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Hay un invisible pun­to de ternura en el gesto cincelado e importante de Luis Goytisolo. Mientras conversa con La Vanguardia sobre su nue­vo libro, Cosas que pasan (Sirue­la), el jueves a mediodía, suena su móvil. Lo llaman pa­ra contarle el fallo del Nobel. Estaba en la ter­na de favoritos, según las casas de apuestas bri­tánicas. Enterado, por todo lamento dice: "A ver el año que viene". Y esa ilusión y autoestima son tiernas.

 Usted siempre se muestra contento de tener lectores de cali­dad. ¿Ser candidato al Nobel no puede echar eso a perder?

No creo, estar entre los favoritos es beneficioso. Significa que tu nombre está ahí y puedes ganar cualquier año; siempre que sigas vivo, claro. y ayuda a que salgan ade­lante las traducciones a otros idiomas. No hay un Nobel para todos, es una lástima. Thomas Mann y William Faulkner lo tienen pero no Proust ni J oyce. 

  En su nuevo libro tiene una relación con su pasado poco habitual en los escritores.

¿A qué se refiere?

 No hay melancolia ni grave­dad, atributos muy propios de quienes vivieron el siglo XX.

No, no soy melancólico. No uso epítetos, y no me recreo en expe­riencias desagradables, eso es exacto. En realidad, tampoco son mis memorias y he incluido menos datos biográficos que en anteriores libros como Diario de 360°. Uso mi biografía en un vue­lapluma para contar otra cosa.

¿Qué cosa?

Qué es congénito y qué es aprendido, así como el papel de lo alea­torio, que es una constante en mi obra. Como las afinidades y antagonías. Y la pulsión sexual como impulso creador.

 ¿Con qué propósito?

Trato de distinguir entre mi vi­da y yo.

 ¿Eso es posible?

La vida es lo que le ha pasado a ese yo. Yo no soy mi vida. De he­cho pensé en titular así mi libro, Mi vida y yo. Pero me pareció capcioso, pensé que podía recor­dar a una comedia americana y no me pareció adecuado.

 ¿Puede uno averiguar cómo es al margen de cómo vive?

Las definiciones de la adolescen­cia son decisiones que tomas pa­ra saber comportarte, y a veces cometes equivocacio­nes. Yo decía que me gus­taban las mujeres rubias de ojos claros, y en reali­dad la experiencia dice lo contrario. Saber cómo es uno es difícil y tiendes a situarte de acuerdo con un prototipo.

 ¿Somos un work in progress, en permanen­te construcción?

Es como lo de Heráclito y Parménides: ¿somos puro ser sin cambio, o puro cambio sin ser? En

el fondo es lo mismo. 

  Para negar ahí, no usa metáforas, ni re­cursos estilisticos

Siempre he huido de la belleza por la belleza. In­tento escribir de forma que lo que se dice no pueda ser dicho de otra forma. El estilo bello puede conducir a decir tonterías; ahí tiene usted, por ejem­plo, algunos de los poemas de la generación del 27.

 ¿Y revisa mucho sus textos?

En este caso, sólo lo he hecho pa­ra quitar elementos que podían usarse como carnaza, porque men­cionaba gente conocida y podían distraer la atención del asunto.

PEDRO VALLIN

La Vanguardia, febrero 2009


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