazosas con se exponen unas consideraciones que no eluden los enfrentamientos polémicos, a veces a propósito de autores de tan sólido prestigio como Valle-Inclán y García Lorca o, más cerca aún, Javier Marías o Gabriel García Márquez. Pero la perplejidad o la irritación que puedan suscitar este o aquel paso no deberían distraer el seguimiento de lo que, entre pitos y flautas (por llamar así tanto a las estridencias como a las llanas arbitrariedades con que se adereza ocasionalmente), configura una de las poéticas más radicales y potentes, más coherentes y pugnaces de la novela contemporánea.

      Desde una actitud que asume la "teoría del conocimiento" que alumbraba 'Antagonía', y que postula la novela como cauce discursivo que invade y se apropia de todos los registros expresivos de la palabra, el mejor modo de describir este 'Diario de 360ª' es decir que se desarrolla ante el lector como una extensa malla de significaciones en cuya trama queda atrapado el sentido. Un sentido hasta cierto punto inducido por el autor pero diferente para cada lector, que brota de la mutua fecundación de la personal experiencia del mundo con la experiencia de la lectura, convertida al efecto en una caja de sorpresas en la que, como cierto bosque del que el texto da noticia, "si alguien anda buscando algo, allí ha de encontrarlo". Aunque otros digan que no, "que lo que allí se encuentra es, precisamente, lo que uno nunca había acertado a buscar".

El País, 21, octubre de 2000

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