Si los lectores no deben fiarse demasiado de las sinopsis de las contraportadas de los libros, no hay razón alguna para que lo hagan ahora con la de Cosas que pasan, el último y desde hace demasiado tiempo esperado libro de Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) "¿Novela? ¿Biografía? ¿Metaficción? ¿Autoficción? ¿Fábula cuántica? La critica clasificará esta obra conforme al criterio preferido por el crítico", se nos dice, criterio que en mi caso es limitado, puesto que ignoro qué pueda ser una fábula cuántica, y tajante, pues sólo he visto aquí unas páginas autobiográficas, de una biografía familiar al lector (iy no sólo al critico!) a través de otros escritos del autor, de otros tantos de su hermano Juan, especialmente de Coto vedado, y del apoyo emocional de El retomo, uno de los mejores poemarios de José Agustín.
Cualquier cosa que toque un creador, de un artículo critico a su testamento, tiene el aliento de la creación, y la prosa acerada, incisiva, reflexiva, con intensos ramalazos líricos, especialmente en la descripción de paisajes, está muy cercana a sus novelas, reportajes o aforismos. Autor marcadamente autobiográfico, aquí la autobiografía sirve casi exclusivamente para reflejarse en una obra e iluminarla. En esta iluminación está, me parece, lo más interesante de Cosas que pasan. Su capacidad autocrítica, la frialdad a la hora de analizar sus fracasos, la lucidez de científico al hablar de sus proyectos y sus realizaciones, van trazando unos principios estéticos guiados por el autoanálisis y la capacidad de ver el conjunto de su obra, su evolución y las razones de dicha evolución. Se nos habla, entre otras cosas, de la presencia de ideas explícitas, de la relación entre creación literaria y vida, de la mitomanía, de las experiencias como estímulo, del rigor de la composición perceptible también en estas páginas, de la visión a la vez sincrónica y diacrónica, de las asociaciones, de la ironía y, muy especialmente, del impulso sexual en la creación literaria.
El lector advertirá que estos rasgos aparecen en toda su obra de ficción, aunque con registros muy distintos. Con su hermano Juan, es tal vez el único escritor español que ha rechazado los halagos de la narrativa todavía tradicional -que explica la buena acogida de Las afueras- en favor de una escritura que se acerca al ensayo, al fragmento, al repudio de todo pensamiento convencional, a la desinhibición y a la exhibición, a la anécdota que se transforma en metáfora, a delicados motivos recurrentes (el tren, el aleteo de las palomas), a una emoción siempre guiada por una inteligencia a veces feroz.
Como he dicho, sus referencias directamente autobiográficas nos son familiares, pero están aquí tocadas con un nuevo registro en el que no tiene poco que ver la edad: vemos simultáneamente el pasado y el presente, como si se convirtiesen en un tiempo único, porque "aparentemente todo sigue igual que hace cincuenta años": los orígenes familiares, el culto al apellido, la muerte de la madre, Torrentbó, Viladrau, sus primeras lecturas, el colegio, los amigos, sus aventuras y desventuras políticas, el viaje a Praga y la cárcel el sexo y sus amores, con frecuencia inseparables, algunas experiencias traumáticas en la infancia, cosas que fueron marcando su carácter y su obra. Y todas las experiencias tienen una respuesta emocional de atracción o violento rechazo, otra exacerbadamente critica y otra reflexiva o trascendente. Testimonio de un largo y exigente proceso creativo coincidente con el vital, vemos como la linealidad y el contrapunto acaban por dibujar un círculo, un diario de 360°, donde el magnífico punto de partida que es Las afueras orienta toda su obra: un "objetivismo asociado a un riguroso punto de vista subjetivo".