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Luis Goytisolo no sólo es un gran escritor. Es uno de los pocos autores cuya obra mantiene una coherencia absoluta, donde cada título remite a otros libros y contiene una serie de cla­ves, de las cuales unas aclaran as­pectos anteriores, otras abren nuevas interrogantes y el conjunto ayuda a configurar un universo literario. No se trata del mero entronque derivado de obvias relaciones estilísticas o temáticas, sino de una relación fraguada por verdaderos ejes semánticos organizadores de toda su producción. Difícil sería encontrar dentro de la ­literatura española otro autor de si­milares características. Su obra novelística es de una envergadura casi desconocida por estos pagos, y un buen ejemplo de su manera de componer nos la proporciona el úl­timo titulo que ha presentado.

Su núcleo está formado por unos textos publicados con ante­rioridad en el El País y la Nueva Estafeta. Sin embargo, ni éstos ni su presentación son una simple re­copilación de artículos, y un recur­so sencillo y bien planificado les convierte en una interesante crea­ción. Los citados  ensayos son puestos en manos de un investiga­dor de las religiones del mundo romano para que les comente y anali­ce. Su nombre no es desconocido para el lector de este novelista. Claudio Mendoza es el seudónimo que empleó la protagonista de La cólera de Aquiles, Matilde Moret, para publicar su novela El edicto de Milán. De esta manera, se nos remite al epicentro de la tetralogía Antagonía, pues en ella El edicto de Milán juega un papel determinante, ya que contiene el plantea­miento de cómo el lector puede considerar una obra de creación, de cómo en toda literatura hay una serie de proyecciones del autor, pe­ro que también en la lectura existen como filtros los intereses del lector que hacen potenciar unos aspectos en detrimento de otros, siendo co­mo son todos igualmente importantes.

Basta, pues, el título para conte­ner una serie de reminiscencias Y alusiones que completan el signifi­cado del volumen, pero ello nos plantea nuevos interrogantes. Mientras el primer Claudio Men­doza ocultaba a un personaje fe­menino, éste de ahora es un hombre, modificación que es uno de los recursos sustanciales de Luis Goytisolo.

Desde los comienzos, con Las afueras,  ha realizado una impor­tante investigación relativa a las transformaciones de los personajes, que culmina en la citada tetralogía Antagonía. En las suce­sivas novelas de la serie encontra­mos una mezcla y alteración de nombre y características de los per­sonajes. Así, la Matilde de La cóle­ra de Aquiles pasa a desdoblarse en Margarita y Magda en Teoría del conocimiento. Estas modifica­ciones tienen un significado pro­fundo: la desfiguración y modifi­cación sustancial del personaje, sus cambios de nombre o desdoblamientos responden a la necesidad de resaltar lo que de turbio y frag­mentario tiene cada uno de ellos, la volubilidad de la personalidad con­temporánea, condicionada por la presión que sobre ella ejercen los demás. Por otro lado, estilísticamente, resulta coherente con la confección novelística. Si és­ta se compone de una serie de historias interrumpidas y repetidas, planteadas de forma simultánea y fragmentaria, que buscan crear un movimiento interno en la novela en un tiempo abreviado y condensa­do, es decir, una historia donde las digresiones y los puntos de vista del narrador resulten móviles y cam­biantes, la consecuencia lógica es la imposibilidad de mantener el este­reotipado personaje tradicional. Si todo en la novela gira, se modifica y se transmuta como en un proceso de alquimia, es natural que tam­bién el personaje sufra metamorfo­sis. El cambio de nombre o de per­sonalidad, el ocultarse detrás de máscaras forma parte se juego de realidad inasible e inclasificable que en e1 fondo, responde a una muy seria consideración acerca de la personalidad actual y al sistema de relaciones en el mundo.

Ninguna de estas consideracio­nes resulta ociosa, sino que viene muy a cuento del Claudio Mendo­za que sirve de encuadre a los tex­tos. El nos cuenta sus andanzas, y afirma que fue compañero de estu­dios de Luis Goytisolo, individuo adusto con el cual se cruzó en di­versas ocasiones, pero que fingió no conocerle, tal vez porque está perturbado. Ahora bien, ¿no puede equivocarse el narrador y confundir a esa persona con la que se cruza creyendo que es Luis Goytisolo?

