El problema, que en cierta manera y según un modelo de escritura centroeuropea se planteó en Musil y Bernhard, es el de la angustia del ser humano que se sabe solo frente a la muerte, pero cogido a la vez que sostenido por las alas en el hielo del cisne de Mallarmé de la humanidad. Y así, en esta confluencia de individualidad y colectividad, en un momento de la novela, Claudia. la hija del arquitecto Ricardo, intenta entender unas extrañas afinidades entre varias cosas relacionadas con su padre. Ha sido una tarde feliz, en la costa, con un sol dorado, y acaso porque «los cielos azules y el sol de la infancia» siempre conllevan ese mar que recomienza con su mensaje de cementerio marítimo, de calma final Y última de los dioses, Claudia siente el toque del Ángel de la Destrucción (dixit Stevenson), y se pregunta qué afinidades hay entre las «Notas de Primero de Año», que su padre escribía al iniciarse el año como reencuentro permanente con su vida, y un manuscrito que escribía titulado «Marco Aurelio en Villa Vera», un delicioso texto, de veintiséis páginas, que está en la novela y donde, en primera persona, el emperador y filósofo Marco Aurelio reflexiona sobre el exterior y cómo la vista del exterior revela el interior de quien ve el exterior al mismo tiempo que siente su interior, y el emperador espera en aquella finca mientras se prepara para su viaje al Danubio, para una guerra que finalmente le conducirá a la muerte. Y es que Claudia también encuentra afinidades de todas estas cosas con el cuadro la «Tabla del Juicio Final», donde «tras la muerte de cada una de las figuras allí representadas, en un plano inferior, se mostraba la vuelta de sus cuerpos a la naturaleza».
La muerte de sus personajes en accidentes externos y estúpidos, un coro de gamberros sádicos que, actuando como agentes de un destino brutal, irán atravesando la novela y terminarán cazando a uno de los personajes; una bala perdida que acabará con Claudia; la propia muerte del emperador en las tierras lejanas y en una lucha contra los bárbaros tan inútil como trágica; las fotos pornográficas de los padres encontradas en el doble fondo de un secreter, la vida, en fin, que fluye inmisericorde, terrible, sagrada, recitada en medio de la tormenta por los sonámbulos y los idiotas, cruza, atraviesa estas páginas, como decía Rilke que Jehová cruzaba las páginas del Génesis, para tomar al lector de la mano e invitarle a la «liberación», título de esta última novela de Luis Goytisolo, a la liberación de sus sentidos, de sus construcciones del mundo, de su miedo a la muerte, de su miedo a la vida, de saber, como afirma el emperador, que «sobrevivirás apenas a tu enemigo».
Y todo ello no sólo situado en un paisaje humano, sino, lo que posiblemente es más significativo en la obra de Luis Goytisolo ya desde «Las afueras», premio Biblioteca Breve en 1958, en un lugar físico, en un territorio que aquí son fincas como La Mola, la Noguera, y, cruzando el tiempo, la Villa Vera del emperador Marco Aurelio. La Mola, que fuera antigua villa romana, dibuja un bucle temporal trazando unas afueras de los personajes, un territorio deseado e inalcanzable, allí donde la vida espera y se refugia contra la muerte, en cierto modo emparentado con el sentido del jardín persa, paraíso cerrado, pero también con los retiros/castillos que encontramos en Poe o en el Marqués de Sade, allí donde protegerse de la Muerte Roja o buscar el crimen y el deseo prohibido.
Así, el propio pueblo del que se habla, Vallfranca, se verá abocado en el marco de una guerra civil a caer en las manos de un personaje, el Pelas, que organiza milicias locales, saqueos, asesinatos, humillaciones astutas y sadianas, en un paralelismo adecuado al grupo de gamberros motorizados que establecen el azogue de la novela, allí donde los otros personajes, los aparentemente integrados en la sociedad, juegan a ignorar a la muerte que, romo en los cuadros del Renacimiento, avanza contra ellos, «danza en ristre y melena al viento», en ese sentido trágico que nos enseñara Virginia Woolf en «Las olas» Pues así, Luis Goytisolo nos muestra el destino de sus personajes abocados al asesinato, el suicidio o el accidente fatal: como quien despierto detrás de la ventana siente correr por su cuerpo la vida como un río y comprende que la noche y la vida exterior son corno dioses dormidos.