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     Connolly constató la irrupción del periodismo en la literatura y más o menos vino a pronosticar que a la novela no le quedaría más remedio que pactar con él. La polémica o la disyuntiva se ha venido trayendo hasta nuestros días sin atender a que Connolly hizo su constatación antes de un hecho y de un fenómeno cruciales para la humanidad en general y para la escritura en particular: los horrores de la última gran guerra (que ponían en entredicho las conquistas intelectuales y artísticas en la vieja manera) y la expansión del consumo y de las leyes de mercado. Paradójicamente, ambas cosas ayudaron a aclarar el panorama como Connolly jamás habría imaginado y para desesperación de los profetas de la confusión (inversionistas en río revuelto).

     Hoy en día, excepto para mafiosos y zoquetes, resulta enormemente sencillo distinguir a la literatura contemporánea de la literatura apolillada, y a la literatura a secas de los objetos editoriales de consumo. Por supuesto, y como con todo en esta vida, hay muchos cruces y ambivalencias en la realidad, pero que sólo hacen sufrir a aquellos que no soportan la ambigüedad fundamental de la existencia, ya sean párrocos o acólitos. (Hay otro sufrimiento inevitable, como es la natural pretensión del mercado de hacerte comulgar con ruedas de molino, pero que se arregla fácilmente con una simple dieta intelectual y dando al César lo que es del César).

     En la novela contemporánea la literatura se aprecia casi al primer golpe de vista por la presión a que es sometido el lenguaje: el lenguaje también habla. Cuando el lenguaje es un simple neurotransmisor de la historia o del argumento, un vehículo o un canal, según las metáforas al uso, damos por entendido que estamos ante otra cosa. Sin que ello signifique mayor ni menor oscuridad: Martin Amis o Tobias Wolf son bastante menos opacos que Peter Handke o Thomas Pynchon y sin embargo todos ellos son acendradamente literarios. Así de sencillo: el lenguaje habla o no habla.

     Por eso, cuando a uno le cae en las manos la última novela de Luis Goytisolo ('Oído atento a los pájaros', Alfaguara),sabe que está ante un escritor contemporáneo y literario, y que detrás de las palabras se escucha el rumor de la escritura consciente de todo lo que le ha pasado a la escritura, de su historia y de sus aspiraciones, de sus contradicciones hondas y de su necesidad de volver a decir, de decir lo nuevo, como es propio, y siempre lo ha sido, de la creación con las palabras (lo original es precisamente eso y no la novedad del tema). La novela de Goytisolo, como otras suyas, ofrece además un repertorio de tonos, registros y músicas que suponen un categórico rechazo de las noticias sobre la muerte de la novela o de la literatura a manos de los zotes que parecen invadirlo todo.

     (Comparen la historia de la muerte de la madre en el cumpleaños de un hijo contada por el hijo, página 12 y ss., y la exploración de la conciencia de Ed en 149 y ss.). O sea, que muy bien y que señores del jurado no diré ni una palabra más).

De:  elmundo.es

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