Al fin y al cabo, el hecho de que todo el mundo parezca negarlo, que nadie reconozca su labor pare­ce proceder de una paranoia de Claudio Mendoza. Nos encontra­mos aquí con lo que podía denomi­narse un personaje falaz, aquel que se presenta definido por él mismo, sin que exista medio de contrastar la veracidad de sus afirmaciones. Este tipo de personaje se sitúa ante un espejo, comenta cómo se ve y cómo cree que le ven los demás, nos plantea cómo quiere ser visto, pero en realidad nunca podremos llegar a conocer su verdadera personalidad, lo que deja en manos del lector la decisión última. Este planteamiento supone desmontar los esquemas habituales de la nove­la y retomar los aspectos más geniales de ella, es decir, aquellos que se plantean en los juegos de mentira-verdad del Quijote o en las divagaciones narrativas del Tristam Shandy. Por otro lado, le fuerzan al lector a poner en solfa sus personales consideraciones sobre él mismo.

Este complejo planteamiento del personaje conduce necesariamente a unos niveles analíticos muy poco habituales. Como en la restante producción de Luis Goytisolo, en­contramos un tipo de tratamiento de los temas muy peculiar: partien­do de un punto, procede a sucesi­vos buceos en busca de cuanto ha­ya podido motivar esa situación. En sucesivas entradas, se penetra en el problema para poner al des­cubierto las raíces, donde no sólo aparecen los temores individuales, sino también lo que los motivó, en muchos casos complejos que pueden tener su origen en los com­portamientos ajenos. Un' buen ejemplo de este funcionamiento lo aporta «El encuentro Marx-Lenin», donde ambas perso­nalidades, que no han podido en­tenderse, intentan influir sobre Paul Lafargue por medio de perso­nas interpuestas con las cartas que sobre ese encuentro escriben Trots­ki y Louise Kautsky.

Se trata de un juego de espejos múltiples. Ambos remitentes afir­man saber lo que sintieron Lenin y Marx, lo que obviamente no se po­sible, por lo cual lo que vierten en la carta es una visión deformada de la entrevista, mediatizada por sus personales prejuicios. A partir de aquí se deduce otro doble campo de investigación. Por un lado, las causas del comportamiento de ca­da uno de los próceres, incluidos los remitentes, y, por otro, la influencia de ambos sobre las futu­ras actitudes de Lafargue. De esta manera, no sólo la ficción del en­cuentro tiene interés, sino que el relato es significativo respecto a la forma de crear de Luis Goytisolo.

Este mismo texto sirve para se­ñalar asimismo otra peculiaridad compositiva, el abundante empleo del esquema triangular. En todas sus obras las relaciones humanas se fundamentan en los vínculos es­tablecidos entre tres personajes, foco de inestabilidades. Cada uno de ellos intenta prevalecer sobre los demás, convertirse en el ángulo su­perior. De ahí que según el punto de vista adoptado, la misma situación tenga unas motivaciones muy diferentes. Pero lo que es más im­portante es que en esta tensión la estabilidad de las relaciones se tor­na imposible, y cada personaje buscará su satisfacción estableciendo nuevas relaciones triangulares con otros personajes diferentes, lo que acentúa las tendencias disgre­gadoras. Este proceso de constan­tes rupturas para alcanzar una po­sición dominante, apunta a una de las características esenciales del mundo moderno. La carencia de se­guridad personal, menoscabada­ por las circunstancias, los proble­mas del prójimo, la indetermina­ción ante la familia.

La historia y el presente, las fa­cetas especulares de los personajes, la profundización en las motivacio­nes de unos actos son al mismo tiempo caminos de creación y de investigación, de cuya sutiliza y variedades ofrece una excelente muestra el relato «Joyce al fin su­perado», espléndido análisis cabalístico de un texto.

Se origina así un sistema dialécti­co donde el problema es contrasta­do y analizado en diacronía y en sincronía, donde cada situación encuentra su antítesis, lo que oca­siona una nueva concepción del conflicto susceptible de ser critica­da por una nueva antítesis. Este su­cesivo juego de espejos sirve para un estudio de la rivalidad, pero al mismo tiempo es profundamente novelístico, irónico y creativo.

Importante también es el sexo, esencial en novelas como Los ver­des de mayo hasta el mar, que se presenta en especial en «Diario de un gentleman», donde anota los peculiares condicionamientos que en este campo tenían que soportar los jóvenes de su generación, a mediados de los cincuenta. La estrechez moral de las nativas, la li­beralidad de las nórdicas y la imprescindible visita prostibularia son facetas expresas o aludidas, tratadas con humor.

Es este un libro donde se tocan todos sus temas esenciales. A quienes ya conozcan otras obras de este escritor, les resultará sin duda entretenido hallar algunas claves y disfrutar de su peculiar tono inda­gador y cáustico. Para aquellos que aún no hayan leído nada de él, reafirmarles su condición de uno de los mejores novelistas españoles del presente siglo, y que es posible empezar a gustarle por esta obra para continuar luego con las res­tantes. Vale la pena ese agradable esfuerzo.

El diario montañés, 1985.


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